El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: septiembre, 2013

ENCUENTRO EN LA PLAZA DE SARNAGO

Jacqueline Lacombe, y su marido Claude, ambos profesores en Sarlat, suroeste de Francia, la joya del Périgord Negro, estaban aquel día en Trébago, a cuatro leguas de Sarnago, con Pilar, una amiga riojana que investigaba sobre muelas de molino, cuando recibieron la inesperada llamada de José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación de Sarnago, invitándoles al recital de Abel Vitón “Las Tierras de Alvargonzález”, en la plaza del pueblo. Y como su curiosidad no tiene límites y empezaban a estar fascinados por estas Tierras Altas, allá que se fueron. No quedaron defraudados. Les impresionó la fantástica función en un pueblo deshabitado. Allí les hablaron de mis libros, “Historias de la Alcarama”, “El Caballo de cartón” y “Leyendas de la Alcarama” y no lo echaron en saco roto. No sólo los leyeron ellos sino que durante tres cursos han trabajado sobre estos libros mios sus alumnos de español en Francia. Y así fue como el pasado sábado, día 21 de septiembre de este año de gracia, festividad de San Mateo, tras una parada en Oncala para visitar los famosos tapices y  comer -no podían faltar el cordero y las migas del pastor- se presentaron en un microbús con sus alumnos franceses, todos adultos, y con sus amigos riojanos en la plaza de Sarnago, con la emocionante idea, que a nadie pareció disparatada, de leer allí, in situ, con la escuela detrás y mi casa enfrente, fragmentos escogidos de los tres libros, con el autor delante, de cuerpo presente, que no salía del asombro y del aturdimiento.

La tarde era luminosa y cálida. Envolvía al pueblo un silencio acogedor. Observé un reguero de cagarrutas al entrar en la plaza. No había duda: había cruzado las calles un rebaño de ovejas. Su rastro permanecía también en el aire. ¡Gran novedad! Sentí una extraña alegría por dentro, como si las manecillas del reloj hubieran dado de pronto marcha atrás. No todo está perdido, pensé. El pasado no ha muerto del todo. Hoy es siempre todavía, etcétera. ¿Volvería a oir los balidos y los cencerros? En fin…, me pareció, iluso de mí, una buena señal. No importaba que la piara -¿de quién sería?- ensuciara la calle si alegraba el alma. Para mayor satisfacción vi en la esquina de la plaza un perro suelto como entonces.

El público se acomodó en las sillas. No faltaban gentes del pueblo y de pueblos vecinos. De San Pedro Manrique habían subido, por ejemplo, los hijos y algún nieto del Mario, personaje inolvidable de mi infancia que venía a vender fruta, cacharros y pescado -sardinas y chicharro mayormente-, éste, en cajas de madera envuelto en hielo. El Tuto, su ayudante, pregonaba por las esquinas con voz suave y dulce: “El cacharreroooo”… Y empezó la singular función. Jacqueline Lacombe, verdadera protagonista de la iniciativa y maestra de ceremonias, explicó así el encuentro con mis libros: “Tuvimos la sorpresa y la emoción de encontrar en su mundo rural de antes de los años 60 el mismo que habíamos conocido nosotros con nuestros abuelos, en una época límite con lo medieval, en la que los campesinos vivían usando la hoz, la guadaña, el mayal… que servía para desgranar el trigo, la avena, las habichuelas en la era. La única diferencia era el uso del trillo, que no conocíamos en nuestras comarcas. Vimos también la matanza, tal como la describe, los bailes de la fiesta, oímos los cantos…Tenían una importancia en la vida cotidiana el reloj de pared que da las horas, el toque de oración de las campanas de la iglesia, las llamadas usando el cuerno…Y todo envuelto en la poesía de las delicadas flores silvestres, del trino de los múltiples pájaros, del soplo del viento en las ramas, del murmullo de los manantiales…”

