El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: mayo, 2013

ESPAÑA, EN VENTA

Neil Christi es un hombre de mediana edad, mediano de estatura, de clase media y medianamente calvo. Pudiera parecer una medianía. Nada en su figura nos invitaría a ocuparnos de él si no fuera porque es inglés y ha comprado en Galicia una aldea completa, que llevaba tiempo abandonada. La aldea se llama Arruña. A Neil se le ve caminando por un camino que sale del pueblo y que traspone bordeando una montaña verde. El terreno es abrupto y la aldea que ha comprado el inglés está compuesta por cuatro casas de piedra. La hiedra trepa por las lajas de las paredes. Es imposible no sentir contemplando la escena el clamor del silencio y de la soledad, tanto como adivinar una paz telúrica, húmeda y apabullante. Un día Neil Christi, agotado por el trabajo estresante de la oficina en Inglaterra, decidió cambiar radicalmente de vida. Compró Arruña por cuarenta mil euros, una ganga, y se vino con Rosa, su mujer, y sus dos hijos a este rincón perdido de España. Invirtió algo menos de 164.000 euros en arreglos y rehizo los cuatro edificios de los que es propietario y que estaban en ruinas. Dice que salvo el té de las cinco no echa en falta nada. “Aquí no hay contaminación, el aire es limpio y el agua, clara”.

Es sólo un ejemplo. No es la primera vez que El canto del cuco se ocupa de esto. Hay en España -recordemos- unos tres mil pueblos abandonados, una prueba reveladora, por si alguien lo dudaba, de la decadencia y muerte de la milenaria cultura rural. No sólo las Tierras Altas de Soria, sino media España, la mitad norte, por donde acostumbran a circular las borrascas meteorológicas, se convierte, poco a poco, en un cementerio de pueblos. Los carroñeros inmobiliarios han olido el negocio. Ahora mismo tienen en sus carteras quinientas aldeas en venta, con precios para todos los bolsillos: desde 54.000 a 384.000 euros, que piden por El Costal. Pepe Rodil, socio de una de estas inmobiliarias, destaca el lado positivo del negocio: “Estoy feliz de ver renacer a los pueblos que estaban en ruinas. Los extranjeros están llenando el vacío”. Al menos, están aprovechando la ganga -¡un pueblo entero por menos de lo que vale un piso!-, convencidos de que España está en venta. El 80 por ciento de los compradores son, en efecto, extranjeros, y un tercio de ellos, ingleses. Muchos son parejas de clase media, de mediana edad, como Neil y Rosa, que buscan un lugar tranquilo dende retirarse a vivir medianamente bien. Pero cada día asoman la oreja más especuladores. Falta poco, según me dicen, para que irrumpan rusos y chinos en avalancha a comprar pueblos y tierras, que son valores de futuro. (Vengo de una escapada al mar, a mi lugar acostumbrado de Campoamor, al sur de Alicante, y he observado en la playa un hecho nuevo: junto a los jubilados ingleses y las rubias y orondas alemanas con las primas de riesgo al aire, abundaban por primera vez los rusos. Junto a la cerveza aumenta en España el consumo de vodka).

El futuro de los pueblos que quedan en pie -iba a decir el futuro de España- está en juego, sin exagerar, si sigue adelante la reforma de la Administración Local que prepara el Gobierno. Peligran la democracia y la autonomía municipal. Miles de municipios -sobre todo, los pequeños- pueden ser barridos del mapa para disfrute de especuladores extranjeros, como barría cientos de estrellas de una vez la cola del dragón del Apocalipsis. El partido gubernamental, que aún tiene la sartén por el mango, ha impedido con sus votos y su veto en la Federación de Municipios que se reunieran en Madrid, en una asamblea histórica, cientos de alcaldes, puede que miles, de toda España para debatir democráticamente sobre la malhadada reforma. Habría estado bien. La democracia municipal es la única que ha resistido en España el paso del tiempo desde los comuneros, la única que supera la prueba del algodón. ¡Qué contraste con los de Sarnago, los de mi pueblo, que han seguido con la hacendera, reconstruyendo lo que se pueda con sus propias manos, sin ayuda de nadie! En fin, no me hagan caso, hagan caso a León Felipe: “Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros”.

