El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: julio, 2013

IMPRESIONES DE UN SORIANO EN AUSTRALIA

Sydney fue la última parada. Era domingo a mediodía cuando llegamos al hotel, situado en la zona turística de “Darling Harbour”. Al asomarse a la ventana de la habitación -un gran ventanal que no puede abrirse- el viajero contempló abajo desde la octava planta un precioso jardín chino y enfrente el inmenso y modernísimo Centro de Convenciones. Pero ya desde la ventanilla del avión, a punto de aterrizar, uno veía con claridad que esta gran ciudad, la mayor de Australia, está por todas partes asomada al mar y que la bahía es su plaza mayor o, para entendernos, su alma o su corazón. Sin perder más tiempo que el necesario para reponer fuerzas en un restaurante próximo, con unos rollitos de salmón de Trasmania y una detestable cerveza de grifo, emprendimos la caminata hacia “Circular Quay”. La tarde era soleada y fresca, como un atardecer de agosto en Soria. Atravesamos “Chinatown”, el barrio chino, que aquí no tiene connotaciones negativas, poblado de buenos restaurantes y de preciosas muchachas de rasgos orientales, perfectamente occidentalizadas, y, calle George abajo, llegamos, por fin, al gran balcón circular en torno a la bahía, seguramente uno de los paisajes urbanos más hermosos y visitados del mundo. A la derecha, llama inmediatamente la atención el célebre edificio de la Opera, como un velero varado en la orilla, una de las obras arquitectónicas más conocidas del siglo XX, del danés Jorn Utzon, declarada patrimonio de la humanidad, y a la izquierda el circular y enorme “Harbour Bridge”, el viejo puente, altísimo y de medio kilómetro de largo, que ningún viajero deja de fografiar. Los más atrevidos suben a pasear y contemplar el panorama desde lo más alto de su media circunferencia metálica. Nunca he visto en ningún sitio tantas cámaras fotográficas funcionando a la vez como en “Circular Quay” esta tarde de domingo del plácido invierno australiano.

De allí parten los ferries. Pilar -difícilmente podría encontrar el viajero mejor guía- dio pronto con el embarcadero del velero, que nos llevó de excursión por la bahía -un impagable regalo de Jimena, nuestra hija-, y, desde la cubierta del barco, con una copa de vino en la mano, contemplamos el atardecer y vimos cómo iba iluminándose la “Opera House” ofreciendo toda su esplendorosa belleza. En este punto, el viajero, un soriano de Sarnago, estaba ya completamente anonadado, a pesar del frio húmedo que iba metiéndose en los riñones. Desanduvimos el camino a pie hasta “Darling Harbour”, otro lugar que me cautivó desde el primer momento. Pilar, con la guía en la mano, me informó de que aquello había sido un astillero abandonado y que en la década de los 80 lo transformaron en un inmenso paseo marítimo circular, poblado de restaurantes típicos, de todas las cocinas del mundo, cafeterías y tiendas, lo más parecido, pero mucho más grande, menos hortera y menos caro, al paseo marítimo de Marbella. Allí cenamos en un restaurante italiano con el equívoco nombre de “Adria”, en una terraza mirando al puerto. Al día siguiente, con un sol radiante, volveríamos sobre nuestros pasos -esta vez en el autobús circular 555, que es gratuito- y nos acercaríamos despacio hasta el singular edificio de la Ópera, rodeado de turistas, que no impresiona menos de cerca que de lejos, y luego, nos daríamos una vuelta por el cercano barrio “The Rocks”, que albergó el primer asentamiento colonial de los ingleses y, por tanto, el germen de esta ciudad. El viajero recorrió el laberinto de callejas, con las primitivas casas de ladrillo rojo y curiosos rincones con tiendas y atractivos restaurantes. Este barrio antiguo contrasta con el bosque de modernos -cristal y acero- rascacielos de enfrente y que dominan el cogollo de la ciudad. Antes de partir para el aeropuerto y emprender el regreso, via Dubai, aún tuvimos tiempo de volver a pasear de día por “Darling Harbour”, que estaba a un tiro de piedra del hotel, con el jardín chino y un cuidado y popular parque por medio, y almorzar en otra terraza. Fue entonces, justo al final de nuestra visita a Australia, cuando, bendito sea Dios, empezó a llover ligeramente, como si también esto hubiera estado programado 

El viajero vuelve del largo viaje con muchas sensaciones, que habrá que decantar. A todas ellas se impone, desde luego, Noa, nuestra nieta australiana, a la que hemos visto nacer y desarrollarse pujantemente en las primeras semanas de vida, una experiencia única y que, como digo, se sobrepone a todas las demás. Al fin y al cabo, la sangre es la sangre. Además es una niña adorable. Pero esta tercera y última “Carta australiana” quedaría incompleta sin reseñar aquí sucintamente las impresiones provisionales y las curiosidades que el viajero ha sacado de este viaje y que ha ido anotando en su diario de a bordo.