Después cada uno, hasta una veintena, leyó el fragmento del libro elegido o designado. Las voces sueltas y cantarinas de los riojanos y las esforzadas de los franceses, prevalentemente femeninas, se sucedían armoniosamente, golpeando sin misericordia el cansado corazón del autor, que observaba mientras tanto a algunos vecinos del pueblo, como el Boni, ochenta años, limpiándose disimuladamente las lágrimas, según discurría la lectura. ¡Cuántos recuerdos! ¡Cuántas emociones! Y se fueron sucediendo los relatos: Había una vez un pueblo, la casa, el reloj, las campanas, el viaje, las noches de invierno, el trasnocho, la madre, el dia que quise coger el sol, la escuela, las móndidas, el esquilo… El cantautor riojano Michel García, puso el subrayado justo con su hermosa voz y su guitarra. Me conmovió especialmente la canción de la era vacía. Bernard Salingardes, que no pudo venir, envió el siguiente mensaje: “Juntos disfrutad y guardad en la memoria los paisajes y las impresiones que Abel Hernández supo compartir con sus lectores”. (Gracias, Bernard, desconocido amigo). Después la Asociación hospitalariamente, como acostumbra, puso una mesa larga en medio de la plaza y compartimos todos -franceses y españoles- la merienda y el vino, mientras empezaba a levantarse un vientecillo fresco de la Alcarama y el sol se ponía, encima de Oncala, por la Sierra azul violeta.

LA SORIA DE DIONISIO

 

Ha llegado por fin a mis manos la Soria de Dionisio Ridruejo, extraída de su monumental Castilla la Vieja, preciosamente reeditada por Gadir, y a la que he tenido el honor de poner el prólogo. Se trata, como digo en él, de la guía más completa y mejor escrita, a pesar de algunos datos desfasados, de la provincia castellana del alto Duero. En cierta medida su publicación es un desagravio al mejor escritor soriano de todos los tiempos. Otros, excelsos, como Tirso, Machado, Bécquer o Gerardo Diego vivieron en esta tierra y se enamoraron de ella, como otros muchos, pero no nacieron aquí.

Me une a Dionisio un parentesco lejano: el apellido Ridruejo que yo luzco por mi abuela paterna, o sea, en tercer lugar, es nuestra raíz común. Y como de la familia nos reconocimos poco antes de que él muriera prematuramente unos meses antes que Franco, después de una vida ajetreada, de la cárcel al destierro, siempre a la cuarta pregunta. Para los “Ridruejos” acomodados de la banca fue el garbanzo negro de la familia: político, disidente y encima poeta. El escritor y su obra, envueltos en la niebla de la política, padecieron durante largo tiempo el desdén de los que pasaban a su lado, empezando por los de su propia tierra. Como apunto en el prólogo, su estampa menuda, su mirada de serena fragilidad, su cercanía, su calor humano y, sobre todo, el halo de honradez que envolvía toda su figura me impresionaron desde la primera vez que nos encontramos. Pocas personas he encontrado en mi vida con tal capacidad de seducción inmediata por el coraje moral, sin alardes, que traslucía. Toda su vida fue un compromiso ético. Buscó desesperadamente hasta el último suspiro, entre la incompresión de los unos y de los otros, que España se reconiciliara consigo misma y encontrara el camino de la libertad y de la justicia.

