CUANDO ERA PRIMAVERA

por elcantodelcuco

Se adelantan los relojes y se retrasa la noche. Es la consagración de la primavera. Eso, oficialmente. Pero hace tiempo que en las Tierras Altas de la Alcarama están los relojes parados, lo que no es ninguna novedad. En realidad, parece que, con los tiempos que corren, es la hora de España la que se retrasa peligrosamente, justo cuando creíamos que habíamos salido definitivamente de la larga noche y había llegado nuestra hora. Basta asomarse a la calle de la ciudad para darse cuenta, oyendo los gritos de protesta, recorriendo las colas de parados y observando la desesperación de los escraches, que seguimos sumergidos en el invierno. Y sobre los pueblos, por si no fuera bastante el abandono sufrido y la decadencia, se cierne la amenaza de una siniestra reforma municipal y espesa, como una nube negra de tormenta. Pero hay más. Toda Europa, especialmente la luminosa Europa del sur, la más humana y creativa, aparace sometida resignadamente, como los condenados a muerte en los campos de concentración de antaño, a la hora alemana que marca con implacabilidad prusiana el reloj de pulsera de la señora Merkel y el electrónico del Bundesbank. Ni siquiera nos dan vela en este entierro de Europa.

Por si fuera poco, aquí dentro, al acercarse el aniversario de la azarosa y convulsa República, a algunos desesperados o nostálgicos y a muchos inconscientes no se les ocurre nada mejor que proponer retrasar la hora de España ochenta años. Con este propósito hacen horas extraordinarias en las redes sociales para atraer incautos a su causa perdida. Otros, desde la periferia, aprovechan el desconcierto y las apreturas para mandar a España a hacer puñetas sin que se les caiga la cara de vergüenza. Ese es el panorama. Así es difícil que cante el cuco ni en Sarnago ni en ninguna parte anunciando por fin la primavera. Nadie ha dado hasta ahora noticia de lo contrario. Nadie ha oído aún, que se sepa, el alegre cu-cu por Bajorente o por el Prado de Los Rebollos. Y menos que nadie, Rajoy, Guindos, Rubalcaba o Cayo Lara: cuatro patas para un banco. Y ya se sabe:

Si el cuco no canta

el 15 de abril,

es que está malito

o se va a morir

El otro día vi en Valdeavellano las dos primeras golondrinas. Habían llegado sin duda a inspeccionar el terreno -en realidad el aire- con la nieve de la Cebollera aún de fondo. Me alegré al verlas. Por fin, un signo de esperanza. Dos adelantadas o precursoras, comisionadas por el bando, pensé. Pero fue una visión fugaz. El cortante frio de la sierra y la constante lluvia, a ratos aguanieve, no proporcionaban un ambiente muy acogedor. Por más que las busqué con la mirada en los días siguientes, no las volví a ver. ¿O vendrían, siendo Viernes Santo, como creía mi abuela Bibiana, a arrancar las espinas de la frente del Crucificado? Eché también en falta el bullicio de los gorriones. Hace no tantos años los nidos estaban ya rebosando por estas fechas. Ni siquiera con la llegada del papa Francisco hay revuelo de pájaros en el viejo tejado de la iglesia, ni palomas en el campanar, como en aquellas primaveras. Desde que no hay ganado ni caballerías, hasta los gorriones abandonan los pueblos, siguiendo a los funcionarios. Hacen lo mismo las urracas, según me dicen, unas aves muy inteligentes, con fama de ladronas -algo que concuerda perfectamente con lo que se lleva hoy en España y se ha llevado siempre- y a las que les gusta la conseja y la posmodernidad. Se han trasladado a las lujosas urbanizaciones de la periferia de la ciudad. “Pares cum paribus facilime congregantur”. O sea, los iguales con los iguales, etcétera, ¿no, profesor Tejerina? Sólo las tordas, aunque estén los huertos llecos, y las cigüeñas mantienen la fidelidad. Y en Sarnago, adonde no han llegado nunca las cigüeñas, supongo que las humildes cuyalbas, las mismas de mi infancia, que se resisten a abandonar las paredes semiderruidas de las eras abandonadas. Del aire azul de los campos con los sembrados ya nacidos y de los montes oscuros se enseñorean los buitres y las aves de rapiña, otra buena metáfora de nuestro tiempo.

Habrá que esperar. Y seguir soñando. Pronto saldremos de esta y cantarán los pájaros. Y todos los relojes marcarán otra vez la hora de España. Mientras tanto, nos queda recordar y amar la tierra, los pueblos, los pájaros y a nuestros semejantes, sabiendo que los recuerdos, lo mismo que el amor, trascienden el tiempo, lo aceleran y le dan cumplimiento. Lo dijo Emilio Prados, que lleva muerto medio siglo exacto:

Cuando era primavera en España:

junto a la orilla de los ríos

las grandes mariposas de la luna

fecundaban los cuerpos desnudos

de las muchachas,

y los nardos crecían silenciosos

dentro del corazón

hasta taparnos la garganta…

¡Cuando era primavera!

(…)

Cuando era primavera en España:

todos los hombres desnudaban su muerte

y se tendían juntos sobre la tierra

hasta olvidarse del tiempo

y el corazón tan débil por el que ardían…

¡Cuando era primavera!

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