El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: junio, 2013

CARTA AUSTRALIANA

 

Era la noche de San Juan. Nunca lo olvidaré. En el cielo de Australia brillaba la Cruz del Sur, empalidecida por la gran luna, cuando Jimena se puso de parto. Lejos, muy lejos, en San Pedro Manrique ardía ya la hoguera, al pie de la ermita de la Virgen de la Peña, con troncos de roble bajados de los montes de Sarnago. A las siete menos cuarto de la mañana del día de San Juan en el “Mater Mother’s Hospital” de Brisbane, en el Estado de Queensland -o Tierra de la Reina- nacía Noa, mi nieta, mi reina, motivo principal de este viaje a las antípodas. Ha pesado tres kilos y cien gramos. Es una niña preciosa. No podía elegir un momento más mágico para venir al mundo. Aquí es el solsticio de invierno, claro y plácido, subtropical.

No he podido resistirme y me he puesto a escribiros esta “carta australiana” mientras fuera, en el pequeño jardín de la casa, graznan unos pajarracos negros, como grajos de Hitchcoock, en la copa de las peculiares acacias -aquí casi todo es peculiar- cuya flor dorada es el símbolo de Australia. No andarán lejos los possum, esos animalejos marsupiales con rabo de ardilla y cara de rata que rondan de noche la casa saltando por las palmeras con pie de bambú o por las preciosas palmas de la reina que rodean la pequeña piscina. Los possum tienen más apetito que miramiento, ¡maldita sea!, e impiden que crezca el pequeño huerto plantado por Jimena. Hace un sol rotundo y placentero del que hay que protegerse porque, según dice Jordi, el padre de Noa, la capa de ozono flaquea por estas latitudes, y el aire viene cargado de humedad, que humedece y refresca la noche.

Las primeras impresiones de este gran país, que lleva en sus monedas la efigie de la reina de Inglaterra y que, desde el nacimiento de mi nieta, lo considero también ya un poco mio, es el de un pueblo tranquilo, multiétnico, con muchos rostros orientales, aunque con prevalencia británica, cuidadoso de la naturaleza -uno de sus grandes tesoros- y educado. La educación cívica, erizada, eso sí, de prohibiciones, salta a la vista desde el primer momento: en la calle, donde se conduce por la izquierda, en el hospital, en el supermercado o en la parada del autobús. La gente es amable. Dice la OCDE que es el país de la tierra con mayor calidad de vida y no me extraña. Prácticamente hay pleno empleo. La democracia participativa funciona y a los dirigentes políticos no se les ve divorciados o alejados de las preocupaciones de la gente. He tomado nota, acordándome de Soria y de mis Tierras Altas, de que, por ejemplo, el Gobierno favorece con fuertes incentivos, en busca del equilibrio demográfico, el primer destino de los profesionales jóvenes -maestros, médicos, etcétera- a los pueblos y comarcas más despobladas. Me ha parecido una buena idea.

Por lo demás, aún no hemos salido del Estado de Queensland, conocido como el del sol que brilla, cuya referencia principal es la gran ciudad de Brisbane, epicentro de las artes y de los negocios, con sus rascacielos junto al rio, sus puentes, su noria gigante y su prestigioso campus universitario, al que acuden estudiantes aventajados de posgrado de todo el mundo. En compañía de Pilar, la mejor guía turística, con afán de cultura y curiosidad viajera, es imposible perderse por las ramas ni tumbarse a la bartola. Hemos visitado, casi nada más llegar, el Lone Pine Koala Sanctuary, un verdadero santuario, una especie de zoo abierto y representativo de la fauna australiana: el koala, su animal simbólico, que parece un osito de peluche, de mirada dulce y pelo suave; el saltarín canguro, al que he acariciado con mis manos su áspero pelo mientras pacía en la pradera bajo los eucaliptos -me he enterado de que hay cincuenta especies de canguro, desde los más pequeños, los wallabies, hasta el gigantón rojo, con dos metros de altura-, cuyo afán en la vida es comer, dormir y aparearse; el cucaburra, un pájaro cuyo reclamo es sorprendemente similar a la risa humana; el emu, parecido al avestruz, la segunda ave más grande de la tierra; el demonio de Tasmania, animalillo feo, de aspecto vampiresco por sus dos temibles dientes delanteros; los dingos o perros salvajes, la terrible taipán, que es la serpiente más venenosa del mundo, o el ornitorrinco, rarísima especie animal, mezcla de ave y reptil. La flora australiana no es menos interesante. Aparte del eucalipto, del que se nutren los koalas, del que hay tres mil especies distintas, las acacias, las fantásticas y variadas palmeras, algunas únicas, el árbol del te, el pino ciprés y los manglares, este es el país de las orquídeas, que florecen en los brezales, y me han dicho que el bosque pluvial de Daintree, en el Estado de Qeensland, es el más antiguo de la Tierra con 135 millones de años. El “santuario” de la naturaleza estaba poblado de enjambres de niños con uniforme de color verde-amarillo y graciosos sombreros a juego, que jugaban con los canguros. ¡Una pasada! Mirar alrededor es como viajar al pasado, a un mundo mágico y desconocido.

