IMPRESIONES DE UN SORIANO EN AUSTRALIA

por elcantodelcuco

Sydney fue la última parada. Era domingo a mediodía cuando llegamos al hotel, situado en la zona turística de “Darling Harbour”. Al asomarse a la ventana de la habitación -un gran ventanal que no puede abrirse- el viajero contempló abajo desde la octava planta un precioso jardín chino y enfrente el inmenso y modernísimo Centro de Convenciones. Pero ya desde la ventanilla del avión, a punto de aterrizar, uno veía con claridad que esta gran ciudad, la mayor de Australia, está por todas partes asomada al mar y que la bahía es su plaza mayor o, para entendernos, su alma o su corazón. Sin perder más tiempo que el necesario para reponer fuerzas en un restaurante próximo, con unos rollitos de salmón de Trasmania y una detestable cerveza de grifo, emprendimos la caminata hacia “Circular Quay”. La tarde era soleada y fresca, como un atardecer de agosto en Soria. Atravesamos “Chinatown”, el barrio chino, que aquí no tiene connotaciones negativas, poblado de buenos restaurantes y de preciosas muchachas de rasgos orientales, perfectamente occidentalizadas, y, calle George abajo, llegamos, por fin, al gran balcón circular en torno a la bahía, seguramente uno de los paisajes urbanos más hermosos y visitados del mundo. A la derecha, llama inmediatamente la atención el célebre edificio de la Opera, como un velero varado en la orilla, una de las obras arquitectónicas más conocidas del siglo XX, del danés Jorn Utzon, declarada patrimonio de la humanidad, y a la izquierda el circular y enorme “Harbour Bridge”, el viejo puente, altísimo y de medio kilómetro de largo, que ningún viajero deja de fografiar. Los más atrevidos suben a pasear y contemplar el panorama desde lo más alto de su media circunferencia metálica. Nunca he visto en ningún sitio tantas cámaras fotográficas funcionando a la vez como en “Circular Quay” esta tarde de domingo del plácido invierno australiano.

De allí parten los ferries. Pilar -difícilmente podría encontrar el viajero mejor guía- dio pronto con el embarcadero del velero, que nos llevó de excursión por la bahía -un impagable regalo de Jimena, nuestra hija-, y, desde la cubierta del barco, con una copa de vino en la mano, contemplamos el atardecer y vimos cómo iba iluminándose la “Opera House” ofreciendo toda su esplendorosa belleza. En este punto, el viajero, un soriano de Sarnago, estaba ya completamente anonadado, a pesar del frio húmedo que iba metiéndose en los riñones. Desanduvimos el camino a pie hasta “Darling Harbour”, otro lugar que me cautivó desde el primer momento. Pilar, con la guía en la mano, me informó de que aquello había sido un astillero abandonado y que en la década de los 80 lo transformaron en un inmenso paseo marítimo circular, poblado de restaurantes típicos, de todas las cocinas del mundo, cafeterías y tiendas, lo más parecido, pero mucho más grande, menos hortera y menos caro, al paseo marítimo de Marbella. Allí cenamos en un restaurante italiano con el equívoco nombre de “Adria”, en una terraza mirando al puerto. Al día siguiente, con un sol radiante, volveríamos sobre nuestros pasos -esta vez en el autobús circular 555, que es gratuito- y nos acercaríamos despacio hasta el singular edificio de la Ópera, rodeado de turistas, que no impresiona menos de cerca que de lejos, y luego, nos daríamos una vuelta por el cercano barrio “The Rocks”, que albergó el primer asentamiento colonial de los ingleses y, por tanto, el germen de esta ciudad. El viajero recorrió el laberinto de callejas, con las primitivas casas de ladrillo rojo y curiosos rincones con tiendas y atractivos restaurantes. Este barrio antiguo contrasta con el bosque de modernos -cristal y acero- rascacielos de enfrente y que dominan el cogollo de la ciudad. Antes de partir para el aeropuerto y emprender el regreso, via Dubai, aún tuvimos tiempo de volver a pasear de día por “Darling Harbour”, que estaba a un tiro de piedra del hotel, con el jardín chino y un cuidado y popular parque por medio, y almorzar en otra terraza. Fue entonces, justo al final de nuestra visita a Australia, cuando, bendito sea Dios, empezó a llover ligeramente, como si también esto hubiera estado programado 