La Soria de Dionisio Ridruejo se ocupa con precisión y sobriedad de los distintos paisajes y monumentos. Y uno se sorprende de la cantidad de tesoros escondidos en esta provincia pobre y abandonada. Soria está sembrada de románico como ninguna otra provincia española. Al arte y a la arquitectura se unen en la obra la orografía, los variados estratos geológicos, la riqueza natural, los cultivos, los bosques, la ganadería, el comercio, los cauces fluviales y las comunicaciones. Todo bien trenzado y engarzado en la historia y en la leyenda y con especial atención al tipo humano y a las constantes migraciones. Comarca por comarca -tan variadas, tan interesantes- nada escapa a la curiosidad del autor. Según él, en Soria predomina aún el celtíbero originario, aunque no es raro encontrar rasgos romanos y semíticos. “El tipo resultante -dice- es, por lo general, pequeño, sarmentoso y resistente” y “sus virtudes de sobriedad, sentido práctico, agudeza de juicio y fuerza de razón predominan con mucho sobre la imaginación y la sensibilidad”. No está del todo de acuerdo con Machado en que se trata de “humildes ganapanes sin danzas ni canciones”, pero “tampoco se puede decir que la Soria popular sea una kermesse. Se juega a la pelota en casi todos los pueblos, se baila o bailaba la rueda, se ven toros cuando repica y se chatea con peleón pellizcando escabeche en las tabernillas de bancos de pino”. No sé, no sé. Lo del juego-pelota y la rueda era hace cuarenta años; los toros están de capote caído, y en cuanto al tapeo habría mucho que decir: se mantienen las fastuosas banderillas de escabeche, pero han irrumpido con fuerza los torreznos y otras exquisiteces y me parece que la caña va ganando terreno al chato peleón.

Confieso que me hace especial ilusión este inesperado reencuentro con Dionisio en Soria. Los dos procedemos de las Tierras Altas, donde las aguas van al Ebro y Castilla pierde su nombre. Entre la sierra de Oncala y la Alcarama están nuestros orígenes comunes. Los dos hemos vuelto. Él, aunque nacido en El Burgo de Osma, lo reconoce veladamente cuando se asoma al “honrado Concejo de la Mesta”, donde llegaron a pastar en el siglo XVI tres millones y medio de ovejas trashumantes y ahora no se ve una cabeza de ganado en toda la extensión de la mirada. Ante la vigorosa fotografía de una mujer enlutada de Oncala, con un pañuelo negro en la cabeza y un garrote en la mano, exclama: “Esta descendiente de los pelendones pudiera muy bien ser parienta del autor de esta Guía”. Sabía muy bien lo que decía. “De allí -añade- se pasa a las aldeas pobres y líricas de El Collado y San Andrés de San Pedro Manrique, que dicen mucho al corazón del cicerone, pero quizá no interesen vivamente al viajero. Son pueblos de cantos, pobres y de buena escuela, que se van muriendo y quedarán deshabitados pronto, disolviéndose acaso en el pedregal de la sierra sus graciosas iglesias rurales, de un románico natural sin época ni estilo, y sus casas de tres plantas; la baja para el caballejo y la majada, la media para la cocina y los dormitorios y la última o somera para los granos, aperos y atalajes”. (De San Andrés era mi abuela Braulia Ridruejo, nuestro enlace más cercano). Dionisio adivinó bien lo que venía. Hace tiempo que las escuelas están cerradas. La esquemática y exacta descripción de la casa me lleva a la de Sarnago donde nací y que permanece cerrada y sola, sin esperanza de volver a abrirla.

EL REGRESO A LA TRIBU

Escribo este apunte bajo la impresión de la cadena humana de los catalanes en la Diada. En las imágenes, llenas de colorido, con prevalencia del amarillo y con revuelo de senyeras con estrella, no se apreciaba crispación. Parecían gentes corrientes, familias de la burguesía, orgullosas de su hazaña, movidas por la consigna emocional de la independencia. Al otro lado de la cadena humana estaba, de un lado, el mar, frontera inevitable y sueño lejano de expansión, y del otro la pobre España, opresora, pordiosera, anticuada, que no comprende, maltrata y encadena a la próspera y culta Cataluña. Y en la punta de arriba, la centralista Francia. ¿Qué iban a hacer ellos cuando se presentó la ocasión del 11-S? Representaban a la Cataluña incomprendida desde hace siglos, por lo menos desde 1714 con la llegada de los Borbones, como les habían dicho en las escuelas, proclamaban los políticos y venían machacándoles en la televisión y en los periódicos. Ellos eran diferentes, no podían compararse con los otros españoles y había llegado la hora de ser libres. Así superarían las dificultades y conseguirían la prosperidad que se merecen. Era hora de que se enterara el mundo entero.