También hemos subido al mirador de Mont Coot-tha, a 287 metros sobre el nievel del mar en una mañana plácida y clara de principios de invierno, que más parece primavera avanzada. Desde allí hemos contemplado Brisbane, en torno al ancho rio del mismo nombre, que la cruza formando cien meandros como una serpiente de plata. Al fondo se divisa el Océano Pacífico. En este monte, el más alto del lugar, vivieron, según nos cuentan, los aborígenes turball, antes de que fueran confinados aquí arriba los presos ingleses. “Coot-tha” significa miel en lengua nativa, porque aquí recolectaban la miel los aborígenes. Tan dulce como la miel -y no se tome esto como una cursilada- es la inminente llegada de Noa a casa.

 

EL CUCO SE VA LEJOS

El cuco se va a las antípodas. Esto quiere decir que puede que no cante aquí durante una temporada. Eso sí, tomará buena nota de lo que vea y sienta en esta -espero- increible aventura y lo contará -lo cantará- a la vuelta dentro de un mes largo. Lo último que hago, antes de partir por la M-40 hacia Barajas, es despedirme, como persona educada, de todos los que me siguen en este sitio mágico, unos bien conocidos y otros menos, pero que a todos siento como una gran familia cercana, invisible e imprescindible. Es buena ocasión para mostrar mi gratitud sincera y para hacer balance en el descansillo. Esta es la entrada ochenta y dos del blog. Las cincuenta primeras, con algunos afeites, están en manos del editor y espero que aparezcan en las librerías en otoño. De lo que me siento más orgulloso es de que El canto del cuco alcanza en este momento las 33.390 visitas, una cifra abrumadora. Los comentarios son 1.386 y la clasificación de los cinco primeros, teniendo en cuenta los mil más recientes, es, por este orden: José Luis Tejerina, 89, al que he echado en falta estas dos últimas semanas -su silencio es estruendoso-; Chiqui, 85; Mercedes Albizua, 53; EGBE (Javier), 47; y Carlos, 42. Al llegar a las cien entradas, daré la lista completa y el resto de las estadísticas, pero no puedo dejar de mencionar aquí a Pedro, el de la vecina tierra de la Rioja, por su gran sintonía con este blog y su amor a la tierra y los productos naturales.

Digo que me voy a Australia, con una parada en Dubai, donde han crecido rascacielos en el desierto. Este viaje interminable, con horas y horas encerrado en un avión, me ha incitado a pensar que pertenezco a una generación-bisagra o generación-puente. Soy uno de los últimos de esta generación, que ha pasado del arado romano al avión supersónico; del candil, al ordenador. Mi abuela Bibiana ni siquiera creía que la Tierra era redonda. “La Peña Mirrubia -argumentaba- siempre está en el mismo sitio”. Y yo, su nieto, me dispongo a circunvalar el globo terráqueo. En Sarnago, como tengo dicho, ni siquiera se utilizaba la rueda cuando yo era niño. La vida difería poco de la que habían llevado mis antepasados en la Edad Media. Pertenezco a la generación que ha experimentado en su propia carne este salto gigantesco hacia la posmodernidad y la era tecnológica. Creo que gentes como yo tenemos el deber -y casi no hago otra cosa en mis libros y en este blog- por ser los últimos testigos privilegiados de esta experiencia singular, de intentar salvar los despojos valiosos de la civilización que se acaba y dejar constancia de ello. Volando a 11.000 metros de altura, el mundo se empequeñece, se globaliza y las fronteras de los funestos nacionalismos se difuminan.

Vamos a Australia Pilar y yo -todo hay que decirlo para satisfacer curiosidades- porque nos nace allí una nieta, que se llamará Noa (¡vaya nombrecito!, diría mi abuelo Natalio), un nombre bíblico a pesar de todo. Jimena, nuestra hija, según hemos comprobado por skype -otro adelanto increible- está ya en trance de parto. Esperamos que todo vaya bien. Cada vez que viene al mundo un nuevo ser humano se abre una ventana a la esperanza y nace una estrella en el corazón del abuelo. Lo digo completamente en serio. En esto, menos mal, hemos cambiado poco las distintas generaciones. Así que hasta la vuelta si no nos perdemos en el camino, entre los canguros y los koalas y las barreras de coral. ¡Gracias a todos!