MAYO

Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor

Por mayo adelantado cantaban ya las codornices en los trigales de Sarnago. Don Joaquín, el maestro manco, sacaba la red verde del armario y, al terminar la escuela, sin quitarse el guardapolvo gris, salía por la calleja de las eras con el reclamo en la mano a probar suerte en las piezas del Collado. Nosotros, sus alumnos, animados por su ejemplo de cazador furtivo, soñábamos con irnos de nidos y aprovechábamos el recreo de media mañana para dar una vuelta a las paraderas del salegar. Solían caer bajo la implacable losa de la ingeniosa trampa inocentes pardillos del pecho colorado, verdecillos que llamábamos perdiguines y cardelinas o colorines del canto de cristal. Poco importaba que las hembras murieran despachurradas con los huevos dentro aún de sus entrañas, dispuestos para el nido. ¡Un crimen en primavera, una barbarie, que entonces nos parecía un entretenimiento completamente inocente! Como se ve, la inocencia va por barrios y por épocas.

El sol de mediodía caía a plomo sobre las austeras Tierras Altas, cubiertas milagrosa y -¡ay!- pasajeramente de un verde lujurioso. El monte había despertado ya tras el oscuro letargo invernal. Por las veredas olía a flor de estrepa, aún en mocollo, y a sabino, y el cuco cantaba alegre y desenfadado por la cañada y los prados. La señal de que apretaba el calor, además de la nube de moscas que lo invadía todo y que relevaban a las “moscas blancas” del invierno, es que las ovejas se apiñaban amodorradas para la siesta, bien apretadas unas con otras, a la sombra de los robles en la entrada de la Mata o en lo bajero de cualquier ribazo, al pie de un calambrujo o de un bizcobo. Se notaba a la legua que la lana les abrumaba. La piara andaba pesadamente, y no tardaría mucho en llegar el día del esquilo. Los esquiladores – estoy viendo al tio Patricio con el cuerpo doblado- sacaban los vellones enteros, con verdadero arte, a punta de tijera en el portal de la casa y luego marcaban el costillar de las recién esquiladas con pez hirviendo. A las corderas les cortaban además el rabo. Los rabos de las corderas eran para nosotros, los niños, un festín largamente esperado. Del esquilo salían las pobres ovejas, cuando les desataban las patas y quedaban al fin libres de las garras del esquilador -los pantalones de éste brillaban por la grasa de la lana- corriendo desconcertadas, como perdidas, mucho más ágiles y, me parecía a mí, con sensación de desnudez, como deben de sentirse las modelos de ropa interior en la pasarela.

A estas alturas de finales de mayo recuas de caballerías andan por el camino de las huertas cargadas de serones de ciemo. Es la hora de los hortelanos. Baja crecido y cantarín el rio entre los chopos y las mimbreras. Cantan las torcaces en celo. Los lunes llegan puntuales a la plaza con sus machos cargados de manojos de plantas de berza, de lechuguino y cebollino, los coleteros de Aguilar del Río Alhama, camino del mercado de San Pedro. Con el buen tiempo no tardará en sonar por las esquinas el chiflo del capador francés o del afilador, perfectamente discernibles uno del otro. Al caer la tarde los segadores pican el dalle con el martillo y el yunco en la puerta de la casa. A finales de mayo o principios de junio espera ya al dalle la olorosa hierba de los prados y la esparceta en flor. Son los preámbulos amables de la cosecha.

Antes llega la fiesta. Las tres mozas de la móndida se aprenden estos días de memoria sus romances medievales que recitarán en la plaza. Y el mozo del ramo se prepara para enarbolar por las calles abriendo la procesión la redonda copa de arce, cortada la víspera en la dehesa y adornada con pañuelos de colores, roscos y rosas. Las calles estarán barridas -cada vecino, su parte-, pasará la música y arriba, en el lugar acostumbrado de la era empedrada, frente a la fuente, el lavadero, el juego-pelota y la iglesia, amanecerá el día de la fiesta con el mayo pingado, símbolo de alegría y fertilidad.

