El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: abril, 2013

EL JUEGO-PELOTA

Con el buen tiempo acudían, ardorosos, los jugadores la tarde del domingo. Llevaban camisa blanca, con los brazos remangados y calzaban alpargatas de Cervera o de Arnedo. En torno suyo se iba cerrando un círculo expectante formado por chicos y grandes mientras ellos botaban ceremoniosamente la pelota, fabricada en casa con tripas de gato, lana de las ovejas y badana de cabrito. La expectación subía si competían solteros contra casados. Era el único momento de sus vidas en que aquellos hombres salían de la rutina y del silencio pardo de la tierra y se sentían protagonistas, dignos de admiración. Todo el mundo convenía en que esto era cosa de hombres. Las mujeres presentes se contaban con los dedos de una mano. Si acaso curioseaban, con la cara arrebolada, desde atrás, entre la gente, la novia de uno o la que aspiraba a serlo, o con menos frecuencia se dejaban caer un rato entre el personal la hermana o la hija de este o el otro de los protagonistas. Entre la concurrencia, en partidos de especial trascendencia, no faltaban los ancianos, con su boina nueva, su chaqueta de pana y su cachava, sentados en los poyos en lugar preferente, que se erigían en jueces implacables de las jugadas dudosas. Compartían con el vecino la petaca y los recuerdos de otros tiempos, cuando aún tenían cuajo y les aguantaba el resuello, cuando respondían las piernas y el corazón. Entonces, antes del maldito reúma, eran ellos los que ocupaban, admirados por todos, el centro del juego-pelota. “¡Qué partido, aquel! ¿Te acuerdas? ¡Cuando les ganamos un cabrito a aquellos jaques y bocaranes de tierra Agreda!” “¡Cómo no me voy a acordar!”. Y de pronto sus ojillos apagados chispeaban recordando las dulces hazañas de la juventud.

En Sarnago el juego-pelota era el frontón de la iglesia, coronado por las campanas y la veleta. Durante muchos años fue abriéndose poco a poco una profunda recliz en la que anidaban los ocetes bajo la campana grande. Hasta que un día el paretón se derrumbó y arrastró al campanar y las campanas. Nunca se le llamó allí “juego de pelota” o “juego de la pelota”, que habría sonado a cursilada imperdonable; el frontón era el juego-pelota simplemente, sin preposición ni más adornos. En mi infancia era el deporte-rey de aquella tierra. Allí pasábamos los niños, jugando a la pelota, las horas muertas, antes de que llegara el fútbol e improvisáramos campos en las eras o en el ejido con piedras como coseras sirviendo de porterías. Durante siglos el noble deporte de la pelota fue integrante esencial de la cultura rural, y el frontón o juego-pelota, elemento imprescindible de esa cultura ahora desfalleciente. Frontones quedan en los pueblos que son  vestigio primero de la arquitectura civil. Lo mismo que no había pueblo sin iglesia, sin fuente o sin escuela, no podía faltar en ninguno el juego-pelota, construído con piedra bien labrada y pulida, con su correspondiente trinquete a la izquierda, o de forma mucho más rudimentaria, aprovechando, como en mi pueblo, el paretón soleado de la iglesia.

Este antiquísimo deporte, legado cultural vasco, -no faltan los que piensan que el euskera es la lengua original de los iberos- fue extendiéndose por la península y se afincó en frontones de Navarra, la Rioja, Castilla, Aragón y Valencia, sin olvidar Madrid, que llegó a ser capital mundial del deporte de la pelota. Y desde España saltó a América. Dicen que Felipe el Hermoso, el marido de doña Juana de Castilla, llamada “la Loca” sin demasiado fundamento hasta el luctuoso suceso, murió por beber agua fria después de un partido de pelota en Burgos. ¡Vaya usted a saber! En la capital de España el deporte de la pelota adquirió especial esplendor, impulsado por la rica burguesía industrial y comercial vasca. Se construyeron verdaderas joyas arquitectónicas, como el legendario frontón de Recoletos, el Jai Alai o el Beti Jai, un día tan populares y sucumbidos al fin por la desidia municipal y otras desidias. Los más viejos del lugar aún guardan los nombres de legendarios pelotaris de cesta-punta madrileños. Recuerdo que una de mis primeras salidas nocturnas cuando llegué del pueblo a Madrid con mi maleta de madera fue para asistir, creo que en el Beti Jai, hoy arrumbado, a un vibrante partido de cesta-punta, que no pudo concluirse porque uno de los jugadores cayó fulminado por un pelotazo involuntario de su contrincante, que le alcanzó en la cabeza. No parece que sea pedir la luna exigir que el noble, popular y mítico deporte de la pelota sea, por fin, olímpico, si Madrid consigue los anhelados Juegos. Tal vez así, con ese impulso, conseguiríamos salvar este vestigio de la cultura rural, que decae a ojos vista como los pueblos. Los recios frontones aún en pie son profanados por las blandas pelotas de tenis impulsadas por los señoritos que llegan de la ciudad a pasar las vacaciones portando ligeras raquetas reglamentarias en sus delicadas manos. O, peor aún, se convierten en espacios solitarios y sucios, que lucen en su frontispicio, como humano vestigio de otros tiempos, con letras grandes, ya un tanto desvaídas: “¡Vivan los quintos del 68!”.

