CABOS SUELTOS

por elcantodelcuco

 

En una breve parada del agitado verano, de aquí para allá como los pastores trashumantes, como el baúl de la Piquer, que dice el sabio Tejerina, o como los comediantes de La Barraca de Lorca, en una noche sosegada de estrellas fugaces, cayó en mis manos Salvador Espriu, el poeta catalán de Sepharad, en un intento por mi parte de refrescar la memoria o de serenar el ánimo sobre Cataluña y sus desvaríos. Y me encontré con esto: “Soy un trapero de la estúpida y dolorosa hora del desbarajuste, del estropicio, y ayudo a recoger las migajas y los pedazos”. ¡Coño!, exclamé, sin poder contenerme. Es exactamente mi caso, si aplicamos lo del desbarajuste y el estropicio a la cultura rural que se acaba. ¡Yo también soy un trapero! No hago otra cosa que recoger los despojos: las migajas y los pedazos caídos bajo la mesa. Entre ellos, las migajas de las palabras. Me alegro de que Espriu tuviera la misma ocurrencia, aunque aplicada a otros desbarajustes, que no cesan. Para mí ha sido esta la cita del verano y la confirmación de que no voy tan descaminado.

De este ir y venir me han quedado cabos sueltos, que merecen alguna consideración. Podría llamar a estas breves historias las granzas del verano. Por ejemplo, un singular coloquio en el Ayuntamiento de Fuentes de Magaña, impulsado por el filósofo nativo Juan Manuel Martínez, con el respaldo cercano de Dioni, el activo alcalde, y denominado “Foro de la Alcarama”, según dijo en atención a mis libros, lo que es de agradecer. (Sólo falta ya que el Rey me haga marqués de la Alcarama) . Un foro de alto nivel universitario en el que participaron una joven bióloga, que se gana la vida de camarera en una cafetería de la capital y que expuso ante el alucinado público campesino los efectos y las causas del calentamiento global; un joven y aventajado aprendiz de economista, que nos explicó con notable desparpajo las causas de la crisis; un profesor de sociología, que hizo hincapié en las virtudes cívicas; una escritora afincada en Soria que acostumbra a patearse los pueblos, de fiesta en fiesta como los gaiteros, y escudriñar sus costumbres para contarlas, un teólogo de la liberación -ya se pueden imaginar las caras de asombro y desconcierto entre el auditorio ante semejante vapuleo-, y yo mismo, que hablé de la llegada de las máquinas y del futuro del mundo rural. Aquello fue un vendaval en el desierto, un trueno en cielo raso, una tormenta de ideas, como se dice ahora. Se levantó al final un hombre, el hijo del “Piturro”, con el que tantas perdices he visto volar en la ladera entre los romeros, y suplicó un respiro, un poco de piedad ante tanto pesimismo. Tenía toda la razón. El respiro nos lo dimos después, en el sustancioso almuerzo compartido. Lo llamativo es que se trata de una iniciativa con propósito de continuidad. A mí me pareció, a pesar de sus estridencias, un valeroso gesto de resistencia, una prueba más de que algo está pasando en el desierto demográfico de las Tierras Altas. Y por eso merece recordarse y que no caiga en saco roto.

En un momento del coloquio, no sé por qué, llegué a imaginarme a Azorín, el pequeño filósofo, observando, impasible, el espectáculo desde la última fila con la mano en la mejilla sin tomar una nota, y después, afincado en una oscura venta castellana, con su cajita de plata de fino y oloroso polvo de tabaco al lado, su sombrero grande de copa y su viejo paraguas de seda con recia armadura de ballena, asomarse a la ventana y anotar en su libreta con letra de pulga la dorada luz del crepúsculo sobre los pajizos campos resecos, atravesados por la alegre hilera de los chopos del barranco, mientras suenan lejos unas campanas y un hombre se acerca por el camino montado en su burro. En Fuentes, Azorín se habría hospedado con toda seguridad en la moderna casa rural del Dioni, en la “ruta de las fuentes”, con amplias habitaciones, todas abiertas al campo, cada una de ellas dedicada a un escritor soriano, con un texto de cada uno de ellos en la puerta. Una de ellas, del piso de arriba, con el Moncayo al fondo, ¡válgame Dios!, es la mia, con un texto antiguo invitando a la esperanza. A un tiro de piedra se vislumbra en el descampado la preciosa iglesia románica de Cerbón. Y en la entrada del pueblo espera un dinosaurio gigante.

De la escapada a Huesca, deseo dejar constancia de la impresión que me produjo la belleza deslumbrante de la sierra de Guara y la emocionante escalada al Salto de Roldán, donde habitan los buitres, las águilas y las leyendas. Pero me quedo con el sosiego de Almunia del Romeral -difícilmente se encontrará un nombre más hermoso- la aldea perteneciente al municipio de Loporzano, donde viven, huidos de la ciudad, Juan y Mireya, y su rio Guatizalema, claro y frio, que baja saltando de la montaña, coronada por un monumento de tiempo de los moros. Más arriba, en Nueno, con los Pirineos cerca, me enteré de que hasta allí llegaron los árabes y de allí no pasaron. A partir de ese pueblo, los tejados dejan de utilizar la teja árabe y las casas se cubren con pizarra. A la sombra del litonero o almez de la casa de Juan y Mireya probé el vino de sus vecinos, los Martinete, fabricado por ellos de forma natural y rudimentaria. Lo trajo uno de los hermanos en un botellón de plástico con color de zumo de naranja y un extraño sabor, no desagradable. El caso es que se subía a la cabeza. Y en Huesca capital, que estaban de fiesta, visité antes de que cerraran algo digno de verse, aunque estuviera solitario: el Museo Pedagógico, único en España, en el que se exhibe con gran esmero una muestra convincente -aulas, cuadernos, libros, fotografías, etc.- de cómo era la educación en España antes de la República, en la República y en la posguerra. Por unos minutos me sumergí en un universo único, casi olvidado, poblado de recuerdos, fantasmas y sensaciones.

En fin, un sábado de agosto tardio por la mañana volví a visitar Numancia y llegué a la conclusión, tras escuchar al guia, que en la posguerra, los campesinos de las Tierras Altas, antes de la luz eléctrica, no vivían muy distinto que los numantinos. Si acaso, no se vestían de pieles ni consumían un brebaje de cerveza y eran mucho menos guerreros y belicosos. El guía, perteneciente al equipo arqueológico, nos reveló que la aportación oficial a la actividad del equipo ascendía este año a diez mil euros. Justo a la misma hora llegaba la noticia de que el Real Madrid pagaba noventa y un millones por un tal Bale, un futbolista galés de veinticuatro años. Me he acordado de Ortega y Gasset y de su ensayo en El Espectador, titulado “Pepe Tudela sube a la Mesta”, para muchos el mejor de sus ensayos. Don José sube a Numancia con su amigo Pepe Tudela, que dejó la capital y se hizo ganadero en Soria, adelantándose a los tiempos. “El cadáver milenario de Numancia -comienza Ortega- yace sobre un cabezo de empinadas laderas que impera a un magnífico valle castellano”. Desde el bisel del cerro de Numancia el filósofo y ensayista hace una brillante exposición sobre el desarrollo y el final de las grandes civilizaciones. Y acaba, con vaga desazón de envidia: “Entre tanto, este amigo mio, soriano, Pepe Tudela, vuelve a educar su persona en la eterna y fecunda ley del campo”. Lo escribió en 1921. ¡Ay, si casi un siglo después Ortega levantara la cabeza y volviera a subir a Numancia!

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