Así que salieron a la calle y a las carreteras, se envolvieron en la bandera estrellada y juntaron sus manos, convencidos de que el sueño estaba al alcance de las mismas. Desdeñaron las palabras de los que les advirtieron que les habían falsificado la historia, que España no era como se la pintaban, que era un gran pueblo acogedor y paciente, que los jefes de la tribu les estaban engañando, que, por lo demás, había pasado el tiempo de las tribus, que era el tiempo de la globalización, que la unión hace la fuerza, que, sin darse cuenta, estaban cubriendo a Cataluña de ignominia ante el resto y, en fin, que el despertar de su sueño podía resultar amargo, monstruoso. No oían. Entre el ruido de Els Segadors, las campanas de la catedral de Lérida, las arengas de la Forcadell y del Junqueras, los aplausos y las consignas de rigor, nadie se paraba a escuchar esas palabras extrañas. El ruido impedía contemplar también el aspecto desgarrador de cualquier despedida y de cualquier frontera nueva. ¿La ponemos en el Ebro como entonces, cuando la famosa y cruenta batalla? El ¡Adiós, España, adiós! de la cadena humana era una despedida en toda la regla, con familias de por medio, y negocios y emociones y alcobas compartidas durante tanto tiempo… Ni un pañuelo limpiándose las lágrimas de los ojos o, al menos, agitándolo al aire. Algo raro pasa. No es posible que estas familias normales que se dan por unos minutos la mano en la carretera carezcan todas de sensibilidad y de sentido común. ¿Y qué hacemos con los que no forman parte de la tribu de la bandera estrellada?

Es preocupante el clamoroso silencio y sumisión de los intelectuales ante tanto despropósito, y la evidente complicidad de la Iglesia catalana. Puede aplicarse aquí lo del poeta catalán Gabriel Ferrater, muerto en 1972: “Acabadas las vacaciones, sí, / vi que a mi mundo alguien le había/ partido la cara. Sangre y fuego”. Así es. ¡Vaya vuelta de vacaciones nos están dando entre unos y otros! Será mejor no mencionar en estas circunstancias el fuego y la sangre, que es como mentar la soga en casa del ahorcado. Ante tanto desatino, cualquier cosa puede ocurrir. Hace mucho tiempo que los numantinos, escarmentados, dejamos la tribu, la disolvimos. Sabemos que no es seguro que no queden escipiones dispuestos a intervenir. Por cierto, siempre he creído y lo he dicho, sin que nadie me haya desmentido hasta ahora, que los sorianos tenemos muchos más motivos para quejarnos que los catalanes. ¿Qué más podemos decir de los pueblos despoblados? Sin embargo, a lo más que hemos llegado es a que alguien, en tiempo de Franco, escribiera una noche en la tapia de la estación: ¡Viva Soria libre! La gran pintada duro poco. Hoy los sorianos, eso sí, nos consideramos más libres que los catalanes porque no pertenecemos ya a ninguna tribu, y -que no se me enfaden mis amigos de Cataluña- con un poco más de “senny” y de humildad que los que han movido la pintoresca e impresionante cadena humana.

Me da pie a decir esto lo que dijo el premio Nobel Vargas Llosa en la presentación en Madrid de “El héroe discreto”, su última novela, a la misma hora que los catalanes salían a las calles y carreteras envueltos festivamente en cuatribarradas. El escritor no pudo contenerse, a pesar de los consejos de Patricia, su mujer, y de la editorial, que le pedían prudencia por razones comerciales. Prevaleció el deber ético. “Salir de la tribu -dijo- es el comienzo de la civilización, del progreso, de la adquisición de soberanía. Pero el llamado de la tribu nunca desaparece y, a veces, es muy fuerte. El nacionalismo es ese regreso a la tribu, es la abdicación de elegir por uno mismo. Ha traido guerras. Es una tara de la que es difícil librarse. Es terrible que el nacionalismo vuelva a sacar cabeza”. En este caso ha movilizado a unos cientos de miles de cabezas, que parecían alegres y confiadas en la intemperie, y que estaban encadenadas.

