EL REGRESO A LA TRIBU

por elcantodelcuco

Escribo este apunte bajo la impresión de la cadena humana de los catalanes en la Diada. En las imágenes, llenas de colorido, con prevalencia del amarillo y con revuelo de senyeras con estrella, no se apreciaba crispación. Parecían gentes corrientes, familias de la burguesía, orgullosas de su hazaña, movidas por la consigna emocional de la independencia. Al otro lado de la cadena humana estaba, de un lado, el mar, frontera inevitable y sueño lejano de expansión, y del otro la pobre España, opresora, pordiosera, anticuada, que no comprende, maltrata y encadena a la próspera y culta Cataluña. Y en la punta de arriba, la centralista Francia. ¿Qué iban a hacer ellos cuando se presentó la ocasión del 11-S? Representaban a la Cataluña incomprendida desde hace siglos, por lo menos desde 1714 con la llegada de los Borbones, como les habían dicho en las escuelas, proclamaban los políticos y venían machacándoles en la televisión y en los periódicos. Ellos eran diferentes, no podían compararse con los otros españoles y había llegado la hora de ser libres. Así superarían las dificultades y conseguirían la prosperidad que se merecen. Era hora de que se enterara el mundo entero.

Así que salieron a la calle y a las carreteras, se envolvieron en la bandera estrellada y juntaron sus manos, convencidos de que el sueño estaba al alcance de las mismas. Desdeñaron las palabras de los que les advirtieron que les habían falsificado la historia, que España no era como se la pintaban, que era un gran pueblo acogedor y paciente, que los jefes de la tribu les estaban engañando, que, por lo demás, había pasado el tiempo de las tribus, que era el tiempo de la globalización, que la unión hace la fuerza, que, sin darse cuenta, estaban cubriendo a Cataluña de ignominia ante el resto y, en fin, que el despertar de su sueño podía resultar amargo, monstruoso. No oían. Entre el ruido de Els Segadors, las campanas de la catedral de Lérida, las arengas de la Forcadell y del Junqueras, los aplausos y las consignas de rigor, nadie se paraba a escuchar esas palabras extrañas. El ruido impedía contemplar también el aspecto desgarrador de cualquier despedida y de cualquier frontera nueva. ¿La ponemos en el Ebro como entonces, cuando la famosa y cruenta batalla? El ¡Adiós, España, adiós! de la cadena humana era una despedida en toda la regla, con familias de por medio, y negocios y emociones y alcobas compartidas durante tanto tiempo… Ni un pañuelo limpiándose las lágrimas de los ojos o, al menos, agitándolo al aire. Algo raro pasa. No es posible que estas familias normales que se dan por unos minutos la mano en la carretera carezcan todas de sensibilidad y de sentido común. ¿Y qué hacemos con los que no forman parte de la tribu de la bandera estrellada?

Es preocupante el clamoroso silencio y sumisión de los intelectuales ante tanto despropósito, y la evidente complicidad de la Iglesia catalana. Puede aplicarse aquí lo del poeta catalán Gabriel Ferrater, muerto en 1972: “Acabadas las vacaciones, sí, / vi que a mi mundo alguien le había/ partido la cara. Sangre y fuego”. Así es. ¡Vaya vuelta de vacaciones nos están dando entre unos y otros! Será mejor no mencionar en estas circunstancias el fuego y la sangre, que es como mentar la soga en casa del ahorcado. Ante tanto desatino, cualquier cosa puede ocurrir. Hace mucho tiempo que los numantinos, escarmentados, dejamos la tribu, la disolvimos. Sabemos que no es seguro que no queden escipiones dispuestos a intervenir. Por cierto, siempre he creído y lo he dicho, sin que nadie me haya desmentido hasta ahora, que los sorianos tenemos muchos más motivos para quejarnos que los catalanes. ¿Qué más podemos decir de los pueblos despoblados? Sin embargo, a lo más que hemos llegado es a que alguien, en tiempo de Franco, escribiera una noche en la tapia de la estación: ¡Viva Soria libre! La gran pintada duro poco. Hoy los sorianos, eso sí, nos consideramos más libres que los catalanes porque no pertenecemos ya a ninguna tribu, y -que no se me enfaden mis amigos de Cataluña- con un poco más de “senny” y de humildad que los que han movido la pintoresca e impresionante cadena humana.

Me da pie a decir esto lo que dijo el premio Nobel Vargas Llosa en la presentación en Madrid de “El héroe discreto”, su última novela, a la misma hora que los catalanes salían a las calles y carreteras envueltos festivamente en cuatribarradas. El escritor no pudo contenerse, a pesar de los consejos de Patricia, su mujer, y de la editorial, que le pedían prudencia por razones comerciales. Prevaleció el deber ético. “Salir de la tribu -dijo- es el comienzo de la civilización, del progreso, de la adquisición de soberanía. Pero el llamado de la tribu nunca desaparece y, a veces, es muy fuerte. El nacionalismo es ese regreso a la tribu, es la abdicación de elegir por uno mismo. Ha traido guerras. Es una tara de la que es difícil librarse. Es terrible que el nacionalismo vuelva a sacar cabeza”. En este caso ha movilizado a unos cientos de miles de cabezas, que parecían alegres y confiadas en la intemperie, y que estaban encadenadas.

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