LA CASA DE CONCEJO

por elcantodelcuco

A Sara

Olía a tabaco negro y a sudor, tabaco fuerte de petaca o de cuarterón, que se liaba parsimoniosamente con la ayuda de una maquinilla rudimentaria y un librillo de papel de fumar. Hasta don Joaquín, el maestro, que era manco, sabía utilizarla. El humo que emitía sin parar mi tío Sotero, el secretario, de la mañana a la noche, entre agudos ataques de tos que presagiaban el futuro cáncer de pulmón, impregnaba las paredes, los legajos de papeles y las vigas del techo. Por si fuera poco, en los días de invierno funcionaba en medio de la sala una estufa de leña, única calefacción disponible en el pueblo. La humareda, cuando revocaba, envolvía también, sin guardar el menor respeto, el crucifijo y la fotografía de Franco con capote de campaña que presidían la pared del fondo. Este olor característico aún permanecerá seguramente impregnando la Casa de Concejo, que servía también, como queda dicho, de oficina del secretario, cuarenta años después de que se cerrara para siempre el Ayuntamiento cuando Sarnago, con la democracia recién estrenada, quedó deshabitado. Desde entonces no he vuelto a pisar este lugar que durante la infancia fue para mí tan familiar.

Ahora que se pide a gritos desde la calle más democracia participativa y los poderes públicos, envueltos en humaredas de corrupción, se disponen a liquidar Ayuntamientos a mansalva para ahorrar gastos, lo que conducirá en tierras de Castilla, sin ir más lejos, a una despiadada poda de pueblos pequeños a matarrasa, me he acordado de aquellas juntas de vecinos, convocadas por la corneta del aguacil “bajo la multa que haya lugar”. Se celebraban generalmente por la noche en la Casa de Concejo, después de volver del campo y de aviar los animales. La asamblea, compuesta casi exclusivamente de hombres, se prolongaba a veces hasta la madrugada, sobre todo si las propuestas del alcalde, asesorado de cerca por el secretario, eran controvertidas o costosas. Era entonces cuando el griterío traspasaba las ventanas y llegaba hasta mi casa, situada justo enfrente al otro lado de la plaza, y no me extrañaría que el vocerío llegara hasta el barrio de arriba entre el ladrido de los perros. “Hoy arde Troya en la Casa-Concejo”, comentaba mi madre. (En el habla popular se suprimía  la preposición “de”).

Se discutía sobre pastos y rastrojeras, arreglo de caminos, corta de la leña de la dehesa, siembra colectiva en las rozas del pueblo, tributos y derramas -asunto especialmente sensible-, plazos del catastro, coste de las fiestas, pleito con Fuentebella -que duró años y años- o, lo que era más grave, revisión de las viejas tuberías de hierro que desde la Lagunilla traían el agua a la fuente, cuyo caudal menguaba alarmantemente. Aquellos hombres, con la tierra del barbecho aún en las abarcas, la boina en la cabeza, el cansancio en los riñones bajo la negra faja y el rostro acuchillado por el sol, la nieve y el viento afilado de la Alcarama, rompían en estas sesiones el largo silencio de sus vidas solitarias. Decían libremente lo que pensaban, defendían sus intereses alzando la voz sin perderse el respeto y sin perder nunca de vista el interés de la comunidad. Una de las características de los pueblos de las Tierras Altas era la armoniosa combinación de la propiedad privada minifundista y la propiedad colectiva, formada por tierras, dehesas, prados y montés del común. En las duras sesiones de debate se atendía a razones, había sus más y sus menos y se imponía al fin la voluntad general. Siempre he pensado que los únicos reductos de democracia durante la dictadura, los últimos refugios de la voluntad popular, fueron estas juntas de vecinos de los pequeños Ayuntamientos rurales y las corridas de toros, en las que, como se sabe, manda el “respetable”, o sea, el pueblo llano.

En 1994 mantuve una larga conversación con Juan Marichal, discipulo privilegiado de Américo Castro, que acababa de regresar del largo exilio. Había enseñado en la Universidad de Princeton donde conoció al historiador y había pasado media vida dictando lecciones magistrales en Harvard, donde ocupó altos puestos de dirección. Heredero de la mejor tradición liberal, nadie se ha ocupado tanto y con tanta autoridad como él de los grandes intelectuales españoles: Azaña, Ortega, Negrín y Unamuno. Esta conversación en su piso de Madrid apareció en un librejo mio titulado Conversaciones sobre España. Los intelectuales y el poder. Hablando del futuro de España, bien oiréis lo que me dijo aquella tarde Marichal, en presencia de Soledad –Solita– Salinas, su encantadora y amada mujer, hija del poeta Pedro Salinas, que le miraba absorta mientras hablaba, y que lucía, lo recuerdo bien, un vestido largo y tenue:

“Entre las raíces de España, destaca, en primer lugar, la tradición comunera, representada en los sucesos de la historia castellana cuyo símbolo es Villalar. Se perdió en aquella ocasión, pero los liberales del siglo XIX y los republicanos en el siglo XX la restauraron. Mas, sobre todo, en el actual régimen es cuando la democracia municipal es la piedra clave del Estado Español”. 

¿Qué les parece? ¡La clave de España es la democracia municipal! ¡La clave son los pueblos! ¿Qué diría ahora Juan Marichal si levantara la cabeza y se diera una vuelta por las páginas de los boletines oficiales y por los innumerables pueblos de Castilla en ruinas?

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