1.-Los dólares australianos que tengo en el bolsillo -escasos, por supuesto- llevan todos la figura de la reina Isabel II. Las monedas de uno y dos dólares son las más pequeñas. Son doradas, a diferencia de las de los céntimos, más grandes y plateadas. Un dólar australiano vale como un dólar USA, quizá un poco menos.

2.-La vida es más cara que en España, y los sueldos mucho más altos. Una cerveza en un bar cuesta unos seis dólares, y un café, cuatro. Lo llamativo es que cuesta prácticamente lo mismo en el supermercado. Por lo visto, aquí no se forran los de la cadena de intermediarios. El tabaco es carísimo, prohibitivo, y casi no queda espacio donde fumar. Sobre el tabaco y el alcohol hay fuertes impuestos.

3.- Los servicios públicos funcionan muy bien. El transporte es caro, lo mismo que la Universidad y la sanidad. Todo está al servicio del ciudadano. El carril-bici y el paseo para peatones recorre la ciudad, en la que abundan las cuestas.

4.- Hay un gran respeto por la Naturaleza, principal tesoro nacional, y por el desarrollo sostenible.

5.- Los museos son gratuitos y suelen estar llenos de niños.

6.-El Gobierno incentiva la marcha de los profesionales jóvenes, en su primer destino, al mundo rural y a las zonas más despobladas. Hay prácticamente pleno empleo.

7.-El viajero saca la impresión de que este inmenso país, que tiene según la OCDE el más alto nivel de calidad de vida del mundo, es un país de anchas clases medias, y sus habitantes no hacen ostentación ni en la vivienda -no se ven mansiones espectaculares-, ni en el automóvil, ni en la vestimenta. Visten muy informalmente. No se ve un traje ni una corbata. La gente es amable y sumamente educada. La picaresca está muy mal vista. Nadie se cuela sin pagar en el autobús o se cuela en una fila. Todo se pide por favor. Por cualquier cosa se piden disculpas. No se ve, como ya adelanté, un papel en el suelo ni una pintada en las paredes.

8.- Hay costumbre de ir en bermudas y descalzos por la calle -Jordi, el padre de Noa, iba incluso descalzo por los caminos del bosque-. ¿Un homenaje a los aborígenes? Lo mismo hacen los niños. Cuando entran en una casa o llegan al colegio lo primero que hacen es descalzarse.

9.- Los aborígenes no están muy visibles en la ciudad. Apenas se integran, a pesar de los esfuerzos de los poderes públicos. Son la clase maldita y perdida.

10.- Es un país multiétnico, con creciente presencia oriental, signo de la pujanza del área del Pacífico, y plurirreligioso, con prevalencia cristiana. Hay más católicos que anglicanos.

11.-En Brisbane, centro de estas observaciones, el invierno es como el verano en Soria, con más humedad. Desde luego, sobra el abrigo todo el año.

12.- Para el viajero español, la mañana es muy larga y la tarde, muy corta.

13.- En fin, el mayor encanto de Australia quizás esté en la conjunción armoniosa de la modernidad con lo ancestral: los bosques subtropicales, con los rascacielos; los koalas, con las oficinas de negocios. Su exhuberante flora y su fauna desconocidas -los pájaros y los árboles, todo es nuevo-, con el lujo de la modernidad avanzada y del desarrollo tecnológico. Creo que ahí está la clave del asombro que ha sentido un viajero de Soria como yo, nacido en un pueblo que no tenía luz eléctrica.

