EL JUEGO-PELOTA

por elcantodelcuco

Con el buen tiempo acudían, ardorosos, los jugadores la tarde del domingo. Llevaban camisa blanca, con los brazos remangados y calzaban alpargatas de Cervera o de Arnedo. En torno suyo se iba cerrando un círculo expectante formado por chicos y grandes mientras ellos botaban ceremoniosamente la pelota, fabricada en casa con tripas de gato, lana de las ovejas y badana de cabrito. La expectación subía si competían solteros contra casados. Era el único momento de sus vidas en que aquellos hombres salían de la rutina y del silencio pardo de la tierra y se sentían protagonistas, dignos de admiración. Todo el mundo convenía en que esto era cosa de hombres. Las mujeres presentes se contaban con los dedos de una mano. Si acaso curioseaban, con la cara arrebolada, desde atrás, entre la gente, la novia de uno o la que aspiraba a serlo, o con menos frecuencia se dejaban caer un rato entre el personal la hermana o la hija de este o el otro de los protagonistas. Entre la concurrencia, en partidos de especial trascendencia, no faltaban los ancianos, con su boina nueva, su chaqueta de pana y su cachava, sentados en los poyos en lugar preferente, que se erigían en jueces implacables de las jugadas dudosas. Compartían con el vecino la petaca y los recuerdos de otros tiempos, cuando aún tenían cuajo y les aguantaba el resuello, cuando respondían las piernas y el corazón. Entonces, antes del maldito reúma, eran ellos los que ocupaban, admirados por todos, el centro del juego-pelota. “¡Qué partido, aquel! ¿Te acuerdas? ¡Cuando les ganamos un cabrito a aquellos jaques y bocaranes de tierra Agreda!” “¡Cómo no me voy a acordar!”. Y de pronto sus ojillos apagados chispeaban recordando las dulces hazañas de la juventud.

En Sarnago el juego-pelota era el frontón de la iglesia, coronado por las campanas y la veleta. Durante muchos años fue abriéndose poco a poco una profunda recliz en la que anidaban los ocetes bajo la campana grande. Hasta que un día el paretón se derrumbó y arrastró al campanar y las campanas. Nunca se le llamó allí “juego de pelota” o “juego de la pelota”, que habría sonado a cursilada imperdonable; el frontón era el juego-pelota simplemente, sin preposición ni más adornos. En mi infancia era el deporte-rey de aquella tierra. Allí pasábamos los niños, jugando a la pelota, las horas muertas, antes de que llegara el fútbol e improvisáramos campos en las eras o en el ejido con piedras como coseras sirviendo de porterías. Durante siglos el noble deporte de la pelota fue integrante esencial de la cultura rural, y el frontón o juego-pelota, elemento imprescindible de esa cultura ahora desfalleciente. Frontones quedan en los pueblos que son  vestigio primero de la arquitectura civil. Lo mismo que no había pueblo sin iglesia, sin fuente o sin escuela, no podía faltar en ninguno el juego-pelota, construído con piedra bien labrada y pulida, con su correspondiente trinquete a la izquierda, o de forma mucho más rudimentaria, aprovechando, como en mi pueblo, el paretón soleado de la iglesia.

Este antiquísimo deporte, legado cultural vasco, -no faltan los que piensan que el euskera es la lengua original de los iberos- fue extendiéndose por la península y se afincó en frontones de Navarra, la Rioja, Castilla, Aragón y Valencia, sin olvidar Madrid, que llegó a ser capital mundial del deporte de la pelota. Y desde España saltó a América. Dicen que Felipe el Hermoso, el marido de doña Juana de Castilla, llamada “la Loca” sin demasiado fundamento hasta el luctuoso suceso, murió por beber agua fria después de un partido de pelota en Burgos. ¡Vaya usted a saber! En la capital de España el deporte de la pelota adquirió especial esplendor, impulsado por la rica burguesía industrial y comercial vasca. Se construyeron verdaderas joyas arquitectónicas, como el legendario frontón de Recoletos, el Jai Alai o el Beti Jai, un día tan populares y sucumbidos al fin por la desidia municipal y otras desidias. Los más viejos del lugar aún guardan los nombres de legendarios pelotaris de cesta-punta madrileños. Recuerdo que una de mis primeras salidas nocturnas cuando llegué del pueblo a Madrid con mi maleta de madera fue para asistir, creo que en el Beti Jai, hoy arrumbado, a un vibrante partido de cesta-punta, que no pudo concluirse porque uno de los jugadores cayó fulminado por un pelotazo involuntario de su contrincante, que le alcanzó en la cabeza. No parece que sea pedir la luna exigir que el noble, popular y mítico deporte de la pelota sea, por fin, olímpico, si Madrid consigue los anhelados Juegos. Tal vez así, con ese impulso, conseguiríamos salvar este vestigio de la cultura rural, que decae a ojos vista como los pueblos. Los recios frontones aún en pie son profanados por las blandas pelotas de tenis impulsadas por los señoritos que llegan de la ciudad a pasar las vacaciones portando ligeras raquetas reglamentarias en sus delicadas manos. O, peor aún, se convierten en espacios solitarios y sucios, que lucen en su frontispicio, como humano vestigio de otros tiempos, con letras grandes, ya un tanto desvaídas: “¡Vivan los quintos del 68!”.

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