HACENDERA EN SARNAGO

por elcantodelcuco

A la vuelta de Soria, un viaje breve y ritual con el cielo llorando a lágrima viva, los prados verdes y los robles del monte aún desnudos, me encuentro con carta de Sarnago. José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación de Amigos del pueblo, me invita a participar en una “hacendera”. Se trata de juntarse todos para continuar con los arreglos del edificio de la escuela, en la plaza, justo enfrente de la casa donde nací. Encima de la antigua escuela está la casa del maestro, convertida en Museo Etnográfico y, pared con pared, la vieja Sala de Concejo. En el portal, donde en los días lluviosos o del crudo invierno jugábamos en el recreo a las pitas -”¡amo ruche!”- o a las cuatro esquinas, descansan las dos campanas de la torre derruida. La “hacendera” o trabajo comunitario se llevará a cabo los días 14 y 28 de este mes, y todos los que se acerquen compartirán después una paella, un jarro de vino y acaso unas migas del pastor. A la primera “hacendera” en octubre acudieron unas cincuenta personas. “Cada uno -me dice José Mari- hace lo que está en su mano para que este pueblo no muera”. ¿Alguien ofrece una receta mejor en estos tiempos insolidarios, de crisis y de bestial individualismo?

Cansados de esperar, como quien oye llover, a que fueran las Administraciones Públicas las que ayudaran en este meritorio impulso regenerador de un pueblo deshabitado, que no se resigna a morir, las gentes del pueblo -viejos y jóvenes- se ponen a la tarea. Recogen así además una antigua tradición muy arraigada en los pueblos de las Tierras Altas y supongo que en otras regiones de Castilla, en las que convivían armoniosamente la economía familiar y la colectiva. Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es precisamente la estampa alegre de los trabajos en común. Estoy viéndolos. El alguacil echaba un bando y se iba de caminos una mañana de domingo; los hombres partían -en el pueblo todas las calles dan al campo- con las azadas, palas y rastrillos al hombro. Un día de otoño salían las yuntas arrastrando ruidosamente los arados romanos a labrar las rozas y a sembrar el centeno comunitario. Los perros ladraban a su paso. Y era de ver el espectáculo de las mismas yuntas sobre el terreno entre el griterío y los juramentos de los labradores o, mucho más divertido, trillando después en el ejido la cosecha común al final de verano con todo el vecindario presente. Pero quizás el recuerdo más vivo y perdurable sea el sonido seco de las hachas el día de la corta de la leña en la dehesa.

Esta vez la “hacendera” tiene un alcance mayor, que me parece oportuno airear como se merece. Continúa la carta: “Una de las finalidades de adecentar todas las estancias es que la gente de Sarnago y otros pueblos (Acrijos, Fuentebella, Valdenegrillos, etc.), sean socios o no, tengan un lugar donde puedan juntarse, para hacer una comida, tomar un café, etc. Que bien podría ser un centro de acogida de los pueblos deshabitados y convertir a Sarnago en el pueblo de referencia de todos ellos”. Ahí queda la propuesta, que me parece que no hay que echar en saco roto. Es mucho más que un gesto de hospitalidad, tan propio de estas tierras. Y es que es admirable el movimiento de solidaridad que se observa entre los supervivientes de los pueblos muertos o agonizantes. Siempre los pobres han sido más solidarios y hospitalarios que los ricos. La carta de José Mari Carrascosa concluye: “Un pueblo no debe ser sólo sus edificios, sino también su historia, sus recuerdos, su literatura y, por supuesto, su gente”. No puedo estar más de acuerdo. ¡A remangarse tocan! Se empieza por la “hacendera”. ¡Ánimo!  Andando se hacen caminos entre todos en la tierra deshabitada.

A Sara, en su cumpleaños

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