BUITRES CON PASAPORTE ALEMÁN EN LOS CIELOS DEL SUR

Leer la prensa en España o ver el telediario es llorar. En la calle aumenta la crispación. El Fondo Monetario Internacional, sala de máquinas del presente capitalismo, echa leña al fuego. ¡Más madera! En la Red sube el olor de los insultos hasta la náusea. El ambiente empieza a ser irrespirable. Sigue el alegre botellón nocturno. El aire huele a podrido. Nos perdemos en batallitas de unos contra otros sin darnos cuenta de que estamos en guerra. Es una guerra no convencional, claro. El dinero sustituye a los cañones. Pero los efectos son igual de demoledores: destrucción, hambre, desahucios, desesperación. ¡Guerra económica, la llaman! Como si las otras no lo fueran. Los buitres del Norte, con pasaporte alemán -¡otra vez, Dios mio!- trazan círculos concéntricos en torno a la presa indefensa, como entonces en Guernica aquellos siniestros buitres metálicos con la esvástica en la panza. El Sur deudor está de rodillas ante el poderoso Norte acreedor, el mismo que se lucró de nuestra burbuja inmobiliaria, de planes Marshall y de otras burbujas inconfesables. Nos tienen cogidos por donde más duele y nos advierten que si nos quejamos será peor. La troika inquisidora nos aprieta más y más en el interminable potro de tortura. Nos dejarán en pelota. Nos cubrirán de ignominia. ¿Hasta cuándo?

Falta un Goya -el de los fusilamientos- o un Picasso para dejar perenne constancia de la tremenda escena. Habrá que empezar por el llanto de Europa que resuena ya junto a las ruinas del Partenón, sobrevoladas por los mismos buitres. Un lector de “El País”, Andrés Acosta, en una carta al director glosa hoy, sin ir más lejos, un artículo estremecedor del economista griego Yanis Varoufakis, titulado Grecia ha muerto. Lo peor es que muere entre la indiferencia general. “No se quieren reconocer -dice Andrés- los inmensos errores cometidos por la troika”. ¿Errores? “La pobreza allí es extrema. Hay hambre, enfermedades infecciosas, que se creían erradicadas, sarna, derrumbe social”… ¿Estamos resignados también nosotros a vernos pronto en el mismo espejo?

O acaso nos falte un Unamuno, que sacuda la modorra y las conciencias.

Observando la desesperación de muchos y viendo que a un loco con barretina– esto solo puede ser cosa de locura-, se le ocurre, en estas circunstancias, proponer la independencia de Cataluña, y a otros desaforados, con la que está cayendo, dedicarse a apedrear la Corona, pieza clave de estabilidad, aun estando algo deslucida, y principal agarradero en medio de la tempestad, aireando banderas tricolores anticonstitucionales y volviendo a las andadas, me he acordado del “formidable puercoespín que es Unamuno”, al que visitó en Salamanca el escritor griego Nikos Kazantzakis -uno de los intelectuales europeos más respetados de la época- en el otoño de 1936 en plena guerra civil, unos meses antes de la muerte de don Miguel, ocurrida el día 31 de diciembre de ese mismo año, víctima de la tristeza. Así que se trata de un testimonio valiosísimo, casi póstumo, en otras circunstancias dramáticas de España y de Europa. Kazantzakis quería conocer de primer mano la opinión de Unamuno sobre lo que estaba pasando en España, laboratorio para lo que vendría en Europa. (Históricamente nos han utilizado siempre como experimento, como conejillo de Indias, las potencias de arriba). “Los álamos están dorados, tres grandes cipreses, inmóviles, levantan sus siluetas negras en el crepúsculo de fuego”. Es el paisaje de otoño de la espera antes de llamar a la puerta del gran intelectual español. No me resisto a transcribir la continuación del relato, el encuentro entre el español y el griego. ¿Qué dirían hoy los dos?

