EL FINAL DEL VERANO

por elcantodelcuco

 

Atrás queda el viaje a las antípodas y las mañanas ardientes, para superar el jet-lag, en la playa de la Glea de Campoamor, entre guiris, rubias alemanas orondas con las primas de riesgo al descubierto, rusos de fortuna, familias españolas de toda la vida, de Murcia o de Madrid mayormente, y el estrépito constante de niños jugando y gritando como condenados en el jardín central, entre palmeras, y en la piscina de la urbanización Los Ángeles, donde me toca vivir los veranos y donde tienen ustedes su casa. ¡Qué contrasentido de nombre! Los ángeles siempre, que yo sepa, han sido silenciosos; el ruido es el rastro sulfuroso inconfundible que deja detrás el demonio en el verano. Les adelanto en secreto que la terraza, donde hacemos la vida, es un privilegiado observatorio, mucho más que una ventana indiscreta. Confieso que tengo catalogada una lista de familias, situaciones y personajes curiosos que darían pie sin demasiado esfuerzo de la imaginación a una interesante novela o una buena película de nuestro tiempo, tan real como la vida misma. Pero ya digo que estoy de vuelta, camino de Soria, tras un breve rodeo por la Huesca rural, que ya les contaré. Mi intención es estar en Sarnago en la fiesta de San Bartolomé, donde Sara, confirmando su fidelidad al pueblo, se ha ofrecido voluntaria y va de moza de móndida. ¿Qué más puedo pedir? Inauguré el verano con una nieta en Australia y lo cierro con una hija, móndida en Sarnago.

Es lo que quería decirles para que no me den por desaparecido. Esto de Sarnago marcará el final del verano, un ajetreado verano azul. En realidad, un verano de todos los azules: cielo, marino y turquesa. Pero también verde oscuro de bosques australes, y gris-arena de playas ardientes, y, al fin, pardo, pajizo y calcinado de los páramos sorianos, tan cercanos al corazón de quien esto escribe. Es imposible no volver aquí a la memoria de la niñez. Era éste el tiempo de la caza y de la dula, de las primeras moras y de las maguillas en la dehesa. El polvo de las eras -el picante tamo de los tardíos- cubría las paredes y las callejas. Los abejorros bordoneaban en las flores de las malvas empolvadas. Con la cosecha metida en casa, el pueblo aparecía silencioso, rodeado de un paisaje desolado, poblado de moscas y de perros callejeros tumbados a la sombra. Los campesinos, con el rostro flaco, ennegrecido, acuchillado por el sol, descansaban y hacían balance de la cosecha en el poyo de una puerta. “Mal año, mal año”, dictaminaba uno, que todos los años decía lo mismo: “Mal año, maldita sea”, repetía. Otro matizaba: “No te quejes tanto. No ha sido tan malo; han venido otros peores. A mí el trigo me ha dado diez simientes”. Y un tercero cerraba, después de muchos dimes y diretes, la discusión: “Bah, pan para hoy y hambre para mañana”. Y cada uno se dirigía a su casa cabizbajo, dando vueltas a sus oscuros pensamientos.

Por San Bartolomé la era quedaba limpia y las calles barridas. El curioso que se acercara podía ver, si acaso, en un rincón el montón de granzas -la propina de los mozos-, junto a unos gavejones de yeros, de guijas o de cucos, arrancados de la pieza a última hora con la aguada del alba, a base de uñas, antes de que picara el sol en la nuca. Poco antes las mujeres, sin quitarse en todo el verano el pañuelo de la cabeza, habían desgranado pacientemente a mano los garbanzos o las matas de las finas y rubias lentejas de la tierra, que llenarían el puchero todo el año, después de seleccionarlas una a una la víspera por la noche. Algún año, todo hay que decirlo, se prolongó el verano más de la cuenta. Enredó el tiempo y hubo que dejar para después de la fiesta la gran parva de centeno del común, cultivado en las rozas del pueblo. Era digna de verse la alegre y ruidosa tarea comunitaria del final del verano con todas las yuntas trillando juntas -yuntas de machos, de burros y caballos-, unas girando en el sentido de las manecillas del reloj y otras al revés, en un amplio claro del ejido. Para entonces ya habían nacido en las eras los morados gallos o espantapastores y madurado las primeras moras en los zarzales. La barrera de nubes que cubría, al anochecer, como un turbante, la cumbre de la Alcarama era señal de que cambiaba el tiempo, terminaba el verano y se adelantaba el otoño.

 

 

 

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