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SEGUNDA CARTA AUSTRALIANA

Vuelvo del parque nacional de Springsbrook, declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Es uno de los lugares del mundo que vale la pena visitar antes de morirse. Será porque vengo cargado de imágenes y sensaciones o, lo que es más seguro, por la necesidad de compartirlas, el caso es que siento necesidad esta noche de ponerme a escribir la segunda “Carta Australiana” para los seguidores de “El canto del cuco”. Echaré mano del diario que voy escribiendo cada noche, del que tomaré apenas algunas notas y curiosidades de este viaje a Australia, que concluirá en unos días. Escribo justo cuando Noa, que ilumina el corazón de su abuelo, cumple, bien lucidos, sus primeros quince días.

2 de julio, martes.- Pilar y yo tomamos el tren en la pequeña estación de Duton Park, que hay cerca de casa. En apenas unos minutos -tres estaciones- el tren de la línea roja nos deja en el centro de la ciudad, frente a los museos, que aquí son gratuitos. Visitamos el Museo de la Ciencia, donde se cuenta, con objetos antiguos, paneles y videos, la historia de este país, con especial atención a la suerte -más bien perra- de los primitivos pobladores, antes de la llegada de los presos y colonizadores ingleses. Aún quedan en Brisbane 34.000 aborígenes, y no es raro encontrarse a más de uno de ellos borracho por la calle o enfangado en labores humildes. Aquí no ha habido apenas mestizaje. En el amplio museo, de varias plantas, se muestra también toda la riquísima flora, fauna y riquezas minerales, con el coral como principal objeto del deseo. No faltan gigantescos dinosaurios y, en el techo de la entrada, el avión que realizó el primer vuelo en solitario de Australia a Inglaterra en 1928. Lo que más llama la atención es la multitud de niños, acompañados de sus padres o profesores, que llenan todas las estancias del museo y que parecen interesados y divertidos. Y, sobre todo, educados.

3 de julio, miércoles.- Visita obligada al Jardín botánico de Brisbane, con la niña en el portabebés “Mei Tai”. No rechista. Le gusta el ajetreo. Duerme pacíficamente. ¡Dulce peso para Jimena! El Botánico es un espacio extenso y cuidadísimo, con rincones amenos, poblado de plantas y árboles exóticos, desconocidos para un europeo de Sarnago como yo. El viajero se encuentra con todas las plantas aromáticas imaginables, ficus gigantes, árboles centenarios, bonsáis, jardín japonés, riachuelos, que desembocan en un lago, donde revuelan numerosas aves acuáticas. También aquí lo llamativo es el enjambre de niños, que están por todas partes. Es como un bosque animado. Un ibis ladrón le roba a una niña el sándwich y huye con él en el pico. La niña sale corriendo detrás del pajarraco de gran pico corvo por el prado, el ibis se sumerge en el lago con su botín y la niña se vuelve desconsolada.

4 de julio, jueves.- Excursión por el Skywalk  en el bosque tropical  de Tamborine, a una hora larga de coche de Brisbane. Seguimos el grato ejercicio de inmersión en la Naturaleza. Impresiona el recorrido por el interior de la espesura. Pasadizos construidos sobre el profundo abismo a la altura de las copas de los árboles. Un auténtico paseo por el cielo, como su nombre indica, no apto para los que sufran vértigo. De abajo sube el sonido del agua. Árboles exóticos, rectos, altísimos -en busca, casi imposible, del sol-, lianas, parras silvestres que se enroscan en los troncos como serpientes, palmeras variadísimas a cual más hermosa. Aquí hubo un volcán hace más de veinte millones de años y de sus cenizas surgió este grandioso bosque impenetrable, con especies únicas y mariposas gigantes entre las flores (cuando estalle la primavera, dentro de poco; ahora es invierno, un invierno azul y veraniego).

5 de julio, viernes.- Dia de sosiego en casa. Noa duerme y mama. Casi no se le oye llorar ni de día ni de noche. El correo trae a casa una carta del Ayuntamiento de Brisbane con el proyecto de presupuesto para 2014 desglosado por partidas. Cada vecino lo estudia. Después se discute en asambleas de barrio, donde se deciden las prioridades, que se comunican al gobierno municipal. Esto es democracia participativa. A mí me recuerda a la Agenda 21 Local. Esto es desarrollo sostenible. Antes de acostarme salgo al jardín. Jordi me avisa de que hay un possum rondando. En el cielo brilla la Cruz del Sur.

