EL AMOR Y LA CENIZA

por elcantodelcuco

No se me había pasado por la cabeza que asistiría en lo que me quedaba de vida al acontecimiento histórico de la renuncia de un papa. Un suceso tan singular me obliga a dejar de lado mis planes sobre la ceniza y el amor, que era el título previsto para esta entrada, aprovechando el comienzo de la cuaresma con el recordatorio de que somos apenas un puñado de polvo, y la fiesta comercial y romántica de San Valentín. Aunque, pensándolo bien, lo del amor y la ceniza, entre lírico y dramático, bien puede servir también para definir el final de un pontificado tan hamletiano como el del alemán Benedicto XVI, acosado por los jabalíes de dentro y de fuera de la viña. Un desenlace tan espectacular y valiente del drama vaticano protagonizado por este papa anciano y sabio, con el corazón maltrecho, sostenido por la fe y el marcapasos, bien merece un aplauso, incluso por parte de los descreídos e indiferentes, mientras baja lentamente el telón.

El papa de mi infancia y mi primera juventud fue Pio XII, aquel hombre hierático y estilizado vestido de blanco, con finas gafas redondas, que bendecía cerrando los dos últimos dedos de la mano como un pantocrátor y que, para dulcificar su adustez, se fotografiaba con una paloma, mientras los tanques de Hitler avanzaban sobre Europa. Eran los tiempos de la sacralización del papa, nada menos que rey y “vicario de Cristo”, que parecía inmortal como un dios antiguo y que se mostraba distante, en silla gestatoria como un extraterrestre con tiara dorada de triple corona. Para mí era el tiempo del racionamiento, de la vara de la doctrina, del catecismo del padre Astete, de la posguerra con Franco bajo palio y de las misas en latín, de espaldas al pueblo. Cuando murió Pio XII, en el otoño del 58, estaba yo en Comillas, lejos de casa, y me contó mi madre que ella y la abuela lloraron en la cocina cuando se enteraron de la noticia.

Mi papa favorito ha sido desde el comienzo Juan XXIII y eso que, cuando salió elegido, no pudo tener peor recibimiento. Su elección, como casi siempre que hay “fumata” blanca, fue una gran sorpresa, lo que demuestra que los designios del Espíritu Santo son siempre imprevisibles, aunque no faltan los maliciosos que creen que en algunos cónclaves el Espíritu aprovecha para tomarse unas vacaciones. En el caso del papa Roncalli no lo hizo. Su figura oronda, bondadosa y apacible de campesino de Bérgamo, del pueblo de Sotto il Monte, con su mirada cálida y sus manos fuertes, contrastaba vivamente con la de su antecesor. Y lo primero que hizo fue abrir las ventanas y ventilar las oscuras estancias de la Iglesia, que, con el concilio -todo un gesto revolucionario de su parte- se asomó por fin al mundo en que vivía. Pasados los años, otros se han encargado de volver a cerrarlas poco a poco hasta hacer las estancias otra vez casi irrespirables. Y en esas estamos, con la increencia avanzando como una nube oscura sobre la vieja Europa, poblada de catedrales y cardenales, cuando nos disponemos a asistir a un nuevo cónclave que por primera vez en muchos siglos no irá precedido de funeral.

Ahora que la frágil figura del ex papa Ratzinger está a punto de perderse y diluirse en la clausura del Vaticano, tengo necesidad de ofrecerle un pequeño homenaje personal, como una rosa de San Valentín. Su valiente gesto de renuncia, que desacraliza definitivamente la figura del papa, es un meditado gesto de ruptura por el que pasará a la historia, que salva por sí mismo un pontificado y que tendrá importantes consecuencias no sólo para la Iglesia católica. Una vez conocí de cerca a este hombre. Era entonces el teólogo brillante y el cardenal poderoso que presidía el Santo Oficio. Participaba en un curso de verano en El Escorial y allí tuve ocasión de almorzar con él en una mesa de cinco o seis personas en el comedor común de alumnos y profesores. Me pareció un hombre frágil, tímido, espiritual, delicado, frugal y respetuoso, muy alejado del estereotipo creado en los periódicos. Con aquella imagen fugaz, y creo que certera, de su compleja personalidad, este valeroso mutis suyo de la escena, fruto de la razón, no me parece, dadas las circunstancias, un gesto tan extraño. Dejémoslo en un puñado de amor y de ceniza, que eso es el hombre. Polvo serás, mas polvo enamorado, ¿verdad Quevedo? También el hombre que fue papa.

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