El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: febrero, 2013

LA CASA DE CONCEJO

A Sara

Olía a tabaco negro y a sudor, tabaco fuerte de petaca o de cuarterón, que se liaba parsimoniosamente con la ayuda de una maquinilla rudimentaria y un librillo de papel de fumar. Hasta don Joaquín, el maestro, que era manco, sabía utilizarla. El humo que emitía sin parar mi tío Sotero, el secretario, de la mañana a la noche, entre agudos ataques de tos que presagiaban el futuro cáncer de pulmón, impregnaba las paredes, los legajos de papeles y las vigas del techo. Por si fuera poco, en los días de invierno funcionaba en medio de la sala una estufa de leña, única calefacción disponible en el pueblo. La humareda, cuando revocaba, envolvía también, sin guardar el menor respeto, el crucifijo y la fotografía de Franco con capote de campaña que presidían la pared del fondo. Este olor característico aún permanecerá seguramente impregnando la Casa de Concejo, que servía también, como queda dicho, de oficina del secretario, cuarenta años después de que se cerrara para siempre el Ayuntamiento cuando Sarnago, con la democracia recién estrenada, quedó deshabitado. Desde entonces no he vuelto a pisar este lugar que durante la infancia fue para mí tan familiar.

Ahora que se pide a gritos desde la calle más democracia participativa y los poderes públicos, envueltos en humaredas de corrupción, se disponen a liquidar Ayuntamientos a mansalva para ahorrar gastos, lo que conducirá en tierras de Castilla, sin ir más lejos, a una despiadada poda de pueblos pequeños a matarrasa, me he acordado de aquellas juntas de vecinos, convocadas por la corneta del aguacil “bajo la multa que haya lugar”. Se celebraban generalmente por la noche en la Casa de Concejo, después de volver del campo y de aviar los animales. La asamblea, compuesta casi exclusivamente de hombres, se prolongaba a veces hasta la madrugada, sobre todo si las propuestas del alcalde, asesorado de cerca por el secretario, eran controvertidas o costosas. Era entonces cuando el griterío traspasaba las ventanas y llegaba hasta mi casa, situada justo enfrente al otro lado de la plaza, y no me extrañaría que el vocerío llegara hasta el barrio de arriba entre el ladrido de los perros. “Hoy arde Troya en la Casa-Concejo”, comentaba mi madre. (En el habla popular se suprimía  la preposición “de”).

Se discutía sobre pastos y rastrojeras, arreglo de caminos, corta de la leña de la dehesa, siembra colectiva en las rozas del pueblo, tributos y derramas -asunto especialmente sensible-, plazos del catastro, coste de las fiestas, pleito con Fuentebella -que duró años y años- o, lo que era más grave, revisión de las viejas tuberías de hierro que desde la Lagunilla traían el agua a la fuente, cuyo caudal menguaba alarmantemente. Aquellos hombres, con la tierra del barbecho aún en las abarcas, la boina en la cabeza, el cansancio en los riñones bajo la negra faja y el rostro acuchillado por el sol, la nieve y el viento afilado de la Alcarama, rompían en estas sesiones el largo silencio de sus vidas solitarias. Decían libremente lo que pensaban, defendían sus intereses alzando la voz sin perderse el respeto y sin perder nunca de vista el interés de la comunidad. Una de las características de los pueblos de las Tierras Altas era la armoniosa combinación de la propiedad privada minifundista y la propiedad colectiva, formada por tierras, dehesas, prados y montés del común. En las duras sesiones de debate se atendía a razones, había sus más y sus menos y se imponía al fin la voluntad general. Siempre he pensado que los únicos reductos de democracia durante la dictadura, los últimos refugios de la voluntad popular, fueron estas juntas de vecinos de los pequeños Ayuntamientos rurales y las corridas de toros, en las que, como se sabe, manda el “respetable”, o sea, el pueblo llano.

En 1994 mantuve una larga conversación con Juan Marichal, discipulo privilegiado de Américo Castro, que acababa de regresar del largo exilio. Había enseñado en la Universidad de Princeton donde conoció al historiador y había pasado media vida dictando lecciones magistrales en Harvard, donde ocupó altos puestos de dirección. Heredero de la mejor tradición liberal, nadie se ha ocupado tanto y con tanta autoridad como él de los grandes intelectuales españoles: Azaña, Ortega, Negrín y Unamuno. Esta conversación en su piso de Madrid apareció en un librejo mio titulado Conversaciones sobre España. Los intelectuales y el poder. Hablando del futuro de España, bien oiréis lo que me dijo aquella tarde Marichal, en presencia de Soledad –Solita– Salinas, su encantadora y amada mujer, hija del poeta Pedro Salinas, que le miraba absorta mientras hablaba, y que lucía, lo recuerdo bien, un vestido largo y tenue:

“Entre las raíces de España, destaca, en primer lugar, la tradición comunera, representada en los sucesos de la historia castellana cuyo símbolo es Villalar. Se perdió en aquella ocasión, pero los liberales del siglo XIX y los republicanos en el siglo XX la restauraron. Mas, sobre todo, en el actual régimen es cuando la democracia municipal es la piedra clave del Estado Español”. 