Se me hace entrar en una habitación larga, estrecha y desnuda. Pocos libros, dos grandes mesas. Dos paisajes románticos en las paredes; grandes ventanas, luz abundante. Un libro inglés se halla abierto en el escritorio. Oigo, procedente del fondo del corredor, los pasos de Unamuno, que se aproxima. Un paso cansado, arrastrado, un paso de anciano. ¿En dónde están las grandes pisadas, la juvenil agilidad de su paso que admiré en Madrid hace apenas algunos años? Cuando la puerta se abre veo a Unamuno súbitamente envejecido, literalmente hundido, y ya encorvado por la edad. Pero su mirada sigue brillante, vigilante, móvil y violenta como la de un torero. No tengo tiempo de abrir la boca cuando él ya se arroja a la plaza:

-Estoy desesperado -exclama cerrando los puños-. ¿Usted piensa sin duda que los españoles luchan y se matan, queman las iglesias o dicen misas, agitan la bandera roja o el estandarte de Cristo porque creen en algo? ¿Que la mitad cree en la religión de Cristo y la otra mitad en la de Lenin? ¡No! ¡No! Escuche bien, ponga atención a lo que voy a decirle. Todo esto sucede porque los españoles no creen en nada. ¡En nada! ¡En nada! Están desesperados. Ningún otro idioma del mundo posee esta palabra. El desesperado es el que ha perdido toda esperanza, el que ya no cree en nada y que, privado de fe, es presa de la rabia.

Unamuno se calla un momento y mira por la ventana.

-¿En Grecia qué hacen ustedes? -pregunta. Pero, sin aguardar mi contestación, se arroja de nuevo a la plaza:

-El pueblo español está enloquecido -continúa-. Y no sólo el pueblo español, sino quizá el mundo entero. ¿Por qué? Porque el nivel intelectual de la juventud en todo el mundo ha descendido. Los jóvenes no se limitan a menospreciar el espíritu, sino que lo odian. El odio al espíritu: he aquí lo que caracteriza a toda la nueva generación. Les agrada el deporte, la acción, la guerra, la lucha de clases. ¿Por qué? Porque odian el espíritu. Yo conozco a los jóvenes de hoy, a los jóvenes modernos. Odian el espíritu.

(Lejos de mí, don Miguel de Unamuno, la osadía de contradecirle. No sé si la juventud actual sigue odiando el espíritu. Puede que sea así. Lo que parece claro es que los intelectuales están apesebrados en esta hora difícil y han perdido la voz y la autoridad moral. Ya no hay guías espirituales. Los medios de comunicación han dejado de ser el intelectual colectivo, que decía Aranguren. La nueva generación está perdida. Es una generación perdida. Y, desde luego, desesperada. En esto le doy toda la razón. ¡Desesperada! Por si le sirve de mínimo consuelo, le diré que hay miles de jóvenes indignados que han reaccionado y han salido pacíficamente a la calle. Otros, no tanto. Tampoco faltan los descerebrados. Asómese a los foros de las redes sociales para comprobarlo. ¿Acaso porque, como usted dice, siguen odiando el espíritu? Yo no los culparía. Más bien parecen víctimas. Y los buitres con pasaporte alemán siguen volando, mientras tanto, cada vez más bajo, sobre sus cabezas y trazan círculos concéntricos encima del Partenón y en los cielos del Sur)

