LA NIEVE

por elcantodelcuco

He sentido una extraña euforia cuando me he asomado a la ventana entre dos luces y he visto blanco el jardín. ¡Qué gusto! Habían acertado los del servicio meteorológico y se había producido por fin el milagro de la nieve. Entrada la mañana, templó el día y empezó a regalar (que así se dice en las Tierras Altas derretir: se regala la manteca, el hielo, la nieve…). Una leve llovizna ayudó a acelerar el final del sueño blanco. Chorreaban los aleros del tejado y en poco rato apenas quedaban unas breves manchas de nieve en los rincones umbríos. Confieso mi decepción. Había resultado un placer efímero y, como se sabe, toda frustración conduce a la melancolía. Sorprendentemente, en contra de todos los pronósticos, antes de mediodía, cuando menos se podía esperar, se serenó el aire, el cielo se cerró, resfrió y volvió a nevar copiosamente. Mientras duró la nubada, disfruté como un niño. Primero contemplé desde dentro de la casa el espectáculo único de ver caer los copos mansamente -¡una manta de nieve!, dirían en Sarnago-, que eran unos copos grandes como pétalos de calambrujo o alas de mariposa, y luego, sin poder contenerme, salí a su encuentro, alcé las manos y dejé, durante unos minutos, que me cubrieran de blanco la cabeza, el rostro y los hombros, como si buscara, con riesgo evidente de constipado, un asperjes del cielo o un manto purificador. Hasta ahí llegó mi irracional euforia.

Me he acordado entonces de los “Versos y oraciones del caminante”, de León Felipe:

Siempre habrá nieve altanera

que vista el monte de armiño…

y agua humilde que trabaje

en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también

un sol verdugo y amigo

que trueque en llanto la nieve

y en nube el agua del rio.

Estoy en parte de acuerdo. Me resisto a llamar altanera a la humilde nieve, que baja sin hacer ruido, que canta luego en los regatos del monte, que reposa en los acuíferos y que nutre la tierra para que verdee y para la cosecha. (En mi tierra ya no quedan aceñas ni un alma en el pueblo). Aunque es verdad que aquellas largas nevadas, aparte de embellecer el paisaje cubriendo todas las miserias y de empujar al juego y la algazara en la edad de la inocencia, acarreaban a los campesinos no pocas amarguras y penalidades, que no vienen aquí al caso. Y cuando soplaba el viento ocurría una fatal transformación: la nieve agitada, convertida en inmisericorde cellisca, dejaba de ser mansa y apacible criatura y se trocaba en temible amenaza para el caminante desprevenido, sorprendido en descampado sin un chozo a la vista. Por eso cuando rugía la tempestad en las noches invernales, negras y cerradas como boca de lobo, sonaba sin parar en lo alto del puerto de Oncala el campanillo del peón caminero para orientar a los perdidos.

Lo cierto es que nada encuentro más poderoso y sugerente que la nieve para trasladarme a la infancia. En las Tierras Altas de la Alcarama el invierno era, de las cuatro estaciones, la estación más larga y supongo que la más característica. Por eso la contemplación de la nieve me produce por dentro esa extraña emoción cuando he cruzado ya la linde del otoño de la vida. Vuelvo a ir al anochecer furtivamente a cazar inocentes malvices al espinar de la dehesa. Observo desde la ventana del cuarto a los hombres pertrechados con palos y escopetas de madrugada dispuestos a cazar siguiendo la huella de las indefensas liebres y los escurridizos conejos, dejada en la nieve virgen caída por la noche. Veo cómo abren camino en los ventisqueros con la pala desde la puerta del portal para alcanzar la calle. Oigo el temible alarido de las húrguras en la noche, mientras la familia se recoge en la cocina en torno al fuego. Siento en los ojos el humo de la estufa de leña de la escuela cuando el viento revoca. Observo los gruesos carámbanos en los aleros. Hago otra vez trampas para incautos en el gran ventisquero de la calleja, junto a las eras. Me deslizo desde lo alto del ejido en un rudimentario trineo, cuya base es un trozo de hielo cortado a pico en el bebederillo. Me refugio en el horno del pan de la tia Milagros al calor del rescoldo. Juego otra vez al zarramoco en el pajar, envuelto en olor a sirle y a heno. Siento en la cara el vaho cálido de la majada mientras lleno los zarzos de esparceta para las ovejas. Y escucho de nuevo, cuando el tiempo da una breve tregua, el gran silencio del monte nevado, roto apenas por el ruido callado de mis pasos.

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