El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: agosto, 2013

LAS MÓNDIDAS DE SARNAGO

 

Muy de mañana inician la subida por la calle de abajo, desde la plaza, las tres mozas de la móndida, airosas y radiantes, quizá un poco aturdidas. Caminan detrás del mozo del ramo. Sujetan con una mano inexperta el largo cestaño con cintas de colores y coronado de flores -o sea, la móndida propiamente dicha- que transportan en la cabeza, como antes las mujeres llevaban el cántaro desde la fuente. Abre paso el pendón rojo que sobresale por encima de los tejados de las casas recompuestas y cuya sombra se proyecta sobre las ruinas de las que no han resistido el abandono de sus moradores. Los hombres, con camisa blanca y seriedad campesina, llevan en andas a San Bartolomé, custodiado durante todo el año en San Pedro Manrique y liberado por un día, cuya figura adusta y poderosa, que libró de pedriscos y apostasías, vuelve a recorrer las calles descarnadas de Sarnago donde lo han venerado cientos de generaciones y que unos desalmados quisieron robar cuando la guerra. “Ya se lo llevaban en un caballito negro -me dice la Amelia-, metido en un saco, por el camino del cementerio”. “Al pobre -recuerda la Milagritos- le habían cortado el brazo para que entrara en el saco”. “Los hombres estaban en la guerra o en la siega y fueron las mujeres las que salieron al camino y lo recuperaron”, comentan. La música de la banda sampedrana de “La Muralla” acompaña la procesión laica, sagrada y popular. La multitud camina en silencio respetuoso. Es una mañana fresca y luminosa. En pocos sitios como aquí puede encontrarse una luz tan especial, que envuelve mágicamente la escena, estrictamente cinematográfica, y la sublima. Me lo reconoce Mercedes Álvarez, la de “El cielo gira”, por la tarde en la plaza, después de las cuartetas. Sólo falta el volteo de campanas, pero las campanas reposan desgraciadamente en el suelo del portal de la escuela desde que se derrumbó la torre.

En un punto la comitiva se detiene y, en medio de la calle, en silencio riguroso, el mozo del ramo y las tres móndidas hacen una inclinación reverencial al santo patrón. Confieso que después de esto ha habido un momento, cuando regresábamos del barrio de arriba hacia la iglesia, que no he podido más, me he roto por dentro, me he sentido orgulloso de haber nacido aquí y he ocultado mis lágrimas bajo las gafas de sol. Compréndanlo. Es la primera vez que vuelvo a la fiesta desde mi juventud cuando la fiesta de las móndidas y el mozo del ramo era en la Trinidad, por primavera, con los campos estallando de verdor y de flores, las casas , habitadas, y el aire de la calle, poblado de ocetes y gorriones. ¡Demasiados recuerdos, que pesan lo suyo, demasiadas ausencias! En el pórtico de la iglesia, donde hace tiempo que falta el gran olmo centenario, nos esperaba Toño, el cura de las Tierras Altas, revestido con el alba y la estola roja, y allí en el atrio, con las ruinas del templo de fondo -¡Dios mio, qué cuadro tan triste y tan hermoso, tan evangélico!- ha celebrado la misa solemne de San Bartolomé, que es imposible que no se haya emocionado también y haya decidido echar una mano, ya que no lo hacen las autoridades, para que el pueblo reviva. Al año que viene, si la Asociación se empeña, como parece, se recuperará el rito de los arbujuelos, que las móndidas entregarán en el ofertorio, y hasta a lo mejor se subasta la “torta de la Virgen”.

En la era empedrada está plantado el mayo, como cuando el pueblo estaba vivo. ¿Quién ha dicho que ahora está muerto? Por la tarde, como es tradicional, se canta la Salve en el mismo atrio de la iglesia y después en la plaza tiene lugar, en medio de un gran gentío, el acto más esperado. Sorprende al personal forastero que esto ocurra en un pueblo despoblado sin ninguna ayuda ni estímulo oficial. “Ni siquiera asfaltan el camino”, dice Jesús, el de la Asociación. ¡Hace falta ser necios e injustos! No creo que haya en toda la provincia una fiesta tan pura y tan interesante. El gran ramo de arce, adornado de pañuelos, de roscas y de rosas, es introducido de copa, después de arduos esfuerzos, por la ventana del Ayuntamiento, parece que en evocación del misterio de la Santísima Trinidad, que también cuesta meterlo en cabeza humana; y después de la “encarnizada” lucha entre los del barrio de abajo y los del barrio de arriba por llevarse el despojado ramo, se hace el silencio para escuchar las cuartetas que recitan las móndidas desde el ventanal. Esta vez sin leyendas medievales. Para el cronista, todo hay que decirlo, es este un momento especialmente emotivo porque una de las móndidas es Sara, mi hija, que se ofreció voluntaria por amor al pueblo y para que no se pierda la fiesta. “¡Qué orgullosa se habría sentido su abuela Margarita, tu madre, contemplándola desde el balcón de la casa, ahí enfrente!”, me dice una vecina, que fue conmigo a la escuela. “Casi tanto como yo”, le respondo. Ni siquiera me atrevo a entrar en la casa, cerrada hace tiempo y asaltada repetidamente por los ladrones. Contemplo el portalón cerrado y disimulo mis pensamientos con un rosquillo y un vaso de moscatel. Después me voy de la fiesta en silencio, mientras un muchacho toca el clarinete desde la ventana.