¿Qué les parece? ¡La clave de España es la democracia municipal! ¡La clave son los pueblos! ¿Qué diría ahora Juan Marichal si levantara la cabeza y se diera una vuelta por las páginas de los boletines oficiales y por los innumerables pueblos de Castilla en ruinas?

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HABLAN. ¿QUÉ HABLAN? ¡QUE HABLEN!

Oía yo en televisión el ruido del debate sobre el estado de la nación como quien oye llover o, más propiamente, como el sonsonete de los niños de San Ildefonso cantando los números de la lotería de Navidad, mientras ojeaba unas páginas de Bernard Shaw, aquel irlandés barbudo, escritor de teatro, periodista, crítico, vegetariano y activista político, que militó en el socialismo como miembro destacado de la Sociedad Fabiana. Tras unos comienzos laborales azarosos, al final fue un triunfador. Premio Nobel de Literatura en 1925, obtuvo un Óscar por Pigmalión en 1938. Es el único ser humano, que se sepa, que ha conseguido estos dos galardones. Quiero decir que es un personaje mucho más interesante que Rajoy y Rubalcaba, aunque también ellos lleven barba, que es en lo único que se parecen al autor de My Fair Lady. Y se me ha ocurrido un juego divertido. ¿Qué diría hoy George Bernard Shaw en el debate de la nación si fuera diputado en las Cortes españoles? Está claro, a juzgar por lo que decía en los largos prólogos de sus obras, que no se mordería le lengua. Y eso que era un reformista, no un revolucionario.

Diría por ejemplo:

-Cuando un estúpido hace algo que le avergüenza, siempre afirma que es su deber (César Antonio y Cleopatra, III)

-Aunque no sea delito, tiene siempre sus riesgos el comunicar una mala noticia (Prefacio de Major Barbara)

La propiedad es el robo organizado (Idem)

-Soy millonario. Esta es mi religión (Idem)

-No sabe nada y cree saberlo todo. Esto le faculta claramente para la carrera política (Idem)

-La falta de dinero es la raíz de todos los males (Man and Superman)

La democracia sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección hecha merced a una mayoría incompetente (Idem)

-Hablan. ¿Qué hablan? ¡Que hablen! (Inscripción colocada por Shaw en la chimenea de su casa)

Permítanme una breve glosa al hilo de la actualidad. Cuando un gobernante hace lo contrario de lo que había prometido en su programa electoral lo justifica diciendo que el sentido del deber le ha obligado a sacrificar su compromiso con los electores. Es la pugna entre dos deberes enfrentados. En ese trance dramático, lo suyo es dimitir. Cuando un personaje público, de la esfera que sea, mete la mano en la caja, asegura siempre, al salir de declarar en el Juzgado, que tiene la conciencia tranquila. O sea, la conciencia era verde y se la comió un burro. Cuando un periódico decide, con datos en la mano, tirar de la manta que tapa las vergüenzas de ese ser poderoso que tiene la conciencia tan tranquila, puede estar seguro de que esa denuncia acarreará riesgos. Si encima ha conseguido la información con malas artes, por ejemplo, por medio de micrófonos ocultos colocados de encargo por oscuras empresas de detectives, puede echarse a temblar. El que “no sabe nada y cree saberlo todo” es, en mi opinión, menos aplicable hoy a los políticos, aunque no falten casos, que a los tertulianos que se ponen las botas en las televisiones improvisando y pontificando, siempre cada uno en el mismo sentido, y, desde luego, a la patulea de internautas descarados -no todos, claro- que defecan en la Red opinando, con faltas de ortografía, de lo divino y lo humano. Sobre la democracia, es evidente que hay que revisar el tema de la representación política y el funcionamiento de los partidos, madre de casi todas las corrupciones; pero en una democracia -que me perdone Bernard Shaw-, la mayoría, aunque parezca incompetente, siempre tiene razón. ¡Manda el pueblo soberano! Y si no, malo. Lo que hay que mejorar es la Ley Electoral, ahora tan cerrada y bloqueada. Y lo peor de todo es estar columpiándose entre la corrupción y la incompetencia, no digamos si se juntan las dos cosas, que, aunque no sea verdad, es lo que opina ahora, incompetente o no, la mayoría.