EL CUBO DE LA BASURA

 

De entrada, unos cuantos datos para abrir boca o para la náusea: Cada año se tiran a la basura 1.300 millones de toneladas de comida, mientras mil millones de personas en el mundo pasan hambre, muchas de las cuales, sobre todo niños, mueren por falta de una alimentación adecuada. Entre los desperdicios figuran rimeros de toneladas de carne. Producir un kilo de carne consume 16.000 litros de agua por término medio, además de un considerable gasto de energía y otros recursos del suelo. Se calcula que se desaprovecha cada día entre un tercio y la mitad de la producción alimenticia. Basta asomarse a los contenedores de basura cada vez más mastodónticos. Ahora acaba de poner el Ayuntamiento unos gigantescos a la puerta de mi casa, que he logrado alejar, después de una educada negociación, a un espacio menos habitado. ¡Qué diferencia con lo que pasaba en el pueblo cuando yo era niño! Nunca sobraba comida, la cazuela y los platos quedaban limpios como la patena, nunca se tiraba nada; sólo los huesos, bien allegados, para los perros que merodeaban alrededor de la mesa y que lamían en el suelo las migas de pan caídas. Las peladuras de las patatas y los tronchos de las berzas se cocían para los cerdos. El pan era sagrado. Si se caía al suelo un cantero de pan, la abuela Bibiana lo recogía amorosamente y lo besaba. Ni siquiera había cubo de la basura.

Una de las raíces del problema está, por lo visto, en la agroindustria y en las grandes cadenas de distribución. Estas controlan ya en España el 80 por ciento de la venta de alimentos. Se tiende a la homogeneización de los productos. La apariencia es lo que importa. Se tiran, por ejemplo, toneladas de mandarinas en Valencia sólo por su apariencia. Y lo mismo ocurre con las frutas de otras huertas. España es el sexto país de Europa que desperdicia más alimentos. Domina la producción industrial, a base de plaguicidas, que impone la imagen impoluta sobre la calidad. Estas son las leyes del mercado. La producción global de alimentos, que ha puesto al borde de la extinción a veintidós razas ganaderas y a muchos frutales tradicionales -¡ah! aquellas peras de Don Guindo, aquellas manzanas peronas de Aguilar o de Igea, aquellas guindas, aquellas pomas de Villarijo, aquellos higos dulcísimos, aquellas lechugas repicoloteadas, aquellos olorosos tomates de la huerta, los sabores de la infancia…-, supone el 70 por ciento del consumo de agua en el mundo, provoca el 80 por ciento de la deforestación y arroja el 30 por ciento de gases de efecto invernadero. Según la FAO, la mayor parte de la población mundial se alimenta con apenas 150 especies cultivadas y se pierden miles de variedades cada año. La acaparación de tierras, de recursos naturales y de producción de alimentos por unas cuantas poderosísimas multinacionales sin rostro humano es más que una amenaza global.

Por eso este año el Día Mundial del Medio Ambiente, en el que escribo, se fija oportunamente en los alimentos: los que consumimos y los que arrojamos a la basura. Uno tiene serias dudas de que este tipo de celebraciones sirva para cambiar nada. Además, con la crisis no está el horno para bollos. El “primum vivere” se impone a cualquier consideración ecológica. La celebración se diluye de año en año. La prensa y la televisión están en otras cosas. La defensa del ecosistema puede esperar, es la tácita consigna general. Un día nos arrepentiremos. De momento, la muerte de los pueblos ha seguido a la extinción de la agricultura y ganadería tradicionales a raíz de la mecanización del campo. Alguien tiene que volver a montarse en Rocinante y tornar a los caminos a enfrentarse a los molinos de viento y a cuanto malandrín se cruce por medio. Será difícil arreglar tanto entuerto, pero no podemos dejar de intentarlo. He aquí algunos consejos: producir y consumir productos ecológicos, fomentar la agricultura tradicional y la ganadería extensiva, comer preferentemente productos criados cerca, crear cooperativas y asociaciones de consumidores con linea directa del productor al consumidor, ampliar las redes de comercio justo, plantar huertos urbanos -yo he plantado este año tomates y ya están en flor- y, en resumidas cuentas, conjugar la soberanía alimentaria, sin derroches, y la protección del medio ambiente.

Para dar ejemplo, he aquí el menú de la cena de presentación de este Día Mundial del Medio Ambiente, en Nairobi (Kenia) por los altos responsables del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente), organismo de la FAO (Organización para la Agricultura y la Alimentación). Tomen nota: Maíz dulce a la parrilla, lentejas amarillas con tamarindo, tiramisú con toque tropical y especialidades con cáscaras de frutas confitadas. ¿Ustedes gustan?