(Por si alguien muestra perplejidad, que escuche bien y que piense. De los recuerdos también se vive. Puede que la vida, en última instancia, sea sólo lo que recordamos)

NOSOTROS, LOS “ISIDROS”

Escribo la tarde de San Isidro. Llueve sobre Madrid. Mala tarde de toros en las Ventas. La fiesta está en decadencia, como la política. Como todo lo demás, según los agoreros. El otro día me invitó a los toros el embajador Pepe Cuenca y había poco más de media entrada. Predominaban los jubilatas, los pantalones vaqueros y las turistas despistadas. El “respetable” se ha convertido en un pequeño mundo aparte, residual, alejado del pueblo. Si no hay emoción ni en los toros, ya me contarán. La plaza no se animó ni cuando El Fandi puso atléticamente sus pares de banderillas, con dos de propina. No sé adónde vamos a llegar. Sólo resiste el fútbol. Hasta el papa Francisco ve la final de la copa del Rey en televisión. A nadie se le ocurre buscar ángeles arando los campos mientras el santo reza, porque no quedan bueyes y apenas queda campo. Lo han ido ocupando urbanizaciones decadentes, modernos edificios de oficinas con el cartel multiplicado de “Se alquila” y gigantescos espacios comerciales -las nuevas catedrales-, casi tan deshabitados como mi pueblo. ¿Harán también huelga los ángeles, solidarizándose con sus encomendados? ¿Con los maestros, los médicos, los del ERE, los del Metro y los de los autobuses de la periferia…? ¿O nos dejarán por imposible? Estaría bien una manifestación silenciosa de ángeles de la guarda tocando campanillas o violines para protestar por el ruido, la inseguridad en las carreteras y en las calles, el botellón, los desahucios, la inseguridad en el empleo, las malas noticias permanentes y, en general, por la creciente estupidez humana.

No es tampoco seguro que queden santos en los tiempos que corren. Lo mismo que es difícil oir en la ciudad, y menos en las urbanizaciones de la periferia, el sonido de las campanas llamando a la oración, a la que tan dado era San Isidro y su mujer, Santa María de la Cabeza. De su único hijo, el que se cayó al pozo y fue sacado milagrosamente, apenas se tienen noticias. La tradición popular le llamó San Illán. Aún se conserva el pozo. Una familia singular y muy cercana a nosotros, los “isidros”, los que hemos venido del campo a la ciudad con el hatillo al hombro y hemos agarrado antes alguna vez con manos sudorosas la esteva del arado romano. Lo mismo que nosotros, Isidro, nuestro patrón, anduvo de aquí para allá, de la ceca a la meca. Tampoco entonces, a comienzos del siglo XII, había mucho trabajo. Trabajó como pocero antes de hacerse labrador. Salió por pies de Madrid, como tantos otros, cuando los almorávides atacaron en 1110 este poblachón manchego. Recaló en Torrelaguna donde siguió trabajando en el campo. Allí conoció a María, que era natural de Uceda (Guadalajara), y se casó con ella. María, una santa, poseía una heredad en su pueblo, apenas unos pegujales, y a Uceda se fueron. Isidro podía, por fin, trabajar su propia tierra. Pero aquello no debía de dar para comer. Así que, fuera por lo que fuere, en 1119 el bueno de Isidro vuelve a Madrid, como jornalero del campo, al servicio de Juan de Vargas. Buscó una vivienda -lo de la vivienda estaba mejor que ahora- junto a la iglesia de San Andrés, donde oía todas las mañanas misa al rayar el alba antes de salir al campo con los bueyes, atravesando el puente de Segovia hasta el otro lado del Manzanares. Dicen que lo poco que ganaba lo daba a los más pobres, y del pan que le quedaba dejaba caer las migas para que comieran las palomas. Cuando murió, en 1130, lo enterraron como pobre de solemnidad en el camposanto de la parroquia de San Andres en una tosca caja de madera sin cepillar. Sus prodigios corrieron de boca en boca y fueron en aumento, así que, ante la insistencia del pueblo llano, cuarenta años después de su muerte fue exhumado su cuerpo, que apareció, ante el asombro general, -y, por lo visto, sigue todavía- incorrupto, y fue trasladado al interior del templo. El rey Alfonso VIII, cuando llegó victorioso a Madrid después de la batalla de las Navas de Tolosa, ordenó trasladar el cuerpo de Isidro a un arca bellamente policromada, donde reposa.