Como buen fabiano, Shaw arremete contra el capitalismo salvaje. Ha pasado el tiempo y se comprueba que no iba muy desencaminado el irlandés. El dios Mercado sigue mandando, ahora con dominio global: “Soy millonario, esa es mi religión”. O, con evidente exageración, “la propiedad es el robo organizado”. En los grandes negocios, desde luego. ¡Que se lo pregunten si no a los desahuciados, de patitas en la calle, por no poder pagar al banco la hipoteca del piso! Para los desahuciados, los parados de larga duración, los que no encuentran su primer empleo, los que padecen un ERE a los 50, los que acuden a los comedores de Cáritas, los que no ganan suficiente para pagar el alquiler a fin de mes o los que duermen en la calle, “la falta de dinero es la raíz de todos los males”. ¡Unos tanto y otros tan poco!, que dirían en mi pueblo. (Allí la democracia era un griterío nocturno e ininteligible de todos los vecinos en la sala de concejo).

Voces y aplausos en la televisión me han sacado de estas meditaciones. He mirado a la pantalla. Los políticos de todos los pelajes seguían con sus discursos. Hablan. ¿Qué hablan? Pues ¡que hablen!

EL AMOR Y LA CENIZA

No se me había pasado por la cabeza que asistiría en lo que me quedaba de vida al acontecimiento histórico de la renuncia de un papa. Un suceso tan singular me obliga a dejar de lado mis planes sobre la ceniza y el amor, que era el título previsto para esta entrada, aprovechando el comienzo de la cuaresma con el recordatorio de que somos apenas un puñado de polvo, y la fiesta comercial y romántica de San Valentín. Aunque, pensándolo bien, lo del amor y la ceniza, entre lírico y dramático, bien puede servir también para definir el final de un pontificado tan hamletiano como el del alemán Benedicto XVI, acosado por los jabalíes de dentro y de fuera de la viña. Un desenlace tan espectacular y valiente del drama vaticano protagonizado por este papa anciano y sabio, con el corazón maltrecho, sostenido por la fe y el marcapasos, bien merece un aplauso, incluso por parte de los descreídos e indiferentes, mientras baja lentamente el telón.

El papa de mi infancia y mi primera juventud fue Pio XII, aquel hombre hierático y estilizado vestido de blanco, con finas gafas redondas, que bendecía cerrando los dos últimos dedos de la mano como un pantocrátor y que, para dulcificar su adustez, se fotografiaba con una paloma, mientras los tanques de Hitler avanzaban sobre Europa. Eran los tiempos de la sacralización del papa, nada menos que rey y “vicario de Cristo”, que parecía inmortal como un dios antiguo y que se mostraba distante, en silla gestatoria como un extraterrestre con tiara dorada de triple corona. Para mí era el tiempo del racionamiento, de la vara de la doctrina, del catecismo del padre Astete, de la posguerra con Franco bajo palio y de las misas en latín, de espaldas al pueblo. Cuando murió Pio XII, en el otoño del 58, estaba yo en Comillas, lejos de casa, y me contó mi madre que ella y la abuela lloraron en la cocina cuando se enteraron de la noticia.

Mi papa favorito ha sido desde el comienzo Juan XXIII y eso que, cuando salió elegido, no pudo tener peor recibimiento. Su elección, como casi siempre que hay “fumata” blanca, fue una gran sorpresa, lo que demuestra que los designios del Espíritu Santo son siempre imprevisibles, aunque no faltan los maliciosos que creen que en algunos cónclaves el Espíritu aprovecha para tomarse unas vacaciones. En el caso del papa Roncalli no lo hizo. Su figura oronda, bondadosa y apacible de campesino de Bérgamo, del pueblo de Sotto il Monte, con su mirada cálida y sus manos fuertes, contrastaba vivamente con la de su antecesor. Y lo primero que hizo fue abrir las ventanas y ventilar las oscuras estancias de la Iglesia, que, con el concilio -todo un gesto revolucionario de su parte- se asomó por fin al mundo en que vivía. Pasados los años, otros se han encargado de volver a cerrarlas poco a poco hasta hacer las estancias otra vez casi irrespirables. Y en esas estamos, con la increencia avanzando como una nube oscura sobre la vieja Europa, poblada de catedrales y cardenales, cuando nos disponemos a asistir a un nuevo cónclave que por primera vez en muchos siglos no irá precedido de funeral.

