HABLAN. ¿QUÉ HABLAN? ¡QUE HABLEN!

por elcantodelcuco

Oía yo en televisión el ruido del debate sobre el estado de la nación como quien oye llover o, más propiamente, como el sonsonete de los niños de San Ildefonso cantando los números de la lotería de Navidad, mientras ojeaba unas páginas de Bernard Shaw, aquel irlandés barbudo, escritor de teatro, periodista, crítico, vegetariano y activista político, que militó en el socialismo como miembro destacado de la Sociedad Fabiana. Tras unos comienzos laborales azarosos, al final fue un triunfador. Premio Nobel de Literatura en 1925, obtuvo un Óscar por Pigmalión en 1938. Es el único ser humano, que se sepa, que ha conseguido estos dos galardones. Quiero decir que es un personaje mucho más interesante que Rajoy y Rubalcaba, aunque también ellos lleven barba, que es en lo único que se parecen al autor de My Fair Lady. Y se me ha ocurrido un juego divertido. ¿Qué diría hoy George Bernard Shaw en el debate de la nación si fuera diputado en las Cortes españoles? Está claro, a juzgar por lo que decía en los largos prólogos de sus obras, que no se mordería le lengua. Y eso que era un reformista, no un revolucionario.

Diría por ejemplo:

-Cuando un estúpido hace algo que le avergüenza, siempre afirma que es su deber (César Antonio y Cleopatra, III)

-Aunque no sea delito, tiene siempre sus riesgos el comunicar una mala noticia (Prefacio de Major Barbara)

La propiedad es el robo organizado (Idem)

-Soy millonario. Esta es mi religión (Idem)

-No sabe nada y cree saberlo todo. Esto le faculta claramente para la carrera política (Idem)

-La falta de dinero es la raíz de todos los males (Man and Superman)

La democracia sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección hecha merced a una mayoría incompetente (Idem)

-Hablan. ¿Qué hablan? ¡Que hablen! (Inscripción colocada por Shaw en la chimenea de su casa)

Permítanme una breve glosa al hilo de la actualidad. Cuando un gobernante hace lo contrario de lo que había prometido en su programa electoral lo justifica diciendo que el sentido del deber le ha obligado a sacrificar su compromiso con los electores. Es la pugna entre dos deberes enfrentados. En ese trance dramático, lo suyo es dimitir. Cuando un personaje público, de la esfera que sea, mete la mano en la caja, asegura siempre, al salir de declarar en el Juzgado, que tiene la conciencia tranquila. O sea, la conciencia era verde y se la comió un burro. Cuando un periódico decide, con datos en la mano, tirar de la manta que tapa las vergüenzas de ese ser poderoso que tiene la conciencia tan tranquila, puede estar seguro de que esa denuncia acarreará riesgos. Si encima ha conseguido la información con malas artes, por ejemplo, por medio de micrófonos ocultos colocados de encargo por oscuras empresas de detectives, puede echarse a temblar. El que “no sabe nada y cree saberlo todo” es, en mi opinión, menos aplicable hoy a los políticos, aunque no falten casos, que a los tertulianos que se ponen las botas en las televisiones improvisando y pontificando, siempre cada uno en el mismo sentido, y, desde luego, a la patulea de internautas descarados -no todos, claro- que defecan en la Red opinando, con faltas de ortografía, de lo divino y lo humano. Sobre la democracia, es evidente que hay que revisar el tema de la representación política y el funcionamiento de los partidos, madre de casi todas las corrupciones; pero en una democracia -que me perdone Bernard Shaw-, la mayoría, aunque parezca incompetente, siempre tiene razón. ¡Manda el pueblo soberano! Y si no, malo. Lo que hay que mejorar es la Ley Electoral, ahora tan cerrada y bloqueada. Y lo peor de todo es estar columpiándose entre la corrupción y la incompetencia, no digamos si se juntan las dos cosas, que, aunque no sea verdad, es lo que opina ahora, incompetente o no, la mayoría.

Como buen fabiano, Shaw arremete contra el capitalismo salvaje. Ha pasado el tiempo y se comprueba que no iba muy desencaminado el irlandés. El dios Mercado sigue mandando, ahora con dominio global: “Soy millonario, esa es mi religión”. O, con evidente exageración, “la propiedad es el robo organizado”. En los grandes negocios, desde luego. ¡Que se lo pregunten si no a los desahuciados, de patitas en la calle, por no poder pagar al banco la hipoteca del piso! Para los desahuciados, los parados de larga duración, los que no encuentran su primer empleo, los que padecen un ERE a los 50, los que acuden a los comedores de Cáritas, los que no ganan suficiente para pagar el alquiler a fin de mes o los que duermen en la calle, “la falta de dinero es la raíz de todos los males”. ¡Unos tanto y otros tan poco!, que dirían en mi pueblo. (Allí la democracia era un griterío nocturno e ininteligible de todos los vecinos en la sala de concejo).

Voces y aplausos en la televisión me han sacado de estas meditaciones. He mirado a la pantalla. Los políticos de todos los pelajes seguían con sus discursos. Hablan. ¿Qué hablan? Pues ¡que hablen!

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