Esta tarde, entre claro y claro, los últimos castizos bailan el chotis en la pradera. Corre de mano en mano la ronda de las rosquillas del santo y del aguardiente. Antes, como Dios manda y al santo labrador no disgusta, los más castizos habrán compartido, en amor y compañía, después de la misa, el cocido madrileño.¡Con la crisis vuelven los garbanzos! “Papá, hoy no como en casa, me voy a la pradera a probar el cocido”, así se ha despedido a mediodía mi hija Sara desde la puerta. ¡Que le vaya bien! Ya nadie se avergüenza de ser de pueblo. Ella, menos. Al contrario. Bendita sea.

Asoma el sol por una rendija azul entre las nubes. Pronto volverá la lluvia. Mala tarde de toros en las Ventas. Aquí acaba este breve relato en homenaje a nuestro santo patrón. ¡Que él nos ayude en la vuelta al pueblo! No sé si es un milagro suyo o una ilusión mia, pero el regreso al pueblo ha comenzado. (El viernes pasado estuve en Soria. En la puerta de la catedral había una esquela mortuoria. Anunciaba la muerte del Zacarías de Valdenegrillos, el último vecino. Seguro que se entiende bien allá arriba con San Isidro y más de un día bajarán juntos a dar una vuelta al huerto. Su pobre viuda, la Romana, quería que lo llevaran a enterrar al pueblo; pero no ha sido posible. Los restos del Zacarías de Valdenegrillos reposan en el cementerio soriano del Espino. “En una tarde azul sube al Espino…” Etc.)

LA ESCARDA

 

Avanzada la primavera, salen las mujeres por los caminos hacia los sembrados. Caminan alegres. No es extraño que se peguen a ellas, si no hay escuela, los niños de la casa, que triscan, inquietos y juguetones, por los ribazos floridos y no se cansan de tirar piedras a los pájaros. Es el trabajo más llevadero del año, casi un recreo, una liberación del luto y del agobio oscuro de la casa. Cubren la cabeza con amplios pañuelos claros y llevan en la mano la azadilla o escardillo. Son las escardadoras. El sol de la mañana va ya alto y ha evaporado la aguada nocturna de los trigales. Con las últimas lluvias el campo es un tapiz y una sinfonía. Prevalecen las distintas gamas de verde, festoneado por la policromía de los ribazos, en los que las distintas flores azules y moradas combinan con el esplendor punzante de las ulagas, el amarillo radiante de los morrenglos, el botón dorado de las tomazas y el rojo pasión de las amapolas. Cantan las calandrias haciendo la torre sobre las esparcetas y los picogordos y verderones, en la rama más alta de los bizcobos y en los espinos de flor blanca;  pasan volando parejas de pardillos camino del salegar, se hacen notar los chochines y trigueros, y no faltará en la vereda el vuelo corto de la uñalarga, buscando el refugio del orillo. Falta poco para que resuene el tortoleo de las codornices en celo y el “coreque” de la perdiz en el ulagar del cabezo. El aire perfumado está poblado de un rumor de insectos y el aleteo de cientos de mariposas.

