BUITRES CON PASAPORTE ALEMÁN EN LOS CIELOS DEL SUR

por elcantodelcuco

Leer la prensa en España o ver el telediario es llorar. En la calle aumenta la crispación. El Fondo Monetario Internacional, sala de máquinas del presente capitalismo, echa leña al fuego. ¡Más madera! En la Red sube el olor de los insultos hasta la náusea. El ambiente empieza a ser irrespirable. Sigue el alegre botellón nocturno. El aire huele a podrido. Nos perdemos en batallitas de unos contra otros sin darnos cuenta de que estamos en guerra. Es una guerra no convencional, claro. El dinero sustituye a los cañones. Pero los efectos son igual de demoledores: destrucción, hambre, desahucios, desesperación. ¡Guerra económica, la llaman! Como si las otras no lo fueran. Los buitres del Norte, con pasaporte alemán -¡otra vez, Dios mio!- trazan círculos concéntricos en torno a la presa indefensa, como entonces en Guernica aquellos siniestros buitres metálicos con la esvástica en la panza. El Sur deudor está de rodillas ante el poderoso Norte acreedor, el mismo que se lucró de nuestra burbuja inmobiliaria, de planes Marshall y de otras burbujas inconfesables. Nos tienen cogidos por donde más duele y nos advierten que si nos quejamos será peor. La troika inquisidora nos aprieta más y más en el interminable potro de tortura. Nos dejarán en pelota. Nos cubrirán de ignominia. ¿Hasta cuándo?

Falta un Goya -el de los fusilamientos- o un Picasso para dejar perenne constancia de la tremenda escena. Habrá que empezar por el llanto de Europa que resuena ya junto a las ruinas del Partenón, sobrevoladas por los mismos buitres. Un lector de “El País”, Andrés Acosta, en una carta al director glosa hoy, sin ir más lejos, un artículo estremecedor del economista griego Yanis Varoufakis, titulado Grecia ha muerto. Lo peor es que muere entre la indiferencia general. “No se quieren reconocer -dice Andrés- los inmensos errores cometidos por la troika”. ¿Errores? “La pobreza allí es extrema. Hay hambre, enfermedades infecciosas, que se creían erradicadas, sarna, derrumbe social”… ¿Estamos resignados también nosotros a vernos pronto en el mismo espejo?

O acaso nos falte un Unamuno, que sacuda la modorra y las conciencias.

Observando la desesperación de muchos y viendo que a un loco con barretina– esto solo puede ser cosa de locura-, se le ocurre, en estas circunstancias, proponer la independencia de Cataluña, y a otros desaforados, con la que está cayendo, dedicarse a apedrear la Corona, pieza clave de estabilidad, aun estando algo deslucida, y principal agarradero en medio de la tempestad, aireando banderas tricolores anticonstitucionales y volviendo a las andadas, me he acordado del “formidable puercoespín que es Unamuno”, al que visitó en Salamanca el escritor griego Nikos Kazantzakis -uno de los intelectuales europeos más respetados de la época- en el otoño de 1936 en plena guerra civil, unos meses antes de la muerte de don Miguel, ocurrida el día 31 de diciembre de ese mismo año, víctima de la tristeza. Así que se trata de un testimonio valiosísimo, casi póstumo, en otras circunstancias dramáticas de España y de Europa. Kazantzakis quería conocer de primer mano la opinión de Unamuno sobre lo que estaba pasando en España, laboratorio para lo que vendría en Europa. (Históricamente nos han utilizado siempre como experimento, como conejillo de Indias, las potencias de arriba). “Los álamos están dorados, tres grandes cipreses, inmóviles, levantan sus siluetas negras en el crepúsculo de fuego”. Es el paisaje de otoño de la espera antes de llamar a la puerta del gran intelectual español. No me resisto a transcribir la continuación del relato, el encuentro entre el español y el griego. ¿Qué dirían hoy los dos?

Se me hace entrar en una habitación larga, estrecha y desnuda. Pocos libros, dos grandes mesas. Dos paisajes románticos en las paredes; grandes ventanas, luz abundante. Un libro inglés se halla abierto en el escritorio. Oigo, procedente del fondo del corredor, los pasos de Unamuno, que se aproxima. Un paso cansado, arrastrado, un paso de anciano. ¿En dónde están las grandes pisadas, la juvenil agilidad de su paso que admiré en Madrid hace apenas algunos años? Cuando la puerta se abre veo a Unamuno súbitamente envejecido, literalmente hundido, y ya encorvado por la edad. Pero su mirada sigue brillante, vigilante, móvil y violenta como la de un torero. No tengo tiempo de abrir la boca cuando él ya se arroja a la plaza:

-Estoy desesperado -exclama cerrando los puños-. ¿Usted piensa sin duda que los españoles luchan y se matan, queman las iglesias o dicen misas, agitan la bandera roja o el estandarte de Cristo porque creen en algo? ¿Que la mitad cree en la religión de Cristo y la otra mitad en la de Lenin? ¡No! ¡No! Escuche bien, ponga atención a lo que voy a decirle. Todo esto sucede porque los españoles no creen en nada. ¡En nada! ¡En nada! Están desesperados. Ningún otro idioma del mundo posee esta palabra. El desesperado es el que ha perdido toda esperanza, el que ya no cree en nada y que, privado de fe, es presa de la rabia.

Unamuno se calla un momento y mira por la ventana.

-¿En Grecia qué hacen ustedes? -pregunta. Pero, sin aguardar mi contestación, se arroja de nuevo a la plaza:

-El pueblo español está enloquecido -continúa-. Y no sólo el pueblo español, sino quizá el mundo entero. ¿Por qué? Porque el nivel intelectual de la juventud en todo el mundo ha descendido. Los jóvenes no se limitan a menospreciar el espíritu, sino que lo odian. El odio al espíritu: he aquí lo que caracteriza a toda la nueva generación. Les agrada el deporte, la acción, la guerra, la lucha de clases. ¿Por qué? Porque odian el espíritu. Yo conozco a los jóvenes de hoy, a los jóvenes modernos. Odian el espíritu.

(Lejos de mí, don Miguel de Unamuno, la osadía de contradecirle. No sé si la juventud actual sigue odiando el espíritu. Puede que sea así. Lo que parece claro es que los intelectuales están apesebrados en esta hora difícil y han perdido la voz y la autoridad moral. Ya no hay guías espirituales. Los medios de comunicación han dejado de ser el intelectual colectivo, que decía Aranguren. La nueva generación está perdida. Es una generación perdida. Y, desde luego, desesperada. En esto le doy toda la razón. ¡Desesperada! Por si le sirve de mínimo consuelo, le diré que hay miles de jóvenes indignados que han reaccionado y han salido pacíficamente a la calle. Otros, no tanto. Tampoco faltan los descerebrados. Asómese a los foros de las redes sociales para comprobarlo. ¿Acaso porque, como usted dice, siguen odiando el espíritu? Yo no los culparía. Más bien parecen víctimas. Y los buitres con pasaporte alemán siguen volando, mientras tanto, cada vez más bajo, sobre sus cabezas y trazan círculos concéntricos encima del Partenón y en los cielos del Sur)

Anuncios