DE LA ALCARAMA AL ALBA

por elcantodelcuco

Los dos procedemos de las Tierras Altas, donde Castilla desfallece y se acaba, y, por un guiño del destino, casi nos llamamos lo mismo, hasta el punto de que más de una vez me han confundido con Avelino. Hemos recorrido los mismos caminos, entre la Sierra del Alba y la Alcarama, y nos hemos sentado en los mismos poyos de la plaza. Allí nos hemos pasado las horas muertas hablando con las gentes del pueblo de temperos, cosechas, primalas, amarguras, precios y recuerdos mientras, si se terciaba, compartíamos con ellos la petaca y la bota. Por no ser menos, él se puso hasta la boina. Nos hemos calentado en las mismas cocinas, que olían siempre a támbara y a matanza, donde hemos escuchado, sentados en los bancos del hogaril frente a la lumbre con los ojos irritados por el humo, parecidas historias de amores imposibles, apariciones, crímenes horrendos y leyendas antiguas, relatos que se repetían milimétricamente año tras año. Hemos oído las mismas campanas llamando a misa o a concejo, doblando por la muerte de un vecino, volteando en la fiesta, mientras sonaba en la calle la música de los gaiteros, o conmoviéndonos, al caer la noche, con el tenebroso toque de ánimas. Y los dos somos Hernández, “con una hache muy grande”, como decía mi abuelo Alejandro, al que llamarse Hernández le parecía, no sé por qué, un verdadero privilegio.

De Valdegeña, donde está su patria, a Valtajeros, donde viví mis dos primeros años y está enterrado mi padre, apenas hay, calculando a ojo de buen cubero, un par de leguas por el monte entre carrascas, rebollos y romero. Y legua y media más, de la sierra del Alba a la Alcarama. Demasiadas coincidencias para que uno pueda sentirse indiferente ante este personaje y su obra, tan cercanos y pioneros, tan puñeteramente incitantes, tan imperecederos.

Si una tarde de estas me encontrara con Avelino Hernández, que fue el primero que captó el alma de esta comarca fronteriza y pobre que albergó el noble Concejo de la Mesta, no tendría más remedio que decirle la verdad. Él seguramente me pedirá enseguida que le ponga al corriente y yo no podré disimular por mucho tiempo las desgracias sobrevenidas desde que él se fue. De nada servirá distraerlo con el azul violeta de la sierra, el verde despertar de los campos de labranza tras el duro invierno o la proliferación turística de casas rurales en lugares inverosímiles. Seguramente le interesará algo más conocer la floración espontánea de asociaciones culturales en los pueblos despoblados o semidespoblados, como señal de resistencia y prueba evidente de que no quieren morir convirtiéndose en un cantarral. ¡Ahí está Sarnago, mi pueblo, sin ir más lejos!, le diré, todo orgulloso. La belleza sobrecogedora y elemental de las Tierras Altas -me dirá- contrasta aún más con el proceso de decadencia y descomposición. Y yo no tendré más remedio que darle la razón y confesarle que el final de la civilización rural se ha acelerado desde que él no está. Y él me dirá entonces ladeándose la boina: “Se veía venir”.

Después repasaremos la reciente historia hasta satisfacer por completo su curiosidad. El primer dato comprobable es que ha aumentado el “cementerio de pueblos”, como él calificó a esta comarca. Sin ir más lejos, no hace mucho que abandonaron Valdenegrillos los últimos vecinos: el Zacarías y la Romana, su mujer. Castilla -reflexionaremos entonces- es el mayor desierto demográfico de Europa; Soria, el mayor desierto demográfico de Castilla, y las Tierras Altas, el mayor desierto demográfico de Soria. Así que figúrate. En los pueblos centrales que aún quedan vivos -Yanguas, San Pedro Manrique…- ha cerrado la escuela y llevan a los niños a la capital traspasando el puerto. Apenas te tropezarás, le diré, con un rebaño de ovejas desde Oncala a San Pedro, donde, como tú mismo has contado, llegaron a pastar un millón de cabezas de ganado. Es inútil que pretendas encontrarte con un arriero para prender la hebra, escuchar historias ignoradas y hablar de los oficios o de los viejos tiempos. Ya no quedan buhoneros por los caminos, ni cochineros, amolanchines, pareteros, capadores o tratantes con blusa negra. Casi no quedan caminos. En San Pedro Manrique cerró el secular mercado de los lunes. Pregúntale al Celorrio, el de la gasolinera. Hace tiempo que no se oye el sonido chirriante de la fragua ni los golpes secos del herrero. Las aceñas junto al rio dejaron de moler cosechas. Tampoco huele a pan en la calle; lo traen de fuera, descongelado, en furgonetas de reparto. Ya me dirás qué es un pueblo sin niños y sin olor a pan.

Nos quedaremos un instante pensativos. Ninguno de los dos fumamos. Contemplaremos en silencio las manchas de pinos jóvenes en las laderas y cabezos y, a lo lejos, el calvario de cruces blancas de los aerogeneradores que recorren la sierra de Oncala y las estribaciones de la Alcarama, y que se adivinan en las cumbres de los montes lejanos deformando, junto con los pinos, el pardo paisaje original y destruyendo el ecosistema.

-¡Lo que faltaba! -exclamará Avelino- ¡Se han cargado el paisaje, que es lo único que nos quedaba!

-Así es -asentiré-, los molinos metálicos están por todas partes, nos rodean como una pesadilla de fantasmas. Y ahora -le anunciaré bajando la voz- quieren fracturar las entrañas de la tierra en busca de gas. No se conforman con apropiarse de la superficie y de vaciar los pueblos. No sé qué pasará con los acuíferos.

Me preguntará entonces qué se puede hacer y yo me encogeré de hombros.

-¿Se te ocurre a tí algo? -me atreveré a devolverle la pregunta después de otro largo silencio.

-Y la Administración ¿qué? -volverá a preguntarme.

-¿El Gobierno? -le responderé ya sin ocultarle nada-. El Gobierno, para que lo sepas, prepara una reforma de la Administración Local, dice que para ahorrar gastos, que amenaza con acabar en poco tiempo con cientos de pueblos de Castilla a matarrasa.

Notaré entonces que el rostro de Avelino Hernández enrojecerá y luego empalidecerá hasta volverse mineral, del color de la tierra.

-¿Sabes lo que te digo? -me confiará antes de desaparecer misteriosamente- que prefiero estar muerto.

Y me quedaré solo.

(Mi colaboración a un libro-homenaje a Avelino Hernández, autor de “La Sierra del Alba”)

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