NOSOTROS, LOS “ISIDROS”

por elcantodelcuco

Escribo la tarde de San Isidro. Llueve sobre Madrid. Mala tarde de toros en las Ventas. La fiesta está en decadencia, como la política. Como todo lo demás, según los agoreros. El otro día me invitó a los toros el embajador Pepe Cuenca y había poco más de media entrada. Predominaban los jubilatas, los pantalones vaqueros y las turistas despistadas. El “respetable” se ha convertido en un pequeño mundo aparte, residual, alejado del pueblo. Si no hay emoción ni en los toros, ya me contarán. La plaza no se animó ni cuando El Fandi puso atléticamente sus pares de banderillas, con dos de propina. No sé adónde vamos a llegar. Sólo resiste el fútbol. Hasta el papa Francisco ve la final de la copa del Rey en televisión. A nadie se le ocurre buscar ángeles arando los campos mientras el santo reza, porque no quedan bueyes y apenas queda campo. Lo han ido ocupando urbanizaciones decadentes, modernos edificios de oficinas con el cartel multiplicado de “Se alquila” y gigantescos espacios comerciales -las nuevas catedrales-, casi tan deshabitados como mi pueblo. ¿Harán también huelga los ángeles, solidarizándose con sus encomendados? ¿Con los maestros, los médicos, los del ERE, los del Metro y los de los autobuses de la periferia…? ¿O nos dejarán por imposible? Estaría bien una manifestación silenciosa de ángeles de la guarda tocando campanillas o violines para protestar por el ruido, la inseguridad en las carreteras y en las calles, el botellón, los desahucios, la inseguridad en el empleo, las malas noticias permanentes y, en general, por la creciente estupidez humana.

No es tampoco seguro que queden santos en los tiempos que corren. Lo mismo que es difícil oir en la ciudad, y menos en las urbanizaciones de la periferia, el sonido de las campanas llamando a la oración, a la que tan dado era San Isidro y su mujer, Santa María de la Cabeza. De su único hijo, el que se cayó al pozo y fue sacado milagrosamente, apenas se tienen noticias. La tradición popular le llamó San Illán. Aún se conserva el pozo. Una familia singular y muy cercana a nosotros, los “isidros”, los que hemos venido del campo a la ciudad con el hatillo al hombro y hemos agarrado antes alguna vez con manos sudorosas la esteva del arado romano. Lo mismo que nosotros, Isidro, nuestro patrón, anduvo de aquí para allá, de la ceca a la meca. Tampoco entonces, a comienzos del siglo XII, había mucho trabajo. Trabajó como pocero antes de hacerse labrador. Salió por pies de Madrid, como tantos otros, cuando los almorávides atacaron en 1110 este poblachón manchego. Recaló en Torrelaguna donde siguió trabajando en el campo. Allí conoció a María, que era natural de Uceda (Guadalajara), y se casó con ella. María, una santa, poseía una heredad en su pueblo, apenas unos pegujales, y a Uceda se fueron. Isidro podía, por fin, trabajar su propia tierra. Pero aquello no debía de dar para comer. Así que, fuera por lo que fuere, en 1119 el bueno de Isidro vuelve a Madrid, como jornalero del campo, al servicio de Juan de Vargas. Buscó una vivienda -lo de la vivienda estaba mejor que ahora- junto a la iglesia de San Andrés, donde oía todas las mañanas misa al rayar el alba antes de salir al campo con los bueyes, atravesando el puente de Segovia hasta el otro lado del Manzanares. Dicen que lo poco que ganaba lo daba a los más pobres, y del pan que le quedaba dejaba caer las migas para que comieran las palomas. Cuando murió, en 1130, lo enterraron como pobre de solemnidad en el camposanto de la parroquia de San Andres en una tosca caja de madera sin cepillar. Sus prodigios corrieron de boca en boca y fueron en aumento, así que, ante la insistencia del pueblo llano, cuarenta años después de su muerte fue exhumado su cuerpo, que apareció, ante el asombro general, -y, por lo visto, sigue todavía- incorrupto, y fue trasladado al interior del templo. El rey Alfonso VIII, cuando llegó victorioso a Madrid después de la batalla de las Navas de Tolosa, ordenó trasladar el cuerpo de Isidro a un arca bellamente policromada, donde reposa.

Esta tarde, entre claro y claro, los últimos castizos bailan el chotis en la pradera. Corre de mano en mano la ronda de las rosquillas del santo y del aguardiente. Antes, como Dios manda y al santo labrador no disgusta, los más castizos habrán compartido, en amor y compañía, después de la misa, el cocido madrileño.¡Con la crisis vuelven los garbanzos! “Papá, hoy no como en casa, me voy a la pradera a probar el cocido”, así se ha despedido a mediodía mi hija Sara desde la puerta. ¡Que le vaya bien! Ya nadie se avergüenza de ser de pueblo. Ella, menos. Al contrario. Bendita sea.

Asoma el sol por una rendija azul entre las nubes. Pronto volverá la lluvia. Mala tarde de toros en las Ventas. Aquí acaba este breve relato en homenaje a nuestro santo patrón. ¡Que él nos ayude en la vuelta al pueblo! No sé si es un milagro suyo o una ilusión mia, pero el regreso al pueblo ha comenzado. (El viernes pasado estuve en Soria. En la puerta de la catedral había una esquela mortuoria. Anunciaba la muerte del Zacarías de Valdenegrillos, el último vecino. Seguro que se entiende bien allá arriba con San Isidro y más de un día bajarán juntos a dar una vuelta al huerto. Su pobre viuda, la Romana, quería que lo llevaran a enterrar al pueblo; pero no ha sido posible. Los restos del Zacarías de Valdenegrillos reposan en el cementerio soriano del Espino. “En una tarde azul sube al Espino…” Etc.)

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