CUANDO ERA PRIMAVERA

Se adelantan los relojes y se retrasa la noche. Es la consagración de la primavera. Eso, oficialmente. Pero hace tiempo que en las Tierras Altas de la Alcarama están los relojes parados, lo que no es ninguna novedad. En realidad, parece que, con los tiempos que corren, es la hora de España la que se retrasa peligrosamente, justo cuando creíamos que habíamos salido definitivamente de la larga noche y había llegado nuestra hora. Basta asomarse a la calle de la ciudad para darse cuenta, oyendo los gritos de protesta, recorriendo las colas de parados y observando la desesperación de los escraches, que seguimos sumergidos en el invierno. Y sobre los pueblos, por si no fuera bastante el abandono sufrido y la decadencia, se cierne la amenaza de una siniestra reforma municipal y espesa, como una nube negra de tormenta. Pero hay más. Toda Europa, especialmente la luminosa Europa del sur, la más humana y creativa, aparace sometida resignadamente, como los condenados a muerte en los campos de concentración de antaño, a la hora alemana que marca con implacabilidad prusiana el reloj de pulsera de la señora Merkel y el electrónico del Bundesbank. Ni siquiera nos dan vela en este entierro de Europa.

Por si fuera poco, aquí dentro, al acercarse el aniversario de la azarosa y convulsa República, a algunos desesperados o nostálgicos y a muchos inconscientes no se les ocurre nada mejor que proponer retrasar la hora de España ochenta años. Con este propósito hacen horas extraordinarias en las redes sociales para atraer incautos a su causa perdida. Otros, desde la periferia, aprovechan el desconcierto y las apreturas para mandar a España a hacer puñetas sin que se les caiga la cara de vergüenza. Ese es el panorama. Así es difícil que cante el cuco ni en Sarnago ni en ninguna parte anunciando por fin la primavera. Nadie ha dado hasta ahora noticia de lo contrario. Nadie ha oído aún, que se sepa, el alegre cu-cu por Bajorente o por el Prado de Los Rebollos. Y menos que nadie, Rajoy, Guindos, Rubalcaba o Cayo Lara: cuatro patas para un banco. Y ya se sabe:

Si el cuco no canta

el 15 de abril,

es que está malito

o se va a morir

El otro día vi en Valdeavellano las dos primeras golondrinas. Habían llegado sin duda a inspeccionar el terreno -en realidad el aire- con la nieve de la Cebollera aún de fondo. Me alegré al verlas. Por fin, un signo de esperanza. Dos adelantadas o precursoras, comisionadas por el bando, pensé. Pero fue una visión fugaz. El cortante frio de la sierra y la constante lluvia, a ratos aguanieve, no proporcionaban un ambiente muy acogedor. Por más que las busqué con la mirada en los días siguientes, no las volví a ver. ¿O vendrían, siendo Viernes Santo, como creía mi abuela Bibiana, a arrancar las espinas de la frente del Crucificado? Eché también en falta el bullicio de los gorriones. Hace no tantos años los nidos estaban ya rebosando por estas fechas. Ni siquiera con la llegada del papa Francisco hay revuelo de pájaros en el viejo tejado de la iglesia, ni palomas en el campanar, como en aquellas primaveras. Desde que no hay ganado ni caballerías, hasta los gorriones abandonan los pueblos, siguiendo a los funcionarios. Hacen lo mismo las urracas, según me dicen, unas aves muy inteligentes, con fama de ladronas -algo que concuerda perfectamente con lo que se lleva hoy en España y se ha llevado siempre- y a las que les gusta la conseja y la posmodernidad. Se han trasladado a las lujosas urbanizaciones de la periferia de la ciudad. “Pares cum paribus facilime congregantur”. O sea, los iguales con los iguales, etcétera, ¿no, profesor Tejerina? Sólo las tordas, aunque estén los huertos llecos, y las cigüeñas mantienen la fidelidad. Y en Sarnago, adonde no han llegado nunca las cigüeñas, supongo que las humildes cuyalbas, las mismas de mi infancia, que se resisten a abandonar las paredes semiderruidas de las eras abandonadas. Del aire azul de los campos con los sembrados ya nacidos y de los montes oscuros se enseñorean los buitres y las aves de rapiña, otra buena metáfora de nuestro tiempo.

Habrá que esperar. Y seguir soñando. Pronto saldremos de esta y cantarán los pájaros. Y todos los relojes marcarán otra vez la hora de España. Mientras tanto, nos queda recordar y amar la tierra, los pueblos, los pájaros y a nuestros semejantes, sabiendo que los recuerdos, lo mismo que el amor, trascienden el tiempo, lo aceleran y le dan cumplimiento. Lo dijo Emilio Prados, que lleva muerto medio siglo exacto:

Cuando era primavera en España:

junto a la orilla de los ríos

las grandes mariposas de la luna

fecundaban los cuerpos desnudos

de las muchachas,

y los nardos crecían silenciosos

dentro del corazón

hasta taparnos la garganta…

¡Cuando era primavera!