Ahora que la frágil figura del ex papa Ratzinger está a punto de perderse y diluirse en la clausura del Vaticano, tengo necesidad de ofrecerle un pequeño homenaje personal, como una rosa de San Valentín. Su valiente gesto de renuncia, que desacraliza definitivamente la figura del papa, es un meditado gesto de ruptura por el que pasará a la historia, que salva por sí mismo un pontificado y que tendrá importantes consecuencias no sólo para la Iglesia católica. Una vez conocí de cerca a este hombre. Era entonces el teólogo brillante y el cardenal poderoso que presidía el Santo Oficio. Participaba en un curso de verano en El Escorial y allí tuve ocasión de almorzar con él en una mesa de cinco o seis personas en el comedor común de alumnos y profesores. Me pareció un hombre frágil, tímido, espiritual, delicado, frugal y respetuoso, muy alejado del estereotipo creado en los periódicos. Con aquella imagen fugaz, y creo que certera, de su compleja personalidad, este valeroso mutis suyo de la escena, fruto de la razón, no me parece, dadas las circunstancias, un gesto tan extraño. Dejémoslo en un puñado de amor y de ceniza, que eso es el hombre. Polvo serás, mas polvo enamorado, ¿verdad Quevedo? También el hombre que fue papa.

¡AL LADRÓN, AL LADRÓN!

Este mundo es un juego de bazas, según Quevedo, que sólo el que roba triunfa y manda. O dicho de otra manera:

Toda esta vida es hurtar,

no es el ser ladrón afrenta,

que como este mundo es venta,

en él es propio el robar.

Nadie verás castigar

porque hurta plata o cobre;

que al que azotan es por pobre

de suerte, favor y trazas.

 Pícaros, estraperlistas, defraudadores, especuladores, chorizos, mangantes, cacos, rateros, trincones, carteristas, timadores, mecheros, cuatreros, ladronzuelos, manguis, trileros y ladrones de cuello blanco. Estos últimos son, en los tiempos que corren, los que se llevan la palma y la pasta a paladas a Suiza y a los paraísos fiscales. Y esta no es más que una leve muestra de la riqueza léxica del español para referirse al trinque, o sea, a la habilidad de apoderarse de lo ajeno. Hasta al acto de levantar carta del mazo de la baraja lo llamamos robar. Quiero decir que el hábito está bien arraigado entre nosotros y no ha perdido vigencia desde Quevedo. “¡Al ladrón, al ladrón!” es nuestro grito clásico.

En los pueblos de Castilla, tal como lo recuerdo, llamarle a uno ladrón era el peor de los insultos. Y, en defensa de la honra propia, el sambenito podía acabar en sangre. O, como mínimo, en el cuartel de la Guardia Civil o delante del juez de paz. Me sé de un caso que dio algo que hablar en la comarca de las Tierras Altas. Un vecino acusó a otro de haberle quitado en el monte la manta vieja que llevaba su burro encima del aparejo. El pleito se prolongó lustros y acabó, para ruina de los dos, pero sobre todo del que tuvo que pagar las costas, en la Audiencia Territorial de Burgos. Lo de menos era el valor de la manta de Palencia, raída, gastada, sudada y sucia, lo que estaba en juego era el valor de la honra. Y eso no tenía precio. Pienso ahora que, salvados los inevitables episodios aislados, el campo, al menos en Castilla, fue quizá el último refugio de la honradez. Allí los ladrones nunca han sido gente honrada.

Como es fácil de adivinar, viene todo esto a cuento de que el grito de “¡Al ladrón!” resuena hoy con fuerza en la calle, en la plaza, en los periódicos, en las redes sociales, en los escaños del Parlamento y a las puertas de los Juzgados. La protesta se alza contra los representantes del pueblo, lo que pone en cuestión la confianza en el sistema político vigente. ¡Gravísimo asunto! Por eso hoy no es día de lírica. Resulta cada vez más chocante atreverse a hablar de presunción de inocencia, cuando a uno se le ha subido ya la sangre a la cabeza. Urge, pues, una respuesta clara, completa y convincente, “que la necesidad y la hambre no reparan en nada”, como advierte Cervantes en Persiles y Segismunda. La cosa es muy simple para cualquier entendedera. El pueblo llano las está pasando canutas y empieza a estar harto de tanto ladronicio, tanta palabrería hueca, tanta faena de distracción y tanto descaro encorbatado. La gente trapichea para sobrevivir, es cierto, pero exige ejemplaridad arriba. Y no hay partido que se libre del sambenito de la corrupción. Lo mejor que podrían hacer, digo yo, es dejar de tirarse horcadas de cagajones a la cara unos a otros y ponerse juntos a la ardua tarea de limpiar primero sus bolsillos y limpiar después la cara de España, que la han puesto entre todos escuálida y beoda.