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EL FINAL DEL VERANO

 

Atrás queda el viaje a las antípodas y las mañanas ardientes, para superar el jet-lag, en la playa de la Glea de Campoamor, entre guiris, rubias alemanas orondas con las primas de riesgo al descubierto, rusos de fortuna, familias españolas de toda la vida, de Murcia o de Madrid mayormente, y el estrépito constante de niños jugando y gritando como condenados en el jardín central, entre palmeras, y en la piscina de la urbanización Los Ángeles, donde me toca vivir los veranos y donde tienen ustedes su casa. ¡Qué contrasentido de nombre! Los ángeles siempre, que yo sepa, han sido silenciosos; el ruido es el rastro sulfuroso inconfundible que deja detrás el demonio en el verano. Les adelanto en secreto que la terraza, donde hacemos la vida, es un privilegiado observatorio, mucho más que una ventana indiscreta. Confieso que tengo catalogada una lista de familias, situaciones y personajes curiosos que darían pie sin demasiado esfuerzo de la imaginación a una interesante novela o una buena película de nuestro tiempo, tan real como la vida misma. Pero ya digo que estoy de vuelta, camino de Soria, tras un breve rodeo por la Huesca rural, que ya les contaré. Mi intención es estar en Sarnago en la fiesta de San Bartolomé, donde Sara, confirmando su fidelidad al pueblo, se ha ofrecido voluntaria y va de moza de móndida. ¿Qué más puedo pedir? Inauguré el verano con una nieta en Australia y lo cierro con una hija, móndida en Sarnago.

Es lo que quería decirles para que no me den por desaparecido. Esto de Sarnago marcará el final del verano, un ajetreado verano azul. En realidad, un verano de todos los azules: cielo, marino y turquesa. Pero también verde oscuro de bosques australes, y gris-arena de playas ardientes, y, al fin, pardo, pajizo y calcinado de los páramos sorianos, tan cercanos al corazón de quien esto escribe. Es imposible no volver aquí a la memoria de la niñez. Era éste el tiempo de la caza y de la dula, de las primeras moras y de las maguillas en la dehesa. El polvo de las eras -el picante tamo de los tardíos- cubría las paredes y las callejas. Los abejorros bordoneaban en las flores de las malvas empolvadas. Con la cosecha metida en casa, el pueblo aparecía silencioso, rodeado de un paisaje desolado, poblado de moscas y de perros callejeros tumbados a la sombra. Los campesinos, con el rostro flaco, ennegrecido, acuchillado por el sol, descansaban y hacían balance de la cosecha en el poyo de una puerta. “Mal año, mal año”, dictaminaba uno, que todos los años decía lo mismo: “Mal año, maldita sea”, repetía. Otro matizaba: “No te quejes tanto. No ha sido tan malo; han venido otros peores. A mí el trigo me ha dado diez simientes”. Y un tercero cerraba, después de muchos dimes y diretes, la discusión: “Bah, pan para hoy y hambre para mañana”. Y cada uno se dirigía a su casa cabizbajo, dando vueltas a sus oscuros pensamientos.

Por San Bartolomé la era quedaba limpia y las calles barridas. El curioso que se acercara podía ver, si acaso, en un rincón el montón de granzas -la propina de los mozos-, junto a unos gavejones de yeros, de guijas o de cucos, arrancados de la pieza a última hora con la aguada del alba, a base de uñas, antes de que picara el sol en la nuca. Poco antes las mujeres, sin quitarse en todo el verano el pañuelo de la cabeza, habían desgranado pacientemente a mano los garbanzos o las matas de las finas y rubias lentejas de la tierra, que llenarían el puchero todo el año, después de seleccionarlas una a una la víspera por la noche. Algún año, todo hay que decirlo, se prolongó el verano más de la cuenta. Enredó el tiempo y hubo que dejar para después de la fiesta la gran parva de centeno del común, cultivado en las rozas del pueblo. Era digna de verse la alegre y ruidosa tarea comunitaria del final del verano con todas las yuntas trillando juntas -yuntas de machos, de burros y caballos-, unas girando en el sentido de las manecillas del reloj y otras al revés, en un amplio claro del ejido. Para entonces ya habían nacido en las eras los morados gallos o espantapastores y madurado las primeras moras en los zarzales. La barrera de nubes que cubría, al anochecer, como un turbante, la cumbre de la Alcarama era señal de que cambiaba el tiempo, terminaba el verano y se adelantaba el otoño.