(…)

Cuando era primavera en España:

todos los hombres desnudaban su muerte

y se tendían juntos sobre la tierra

hasta olvidarse del tiempo

y el corazón tan débil por el que ardían…

¡Cuando era primavera!

HACENDERA EN SARNAGO

A la vuelta de Soria, un viaje breve y ritual con el cielo llorando a lágrima viva, los prados verdes y los robles del monte aún desnudos, me encuentro con carta de Sarnago. José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación de Amigos del pueblo, me invita a participar en una “hacendera”. Se trata de juntarse todos para continuar con los arreglos del edificio de la escuela, en la plaza, justo enfrente de la casa donde nací. Encima de la antigua escuela está la casa del maestro, convertida en Museo Etnográfico y, pared con pared, la vieja Sala de Concejo. En el portal, donde en los días lluviosos o del crudo invierno jugábamos en el recreo a las pitas -”¡amo ruche!”- o a las cuatro esquinas, descansan las dos campanas de la torre derruida. La “hacendera” o trabajo comunitario se llevará a cabo los días 14 y 28 de este mes, y todos los que se acerquen compartirán después una paella, un jarro de vino y acaso unas migas del pastor. A la primera “hacendera” en octubre acudieron unas cincuenta personas. “Cada uno -me dice José Mari- hace lo que está en su mano para que este pueblo no muera”. ¿Alguien ofrece una receta mejor en estos tiempos insolidarios, de crisis y de bestial individualismo?

Cansados de esperar, como quien oye llover, a que fueran las Administraciones Públicas las que ayudaran en este meritorio impulso regenerador de un pueblo deshabitado, que no se resigna a morir, las gentes del pueblo -viejos y jóvenes- se ponen a la tarea. Recogen así además una antigua tradición muy arraigada en los pueblos de las Tierras Altas y supongo que en otras regiones de Castilla, en las que convivían armoniosamente la economía familiar y la colectiva. Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es precisamente la estampa alegre de los trabajos en común. Estoy viéndolos. El alguacil echaba un bando y se iba de caminos una mañana de domingo; los hombres partían -en el pueblo todas las calles dan al campo- con las azadas, palas y rastrillos al hombro. Un día de otoño salían las yuntas arrastrando ruidosamente los arados romanos a labrar las rozas y a sembrar el centeno comunitario. Los perros ladraban a su paso. Y era de ver el espectáculo de las mismas yuntas sobre el terreno entre el griterío y los juramentos de los labradores o, mucho más divertido, trillando después en el ejido la cosecha común al final de verano con todo el vecindario presente. Pero quizás el recuerdo más vivo y perdurable sea el sonido seco de las hachas el día de la corta de la leña en la dehesa.

Esta vez la “hacendera” tiene un alcance mayor, que me parece oportuno airear como se merece. Continúa la carta: “Una de las finalidades de adecentar todas las estancias es que la gente de Sarnago y otros pueblos (Acrijos, Fuentebella, Valdenegrillos, etc.), sean socios o no, tengan un lugar donde puedan juntarse, para hacer una comida, tomar un café, etc. Que bien podría ser un centro de acogida de los pueblos deshabitados y convertir a Sarnago en el pueblo de referencia de todos ellos”. Ahí queda la propuesta, que me parece que no hay que echar en saco roto. Es mucho más que un gesto de hospitalidad, tan propio de estas tierras. Y es que es admirable el movimiento de solidaridad que se observa entre los supervivientes de los pueblos muertos o agonizantes. Siempre los pobres han sido más solidarios y hospitalarios que los ricos. La carta de José Mari Carrascosa concluye: “Un pueblo no debe ser sólo sus edificios, sino también su historia, sus recuerdos, su literatura y, por supuesto, su gente”. No puedo estar más de acuerdo. ¡A remangarse tocan! Se empieza por la “hacendera”. ¡Ánimo!  Andando se hacen caminos entre todos en la tierra deshabitada.

A Sara, en su cumpleaños