Cuando lleguen a la pieza, las escardadoras doblarán el espinazo sobre el sembrado y así, encorvadas, haciendo honor a su destino de vida perra e insatisfecha – aún no se ha hecho justicia a las heroicas mujeres del campo- irán recorriendo el sembrado de trigo o de cebada a tajo parejo arrancando y entresacando las malas hierbas: la avena loca, la corregüela, el cardo cabezudo, el borriquero, el lechal y el del cabrero; y, sobre todo, las ababollas, frescas y lozanas, arrancadas a mano, sin ayudarse de la azadilla, y que llevarán después a casa en brazada sobre el delantal para festín de los cerdos. Pero desde que pasó lo que le pasó a la pobre tía Higinia, nuestra vecina, ponen mucho más cuidado en la escarda de las ababollas. Antes miran y tantean con el escardillo. El grito de la mujer se oyó en toda la Solana. Cuando metió la mano bajo la frescura y empuñó la planta, sintió el inesperado alfilerazo en la muñeca, un dolor agudo que le recorrió el cuerpo como un calambre eléctrico, a la vez que sintió en los dedos por un instante el viscoso y frío roce de la piel del animal. No había duda: le había picado una víbora. Le hicieron un torniquete “para que el veneno no llegara al corazón”, eso dijeron, y la bajaron al médico a una legua de camino a lomos de una caballería. Algo parecido le pasó al Velilla en Valdeavellano cuando fue a coger una mata de violetas, y, a pesar de ser médico, aquello se le complicó, el brazo se le puso como un boto y, a corto plazo, le costó la vida. La tía Higinia tuvo más suerte, pero el suceso de la víbora en la ababolla hizo que la escarda en Sarnago fuera a partir de entonces menos alegre y confiada.

Desde que se mecanizó el campo y llegaron los herbicidas, los pesticidas, los plaguicidas y demás venenos, se acabó este amable y poco celebrado rito de la escarda, uno de los momentos más placenteros de mi infancia. Lo recuerdo como la primera salida al encuentro de la cosecha que viene, que muestra ya en esperanza el fruto cierto, como dice fray Luis de León hablando del huerto plantado por sus manos. Era la sonora explosión de vida tras el largo y oscuro invierno. Con la escarda química, que lo contamina todo, se mueren las abejas, apenas hay rumor de insectos, no se ve un pájaro en los trigales y, según acaba de avisar el biólogo Juan Carlos del Moral, “si seguimos así, nos quedamos sin gorriones”. Hace tiempo que han huido de los pueblos deshabitados y ahora amenazan con dejar las ciudades. En Londres, por ejemplo, ya se han quedado sin gorriones, estas avecillas pardas, humildes y familiares. ¿Compensa el progreso estas pérdidas? La guerra química está acabando en el campo con cardelinas, perdiguines, pardillos y verderones, los pájaros de mi niñez. ¡Cuánto mejor sería volver a arar la tierra y a escardar a mano!

Por un momento, perdónenme, he tenido un sueño. He vuelto a ver a las alegres escardadoras por los caminos, entre los trigos, con su pañuelo en la cabeza y el escardillo en la mano. Yo iba con ellas. Y cantaban los pájaros.

DEFENSA DE LAS ABEJAS

De niño vi enjambres colgados, como racimos de oro, de la rama de un árbol. Al sordo zumbido acudía presuroso el tio Quirino, único colmenero del pueblo, que, sin decir palabra, tocaba unas palmas secas, hacía un sahumerio y, por arte de birlibirloque y con infinita paciencia, conseguía al fin meter aquel morgaño perdido e irritado de miles de abejas en el rudimentario vaso de mimbre y masilla con el que enriquecía su humilde colmenar. La adquisición compensaba las numerosas picaduras en sus manos y en su cara, abotargada ya por la pelagra, y de las que no le libraba el viejo saco con el que procuraba cubrirse la cabeza, ni el Santo Oficio que apareciera a caballo. “¡Bah! A fuerza de picaduras, estoy vacunado”, quitaba importancia a su hazaña. Constituía un verdadero arte, este de cazar los enjambres huidos, igual que otros cazan fantasmas o tornados.Y pocos recuerdos más dulces de mi infancia que la experiencia de estrujar los panales con mis propias manos y llenar un barreño de miel de una colmena que habían tenido la ocurrencia de fabricar las abejas en un hueco del paretón del corral de atrás de la casa. Eran tiempos en que al campo no habían llegado los pesticidas ni los herbicidas y el aire se poblaba de insectos y de pájaros.

