EL CUCO SE VA LEJOS

por elcantodelcuco

El cuco se va a las antípodas. Esto quiere decir que puede que no cante aquí durante una temporada. Eso sí, tomará buena nota de lo que vea y sienta en esta -espero- increible aventura y lo contará -lo cantará- a la vuelta dentro de un mes largo. Lo último que hago, antes de partir por la M-40 hacia Barajas, es despedirme, como persona educada, de todos los que me siguen en este sitio mágico, unos bien conocidos y otros menos, pero que a todos siento como una gran familia cercana, invisible e imprescindible. Es buena ocasión para mostrar mi gratitud sincera y para hacer balance en el descansillo. Esta es la entrada ochenta y dos del blog. Las cincuenta primeras, con algunos afeites, están en manos del editor y espero que aparezcan en las librerías en otoño. De lo que me siento más orgulloso es de que El canto del cuco alcanza en este momento las 33.390 visitas, una cifra abrumadora. Los comentarios son 1.386 y la clasificación de los cinco primeros, teniendo en cuenta los mil más recientes, es, por este orden: José Luis Tejerina, 89, al que he echado en falta estas dos últimas semanas -su silencio es estruendoso-; Chiqui, 85; Mercedes Albizua, 53; EGBE (Javier), 47; y Carlos, 42. Al llegar a las cien entradas, daré la lista completa y el resto de las estadísticas, pero no puedo dejar de mencionar aquí a Pedro, el de la vecina tierra de la Rioja, por su gran sintonía con este blog y su amor a la tierra y los productos naturales.

Digo que me voy a Australia, con una parada en Dubai, donde han crecido rascacielos en el desierto. Este viaje interminable, con horas y horas encerrado en un avión, me ha incitado a pensar que pertenezco a una generación-bisagra o generación-puente. Soy uno de los últimos de esta generación, que ha pasado del arado romano al avión supersónico; del candil, al ordenador. Mi abuela Bibiana ni siquiera creía que la Tierra era redonda. “La Peña Mirrubia -argumentaba- siempre está en el mismo sitio”. Y yo, su nieto, me dispongo a circunvalar el globo terráqueo. En Sarnago, como tengo dicho, ni siquiera se utilizaba la rueda cuando yo era niño. La vida difería poco de la que habían llevado mis antepasados en la Edad Media. Pertenezco a la generación que ha experimentado en su propia carne este salto gigantesco hacia la posmodernidad y la era tecnológica. Creo que gentes como yo tenemos el deber -y casi no hago otra cosa en mis libros y en este blog- por ser los últimos testigos privilegiados de esta experiencia singular, de intentar salvar los despojos valiosos de la civilización que se acaba y dejar constancia de ello. Volando a 11.000 metros de altura, el mundo se empequeñece, se globaliza y las fronteras de los funestos nacionalismos se difuminan.

Vamos a Australia Pilar y yo -todo hay que decirlo para satisfacer curiosidades- porque nos nace allí una nieta, que se llamará Noa (¡vaya nombrecito!, diría mi abuelo Natalio), un nombre bíblico a pesar de todo. Jimena, nuestra hija, según hemos comprobado por skype -otro adelanto increible- está ya en trance de parto. Esperamos que todo vaya bien. Cada vez que viene al mundo un nuevo ser humano se abre una ventana a la esperanza y nace una estrella en el corazón del abuelo. Lo digo completamente en serio. En esto, menos mal, hemos cambiado poco las distintas generaciones. Así que hasta la vuelta si no nos perdemos en el camino, entre los canguros y los koalas y las barreras de coral. ¡Gracias a todos!

Anuncios