¡AL LADRÓN, AL LADRÓN!

por elcantodelcuco

Este mundo es un juego de bazas, según Quevedo, que sólo el que roba triunfa y manda. O dicho de otra manera:

Toda esta vida es hurtar,

no es el ser ladrón afrenta,

que como este mundo es venta,

en él es propio el robar.

Nadie verás castigar

porque hurta plata o cobre;

que al que azotan es por pobre

de suerte, favor y trazas.

 Pícaros, estraperlistas, defraudadores, especuladores, chorizos, mangantes, cacos, rateros, trincones, carteristas, timadores, mecheros, cuatreros, ladronzuelos, manguis, trileros y ladrones de cuello blanco. Estos últimos son, en los tiempos que corren, los que se llevan la palma y la pasta a paladas a Suiza y a los paraísos fiscales. Y esta no es más que una leve muestra de la riqueza léxica del español para referirse al trinque, o sea, a la habilidad de apoderarse de lo ajeno. Hasta al acto de levantar carta del mazo de la baraja lo llamamos robar. Quiero decir que el hábito está bien arraigado entre nosotros y no ha perdido vigencia desde Quevedo. “¡Al ladrón, al ladrón!” es nuestro grito clásico.

En los pueblos de Castilla, tal como lo recuerdo, llamarle a uno ladrón era el peor de los insultos. Y, en defensa de la honra propia, el sambenito podía acabar en sangre. O, como mínimo, en el cuartel de la Guardia Civil o delante del juez de paz. Me sé de un caso que dio algo que hablar en la comarca de las Tierras Altas. Un vecino acusó a otro de haberle quitado en el monte la manta vieja que llevaba su burro encima del aparejo. El pleito se prolongó lustros y acabó, para ruina de los dos, pero sobre todo del que tuvo que pagar las costas, en la Audiencia Territorial de Burgos. Lo de menos era el valor de la manta de Palencia, raída, gastada, sudada y sucia, lo que estaba en juego era el valor de la honra. Y eso no tenía precio. Pienso ahora que, salvados los inevitables episodios aislados, el campo, al menos en Castilla, fue quizá el último refugio de la honradez. Allí los ladrones nunca han sido gente honrada.

Como es fácil de adivinar, viene todo esto a cuento de que el grito de “¡Al ladrón!” resuena hoy con fuerza en la calle, en la plaza, en los periódicos, en las redes sociales, en los escaños del Parlamento y a las puertas de los Juzgados. La protesta se alza contra los representantes del pueblo, lo que pone en cuestión la confianza en el sistema político vigente. ¡Gravísimo asunto! Por eso hoy no es día de lírica. Resulta cada vez más chocante atreverse a hablar de presunción de inocencia, cuando a uno se le ha subido ya la sangre a la cabeza. Urge, pues, una respuesta clara, completa y convincente, “que la necesidad y la hambre no reparan en nada”, como advierte Cervantes en Persiles y Segismunda. La cosa es muy simple para cualquier entendedera. El pueblo llano las está pasando canutas y empieza a estar harto de tanto ladronicio, tanta palabrería hueca, tanta faena de distracción y tanto descaro encorbatado. La gente trapichea para sobrevivir, es cierto, pero exige ejemplaridad arriba. Y no hay partido que se libre del sambenito de la corrupción. Lo mejor que podrían hacer, digo yo, es dejar de tirarse horcadas de cagajones a la cara unos a otros y ponerse juntos a la ardua tarea de limpiar primero sus bolsillos y limpiar después la cara de España, que la han puesto entre todos escuálida y beoda.

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