CARTA AUSTRALIANA

por elcantodelcuco

 

Era la noche de San Juan. Nunca lo olvidaré. En el cielo de Australia brillaba la Cruz del Sur, empalidecida por la gran luna, cuando Jimena se puso de parto. Lejos, muy lejos, en San Pedro Manrique ardía ya la hoguera, al pie de la ermita de la Virgen de la Peña, con troncos de roble bajados de los montes de Sarnago. A las siete menos cuarto de la mañana del día de San Juan en el “Mater Mother’s Hospital” de Brisbane, en el Estado de Queensland -o Tierra de la Reina- nacía Noa, mi nieta, mi reina, motivo principal de este viaje a las antípodas. Ha pesado tres kilos y cien gramos. Es una niña preciosa. No podía elegir un momento más mágico para venir al mundo. Aquí es el solsticio de invierno, claro y plácido, subtropical.

No he podido resistirme y me he puesto a escribiros esta “carta australiana” mientras fuera, en el pequeño jardín de la casa, graznan unos pajarracos negros, como grajos de Hitchcoock, en la copa de las peculiares acacias -aquí casi todo es peculiar- cuya flor dorada es el símbolo de Australia. No andarán lejos los possum, esos animalejos marsupiales con rabo de ardilla y cara de rata que rondan de noche la casa saltando por las palmeras con pie de bambú o por las preciosas palmas de la reina que rodean la pequeña piscina. Los possum tienen más apetito que miramiento, ¡maldita sea!, e impiden que crezca el pequeño huerto plantado por Jimena. Hace un sol rotundo y placentero del que hay que protegerse porque, según dice Jordi, el padre de Noa, la capa de ozono flaquea por estas latitudes, y el aire viene cargado de humedad, que humedece y refresca la noche.

Las primeras impresiones de este gran país, que lleva en sus monedas la efigie de la reina de Inglaterra y que, desde el nacimiento de mi nieta, lo considero también ya un poco mio, es el de un pueblo tranquilo, multiétnico, con muchos rostros orientales, aunque con prevalencia británica, cuidadoso de la naturaleza -uno de sus grandes tesoros- y educado. La educación cívica, erizada, eso sí, de prohibiciones, salta a la vista desde el primer momento: en la calle, donde se conduce por la izquierda, en el hospital, en el supermercado o en la parada del autobús. La gente es amable. Dice la OCDE que es el país de la tierra con mayor calidad de vida y no me extraña. Prácticamente hay pleno empleo. La democracia participativa funciona y a los dirigentes políticos no se les ve divorciados o alejados de las preocupaciones de la gente. He tomado nota, acordándome de Soria y de mis Tierras Altas, de que, por ejemplo, el Gobierno favorece con fuertes incentivos, en busca del equilibrio demográfico, el primer destino de los profesionales jóvenes -maestros, médicos, etcétera- a los pueblos y comarcas más despobladas. Me ha parecido una buena idea.

Por lo demás, aún no hemos salido del Estado de Queensland, conocido como el del sol que brilla, cuya referencia principal es la gran ciudad de Brisbane, epicentro de las artes y de los negocios, con sus rascacielos junto al rio, sus puentes, su noria gigante y su prestigioso campus universitario, al que acuden estudiantes aventajados de posgrado de todo el mundo. En compañía de Pilar, la mejor guía turística, con afán de cultura y curiosidad viajera, es imposible perderse por las ramas ni tumbarse a la bartola. Hemos visitado, casi nada más llegar, el Lone Pine Koala Sanctuary, un verdadero santuario, una especie de zoo abierto y representativo de la fauna australiana: el koala, su animal simbólico, que parece un osito de peluche, de mirada dulce y pelo suave; el saltarín canguro, al que he acariciado con mis manos su áspero pelo mientras pacía en la pradera bajo los eucaliptos -me he enterado de que hay cincuenta especies de canguro, desde los más pequeños, los wallabies, hasta el gigantón rojo, con dos metros de altura-, cuyo afán en la vida es comer, dormir y aparearse; el cucaburra, un pájaro cuyo reclamo es sorprendemente similar a la risa humana; el emu, parecido al avestruz, la segunda ave más grande de la tierra; el demonio de Tasmania, animalillo feo, de aspecto vampiresco por sus dos temibles dientes delanteros; los dingos o perros salvajes, la terrible taipán, que es la serpiente más venenosa del mundo, o el ornitorrinco, rarísima especie animal, mezcla de ave y reptil. La flora australiana no es menos interesante. Aparte del eucalipto, del que se nutren los koalas, del que hay tres mil especies distintas, las acacias, las fantásticas y variadas palmeras, algunas únicas, el árbol del te, el pino ciprés y los manglares, este es el país de las orquídeas, que florecen en los brezales, y me han dicho que el bosque pluvial de Daintree, en el Estado de Qeensland, es el más antiguo de la Tierra con 135 millones de años. El “santuario” de la naturaleza estaba poblado de enjambres de niños con uniforme de color verde-amarillo y graciosos sombreros a juego, que jugaban con los canguros. ¡Una pasada! Mirar alrededor es como viajar al pasado, a un mundo mágico y desconocido.

También hemos subido al mirador de Mont Coot-tha, a 287 metros sobre el nievel del mar en una mañana plácida y clara de principios de invierno, que más parece primavera avanzada. Desde allí hemos contemplado Brisbane, en torno al ancho rio del mismo nombre, que la cruza formando cien meandros como una serpiente de plata. Al fondo se divisa el Océano Pacífico. En este monte, el más alto del lugar, vivieron, según nos cuentan, los aborígenes turball, antes de que fueran confinados aquí arriba los presos ingleses. “Coot-tha” significa miel en lengua nativa, porque aquí recolectaban la miel los aborígenes. Tan dulce como la miel -y no se tome esto como una cursilada- es la inminente llegada de Noa a casa.

 

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