Comprenderán ahora por qué he sentido alegría -por fin, una buena noticia de Bruselas- cuando me he enterado de que la Comisión Europea, ese enjambre de funcionarios bien pagados, ha atendido la petición popular, suscrita por 360.000 firmas e impulsada por organizaciones ecologistas, y ha decidido, para cabreo de los grandes laboratorios, prohibir durante dos años tres conocidos plaguicidas de la familia de los neonicotinoides, tóxicos para las abejas. La medida está justificada, aunque se resienta algo la producción de maíz, girasol, colza y algodón. Las abejas, esos animalillos prodigiosos, esenciales para el ecosistema y el mantenimiento de la vida en la Tierra, menguan alarmantemente de año en año en Europa, y nadie se ha atrevido hasta ahora a contradecir a Alberto Einstein, que, como se sabe, afirmó tajantemente: “Si las abejas desaparecieran del planeta, al ser humano sólo le quedarían cuatro años de vida”. Por si fuera poco, las abejas proporcionan a las arcas europeas veintidós mil millones de euros al año, que no es moco de pavo. España, sin ir más lejos, produce 33.000 toneladas de miel anuales. ¡Con la falta que hace hoy endulzarnos un poco la vida! No me importa confesar que estoy tomando jalea real, el alimento de la abeja reina, que dicen que es el elixir de la juventud. La tomó mi abuelo Natalio y vivió casi cien años sin dejar de fumar.

No he podido resistirme y picado por la curiosidad me he introducido en la asombrosa “ciudad” de las abejas. Para eso me he valido de esa insustituible fuente de sabiduría que es la Enciclopedia Espasa. Compartiré con todos algunas curiosidades de la organización social de un enjambre, que viene a estar formado por seiscientos a mil zánganos, una reina y entre veinte mil y treinta mil obreras, que llegan a ochenta mil en pleno desarrollo. Estas, con los “espejos” de su vientre producen la cera en forma de escamas, que luego trabajan con los maxilares para construir los panales, esa asombrosa, perfecta, obra arquitectónica. Y luego liban las flores y llenan de miel las celdillas. Si te pica una obrera, el guizque queda dentro de tu cuerpo, y ella, desgarrada por dentro, muere irremediablemente. La reina madre es la única hembra reproductora de la bulliciosa ciudad. Se distingue por la forma de su cabeza y es más grande y más larga que las demás. Una diosa. Es fecundada por los zánganos fuera de la colmena. Efectúa el vuelo de bodas a mediodía, con buen tiempo, un hermoso día de sol, rodeada de los zánganos. Vuela alto, por las altas regiones del aire, durante horas, seguida por sus perseguidores, a los que cansa poniendo a prueba su ardor. Muchos abandonan agotados. La persecución puede durar dias enteros. Los últimos zánganos que resisten, el vencedor o los vencedores, fecundan a la reina y pagan su atrevimiento con la muerte. Luego ella, con el esperma almacenado en su cuerpo, fecunda los huevos a voluntad: de los fecundados nacerán las abejas obreras y de los no fecundados, los zánganos. Cuando hay varias reinas jóvenes, caben dos posibilidades: si la colonia es suficientemente numerosa, una de ellas se va con una parte del enjambre, como los que recogía el tio Quirino en Sarnago con sahumerios y tocando palmas; si no, se desafían y pelean las dos hermanas hasta que una de ellas cae mortalmente herida por el aguijón de la otra. En fin, si la reina muere o desaparece, cuando las obreras se dan cuenta de que la han perdido, suspenden sus trabajos, se olvidan de todo y se van en busca de otra colmena o, desconcertadas, se dejan morir sencillamente.

Todavía, pienso, quedará en las Tierras Altas algún humilde colmenar al abrigo del ribazo cerca de la flor del biércol y del romero. Salgo a mi pequeño jardín. Ha vuelto el sol. Desde el manzano en flor del vecino me llega el dorado rumor alado. Y me acuerdo de la “Oda a la abeja” de Pablo Neruda, sobre todo de aquella estrofa tan apropiada para la tarde del 1º de Mayo en que escribo y que dice así:

Abejas, trabajadoras puras, ojivales obreras, finas, relampagueantes proletarias, perfectas, temerarias milicias que en el combate atacan con aguijón suicida, zumbad, zumbad sobre los dones de la tierra, familia de oro, multitud del viento, sacudid el incendio de las flores, la sed de los estambres, el agudo hilo de olor que reúne los dias, y propagad la miel sobrepasando los continentes húmedos, las islas más lejanas del cielo del Oeste.