CABOS SUELTOS

 

En una breve parada del agitado verano, de aquí para allá como los pastores trashumantes, como el baúl de la Piquer, que dice el sabio Tejerina, o como los comediantes de La Barraca de Lorca, en una noche sosegada de estrellas fugaces, cayó en mis manos Salvador Espriu, el poeta catalán de Sepharad, en un intento por mi parte de refrescar la memoria o de serenar el ánimo sobre Cataluña y sus desvaríos. Y me encontré con esto: “Soy un trapero de la estúpida y dolorosa hora del desbarajuste, del estropicio, y ayudo a recoger las migajas y los pedazos”. ¡Coño!, exclamé, sin poder contenerme. Es exactamente mi caso, si aplicamos lo del desbarajuste y el estropicio a la cultura rural que se acaba. ¡Yo también soy un trapero! No hago otra cosa que recoger los despojos: las migajas y los pedazos caídos bajo la mesa. Entre ellos, las migajas de las palabras. Me alegro de que Espriu tuviera la misma ocurrencia, aunque aplicada a otros desbarajustes, que no cesan. Para mí ha sido esta la cita del verano y la confirmación de que no voy tan descaminado.

De este ir y venir me han quedado cabos sueltos, que merecen alguna consideración. Podría llamar a estas breves historias las granzas del verano. Por ejemplo, un singular coloquio en el Ayuntamiento de Fuentes de Magaña, impulsado por el filósofo nativo Juan Manuel Martínez, con el respaldo cercano de Dioni, el activo alcalde, y denominado “Foro de la Alcarama”, según dijo en atención a mis libros, lo que es de agradecer. (Sólo falta ya que el Rey me haga marqués de la Alcarama) . Un foro de alto nivel universitario en el que participaron una joven bióloga, que se gana la vida de camarera en una cafetería de la capital y que expuso ante el alucinado público campesino los efectos y las causas del calentamiento global; un joven y aventajado aprendiz de economista, que nos explicó con notable desparpajo las causas de la crisis; un profesor de sociología, que hizo hincapié en las virtudes cívicas; una escritora afincada en Soria que acostumbra a patearse los pueblos, de fiesta en fiesta como los gaiteros, y escudriñar sus costumbres para contarlas, un teólogo de la liberación -ya se pueden imaginar las caras de asombro y desconcierto entre el auditorio ante semejante vapuleo-, y yo mismo, que hablé de la llegada de las máquinas y del futuro del mundo rural. Aquello fue un vendaval en el desierto, un trueno en cielo raso, una tormenta de ideas, como se dice ahora. Se levantó al final un hombre, el hijo del “Piturro”, con el que tantas perdices he visto volar en la ladera entre los romeros, y suplicó un respiro, un poco de piedad ante tanto pesimismo. Tenía toda la razón. El respiro nos lo dimos después, en el sustancioso almuerzo compartido. Lo llamativo es que se trata de una iniciativa con propósito de continuidad. A mí me pareció, a pesar de sus estridencias, un valeroso gesto de resistencia, una prueba más de que algo está pasando en el desierto demográfico de las Tierras Altas. Y por eso merece recordarse y que no caiga en saco roto.