6 de julio, sábado.- Grato paseo nocturno en barco por el rio, arteria principal de la ciudad. Además es gratis, lo mismo que los museos. El paisaje nocturno, bajo los puentes, entre los rascacielos iluminados es esplendoroso. Esta es una ciudad limpia y ordenada, dispuesta para el disfrute de los ciudadanos. Con paseos para los peatones y carriles-bici por todas partes, a pesar de que la ciudad está edificada sobre colinas, con fuertes cuestas. ¡Qué paseo junto al rio, bajo las buganvillas y el jacarandá, con playitas de arena, aseos y jardines bien cuidados! Aún no he visto una pintada ni un papel en el suelo. Cuando desembarcamos recorremos la parte interior del paseo, con las terrazas de los restaurantes y cafeterías rebosantes. Y nos sentamos a cenar en una de ellas. En la chocolatería Max Brenner -¡qué chocolate!- había que hacer cola y nos hemos encontrado con María, una camarera de Madrid.

7 de julio, domingo.- Oímos misa en la catedral católica. Es de estilo neogótico, con vidrieras policromadas. El templo está desnudo de santos. Sólo un Cristo gravitando en el centro del presbiterio con las manos desclavadas del madero. Los tubos del órgano ocupan lo que sería en España el altar mayor. Se cuida la música y la liturgia. El celebrante entra y sale en procesión, precedida de la cruz alzada y de dos monaguillos, niño y niña, con ciriales. Lo mismo se hace en la proclamación del evangelio. La comunión se da en las dos especies del pan y del vino. Lo que más me llama la atención es la composición de los asistentes. Son de toda raza, edad y condición, con gran presencia de orientales y de jóvenes. Todos siguen la ceremonia con recogimiento. Se ve que no van a cumplir. He sentido como en ningún otro sitio la universalidad de la Iglesia. Dos curiosidades: el celebrante, revestido con la casulla, espera a la salida de la catedral a los fieles, que le saludan; y debajo del templo hay un aparcamiento gratuito para los que van a misa; es gratis hasta un cuarto de hora después.

8 de julio, lunes.- Pasamos la mañana en la Universidad de Queensland, donde presentan el cohete espacial “Scramspace”, en el que participan científicos de todo el mundo, entre ellos Jordi Sancho, el marido de Jimena, que luego nos enseña el laboratorio donde trabaja. Allí se hacen las pruebas con la idea de que el artefacto alcance, al menos, diez veces la velocidad del sonido, lo que parece que está al alcance de la mano. Lanzarán el “Scramspace” en septiembre en Noruega. Tendrá aplicaciones increíbles en el campo de la Defensa y de la aviación civil, además, si no he entendido mal, como lanzador de satélites al espacio. Mientras recorría el campus, cuidadísimo, también aquí sin una pintada ni un papel en el suelo, con estudiantes de todo el mundo, muchos asiáticos, y contemplaba el paisaje privilegiado junto al rio, donde se ven pelícanos, cormoranes, ánades cejudos, malvasías, garzas cuelliblancas, etcétera, he pensado: Mientras en España siguen con Bárcenas, en Australia lanzan cohetes.

9 de julio, martes.- Ya he adelantado que vengo del parque nacional de Springsbrook, bosque subtropical nacido en el lecho de un volcán apagado hace muchos millones de años cuando aún existía el gran continente Gondwana. Impresiona penetrar en este santuario vivo de la Naturaleza con especies únicas: ficus gigantescos, cedros desconocidos, hayas antárticas, clase de araucarias que ya existían cuando andaban por estas escabrosidades los dinosaurios, helechos arborescentes, espesuras de lianas y raíces aéreas, con troncos cubiertos de líquenes y musgo. Caminata plácida por estrechos pasadizos y escalinatas, con el rumor de las aguas abajo. En primavera y verano me dicen que habrá un estallido de flores en los brezales y una sinfonía de pájaros desconocidos. Hoy en algún lugar del bosque se esconderán el pájaro-lira y el ave del paraíso, además de cientos de cacatúas y papagayos, y no faltará algún koala en los bajeros. Recorremos “Natural Bridge” con Noa dormida en el portabebés, hasta llegar por una pasadizo natural de roca basáltica al punto central y más espectacular del recorrido: a nuestros pies una impresionante cascada bajo una cueva natural, que en las noches de verano se puebla de luciérnagas, murciélagos y hongos luminiscentes. Abajo, entre los estertores del rio Nerang, que está a punto de morir en la Costa de Oro unas leguas más allá, se oyen risas y gritos de adolescentes. Y Noa sigue dormida.