El viajero vuelve del largo viaje con muchas sensaciones, que habrá que decantar. A todas ellas se impone, desde luego, Noa, nuestra nieta australiana, a la que hemos visto nacer y desarrollarse pujantemente en las primeras semanas de vida, una experiencia única y que, como digo, se sobrepone a todas las demás. Al fin y al cabo, la sangre es la sangre. Además es una niña adorable. Pero esta tercera y última “Carta australiana” quedaría incompleta sin reseñar aquí sucintamente las impresiones provisionales y las curiosidades que el viajero ha sacado de este viaje y que ha ido anotando en su diario de a bordo.

1.-Los dólares australianos que tengo en el bolsillo -escasos, por supuesto- llevan todos la figura de la reina Isabel II. Las monedas de uno y dos dólares son las más pequeñas. Son doradas, a diferencia de las de los céntimos, más grandes y plateadas. Un dólar australiano vale como un dólar USA, quizá un poco menos.

2.-La vida es más cara que en España, y los sueldos mucho más altos. Una cerveza en un bar cuesta unos seis dólares, y un café, cuatro. Lo llamativo es que cuesta prácticamente lo mismo en el supermercado. Por lo visto, aquí no se forran los de la cadena de intermediarios. El tabaco es carísimo, prohibitivo, y casi no queda espacio donde fumar. Sobre el tabaco y el alcohol hay fuertes impuestos.

3.- Los servicios públicos funcionan muy bien. El transporte es caro, lo mismo que la Universidad y la sanidad. Todo está al servicio del ciudadano. El carril-bici y el paseo para peatones recorre la ciudad, en la que abundan las cuestas.

4.- Hay un gran respeto por la Naturaleza, principal tesoro nacional, y por el desarrollo sostenible.

5.- Los museos son gratuitos y suelen estar llenos de niños.

6.-El Gobierno incentiva la marcha de los profesionales jóvenes, en su primer destino, al mundo rural y a las zonas más despobladas. Hay prácticamente pleno empleo.

7.-El viajero saca la impresión de que este inmenso país, que tiene según la OCDE el más alto nivel de calidad de vida del mundo, es un país de anchas clases medias, y sus habitantes no hacen ostentación ni en la vivienda -no se ven mansiones espectaculares-, ni en el automóvil, ni en la vestimenta. Visten muy informalmente. No se ve un traje ni una corbata. La gente es amable y sumamente educada. La picaresca está muy mal vista. Nadie se cuela sin pagar en el autobús o se cuela en una fila. Todo se pide por favor. Por cualquier cosa se piden disculpas. No se ve, como ya adelanté, un papel en el suelo ni una pintada en las paredes.

8.- Hay costumbre de ir en bermudas y descalzos por la calle -Jordi, el padre de Noa, iba incluso descalzo por los caminos del bosque-. ¿Un homenaje a los aborígenes? Lo mismo hacen los niños. Cuando entran en una casa o llegan al colegio lo primero que hacen es descalzarse.

9.- Los aborígenes no están muy visibles en la ciudad. Apenas se integran, a pesar de los esfuerzos de los poderes públicos. Son la clase maldita y perdida.

10.- Es un país multiétnico, con creciente presencia oriental, signo de la pujanza del área del Pacífico, y plurirreligioso, con prevalencia cristiana. Hay más católicos que anglicanos.

11.-En Brisbane, centro de estas observaciones, el invierno es como el verano en Soria, con más humedad. Desde luego, sobra el abrigo todo el año.

12.- Para el viajero español, la mañana es muy larga y la tarde, muy corta.

13.- En fin, el mayor encanto de Australia quizás esté en la conjunción armoniosa de la modernidad con lo ancestral: los bosques subtropicales, con los rascacielos; los koalas, con las oficinas de negocios. Su exhuberante flora y su fauna desconocidas -los pájaros y los árboles, todo es nuevo-, con el lujo de la modernidad avanzada y del desarrollo tecnológico. Creo que ahí está la clave del asombro que ha sentido un viajero de Soria como yo, nacido en un pueblo que no tenía luz eléctrica.

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