En un momento del coloquio, no sé por qué, llegué a imaginarme a Azorín, el pequeño filósofo, observando, impasible, el espectáculo desde la última fila con la mano en la mejilla sin tomar una nota, y después, afincado en una oscura venta castellana, con su cajita de plata de fino y oloroso polvo de tabaco al lado, su sombrero grande de copa y su viejo paraguas de seda con recia armadura de ballena, asomarse a la ventana y anotar en su libreta con letra de pulga la dorada luz del crepúsculo sobre los pajizos campos resecos, atravesados por la alegre hilera de los chopos del barranco, mientras suenan lejos unas campanas y un hombre se acerca por el camino montado en su burro. En Fuentes, Azorín se habría hospedado con toda seguridad en la moderna casa rural del Dioni, en la “ruta de las fuentes”, con amplias habitaciones, todas abiertas al campo, cada una de ellas dedicada a un escritor soriano, con un texto de cada uno de ellos en la puerta. Una de ellas, del piso de arriba, con el Moncayo al fondo, ¡válgame Dios!, es la mia, con un texto antiguo invitando a la esperanza. A un tiro de piedra se vislumbra en el descampado la preciosa iglesia románica de Cerbón. Y en la entrada del pueblo espera un dinosaurio gigante.

De la escapada a Huesca, deseo dejar constancia de la impresión que me produjo la belleza deslumbrante de la sierra de Guara y la emocionante escalada al Salto de Roldán, donde habitan los buitres, las águilas y las leyendas. Pero me quedo con el sosiego de Almunia del Romeral -difícilmente se encontrará un nombre más hermoso- la aldea perteneciente al municipio de Loporzano, donde viven, huidos de la ciudad, Juan y Mireya, y su rio Guatizalema, claro y frio, que baja saltando de la montaña, coronada por un monumento de tiempo de los moros. Más arriba, en Nueno, con los Pirineos cerca, me enteré de que hasta allí llegaron los árabes y de allí no pasaron. A partir de ese pueblo, los tejados dejan de utilizar la teja árabe y las casas se cubren con pizarra. A la sombra del litonero o almez de la casa de Juan y Mireya probé el vino de sus vecinos, los Martinete, fabricado por ellos de forma natural y rudimentaria. Lo trajo uno de los hermanos en un botellón de plástico con color de zumo de naranja y un extraño sabor, no desagradable. El caso es que se subía a la cabeza. Y en Huesca capital, que estaban de fiesta, visité antes de que cerraran algo digno de verse, aunque estuviera solitario: el Museo Pedagógico, único en España, en el que se exhibe con gran esmero una muestra convincente -aulas, cuadernos, libros, fotografías, etc.- de cómo era la educación en España antes de la República, en la República y en la posguerra. Por unos minutos me sumergí en un universo único, casi olvidado, poblado de recuerdos, fantasmas y sensaciones.

En fin, un sábado de agosto tardio por la mañana volví a visitar Numancia y llegué a la conclusión, tras escuchar al guia, que en la posguerra, los campesinos de las Tierras Altas, antes de la luz eléctrica, no vivían muy distinto que los numantinos. Si acaso, no se vestían de pieles ni consumían un brebaje de cerveza y eran mucho menos guerreros y belicosos. El guía, perteneciente al equipo arqueológico, nos reveló que la aportación oficial a la actividad del equipo ascendía este año a diez mil euros. Justo a la misma hora llegaba la noticia de que el Real Madrid pagaba noventa y un millones por un tal Bale, un futbolista galés de veinticuatro años. Me he acordado de Ortega y Gasset y de su ensayo en El Espectador, titulado “Pepe Tudela sube a la Mesta”, para muchos el mejor de sus ensayos. Don José sube a Numancia con su amigo Pepe Tudela, que dejó la capital y se hizo ganadero en Soria, adelantándose a los tiempos. “El cadáver milenario de Numancia -comienza Ortega- yace sobre un cabezo de empinadas laderas que impera a un magnífico valle castellano”. Desde el bisel del cerro de Numancia el filósofo y ensayista hace una brillante exposición sobre el desarrollo y el final de las grandes civilizaciones. Y acaba, con vaga desazón de envidia: “Entre tanto, este amigo mio, soriano, Pepe Tudela, vuelve a educar su persona en la eterna y fecunda ley del campo”. Lo escribió en 1921. ¡Ay, si casi un siglo después Ortega levantara la cabeza y volviera a subir a Numancia!