LA FIESTA DEL AGUA. PRELUDIO DE PRIMAVERA

por elcantodelcuco

 

Ahora, amigos, que, en el pórtico azul de la primavera, ha templado el tiempo y ha bajado la lluvia generosa a fecundar la tierra, es hora de que salgamos de nuestro ensimismamiento y de nuestros oscuros refugios invernales -¡ay este invierno interminable de España!-, juntemos nuestras manos y sonriamos. Es cuestión de esforzarse un poco dejando libre el corazón. Intentadlo. Oid cómo repica la lluvia en los cristales, mirad cómo resbala por la corteza gris de los árboles aún desnudos, fijaos en el juego amoroso de los mirlos entre los setos mojados del jardín, observad cómo brillan los coches y el asfalto de las aceras cubiertas de paraguas de colores, salid fuera, a la intemperie, y, si os atrevéis, sentid la lluvia en vuestro rostro. La fiesta del agua es todo lo contrario que el aguafiestas. Celebrémosla. Salgamos fuera. Reanimémonos tras el invierno como los animales del bosque, como los frutales a punto de brotar -¿no es un milagro?-, como los espinos de flor blanca, como los lirios del costero. Si es preciso, bebamos vino y cantemos, que el que canta ahuyenta sus males y sus fantasmas. Huyamos de los aguafiestas, aguachirles, agoreros, cenizos, rascatripas, rencorosos, victimistas, resentidos, quejumbrosos, amargados, tristes. Respiremos el aire limpio, aromado con las primeras flores de los almendros, de las mimosas y de los ciruelos morados traídos de la India.

Los días se alargan y el amor vuelve a florecer en los bancos del parque. Liberémonos por un momento de la cruda realidad, esa entelequia que cambia de color según quien la pinte. Hagámoslo sin mala conciencia. Recuperemos de este modo la experiencia imborrable, inscrita en nuestros genes, de la inocencia que precedió al pecado original. Aún se nota, si os fijáis bien, esa huella sagrada en los pueblos abandonados, en las parameras solitarias, en el riachuelo de agua limpìa y en la cara de los niños recién nacidos. ¿Quién nos puede impedir que intentemos volver al paraíso? Si no lo conseguimos, al menos recuperaremos el resuello. Una voz interior nos dice: “¡No todo está perdido, vendrán dias mejores! ¡Todo depende de vosotros!”. Ya veremos. Lo que os propongo es una evasión sigilosa. Ya habrá tiempo, si es necesario, de retomar las hachas, los gritos y las lágrimas. Fijaos. Ahora mismo, mientras escribo, la lluvia se ha dado una tregua y el sol asoma entre las nubes y entra por la ventana. Démonos también nosotros una tregua. Lo que propongo, en resumidas cuentas, es que desertemos por un día de esta guerra aunque nos señalen con el dedo acusatorio los nuevos inquisidores, que están por todas partes, en los lugares más insospechados, y que aumentan sin cesar, lo mismo que acuden los buitres a la res muerta en el monte.

Cambiemos de escenario por terapia elemental. Nos espera Fray Luis -¿lo recordáis?- el que huyó del ruido del mundo y plantó un huerto con sus propias manos en la ladera del monte. Seguramente había aprendido el oficio de hortelano en “La Flecha”, la famosa huerta de los agustinos calzados en Salamanca. “Es la huerta grande -nos recuerda en Los nombres de Cristo- y estaba bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista y, sobre todo, la hora y la sazón”. Dejad, pues, que vuelva la bendita lluvia y empape bien los campos. Cuando escampe del todo, habrá ya buen tempero. Cavad entonces la tierra, que esponje bien, aciemadla de forma natural sin productos químicos dañinos y disponéos a plantar vuestro huerto. Y, si andáis estrechos de sitio, que es lo que suele ocurrir en la ciudad, en un gran tiesto de barro podéis criar fresas fragantes o sabrosos tomates. Eso os bastará. Tendréis el universo en vuestras manos. Me he enterado que en la nueva edición del diccionario la Real Academia va a incluir el término “neorural”. ¿Se referirá a estos huertos urbanos o a la huida de la ciudad y la vuelta al pueblo donde nada será ya lo mismo? ¿O acaso vuelve lo rural envuelto en los harapos de la ciudad? El mundanal ruido alcanza ya las últimas aldeas. En los pueblos abandonados los coches aparcan junto a las ruinas. Pero hoy no es tiempo de ponerse tristes. Es el preludio de la primavera y tenemos un deber de alegría. ¿Veis? Vuelve a llover mansamente, “el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada”. Etcétera.

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