LA SORIA DE DIONISIO

por elcantodelcuco

 

Ha llegado por fin a mis manos la Soria de Dionisio Ridruejo, extraída de su monumental Castilla la Vieja, preciosamente reeditada por Gadir, y a la que he tenido el honor de poner el prólogo. Se trata, como digo en él, de la guía más completa y mejor escrita, a pesar de algunos datos desfasados, de la provincia castellana del alto Duero. En cierta medida su publicación es un desagravio al mejor escritor soriano de todos los tiempos. Otros, excelsos, como Tirso, Machado, Bécquer o Gerardo Diego vivieron en esta tierra y se enamoraron de ella, como otros muchos, pero no nacieron aquí.

Me une a Dionisio un parentesco lejano: el apellido Ridruejo que yo luzco por mi abuela paterna, o sea, en tercer lugar, es nuestra raíz común. Y como de la familia nos reconocimos poco antes de que él muriera prematuramente unos meses antes que Franco, después de una vida ajetreada, de la cárcel al destierro, siempre a la cuarta pregunta. Para los “Ridruejos” acomodados de la banca fue el garbanzo negro de la familia: político, disidente y encima poeta. El escritor y su obra, envueltos en la niebla de la política, padecieron durante largo tiempo el desdén de los que pasaban a su lado, empezando por los de su propia tierra. Como apunto en el prólogo, su estampa menuda, su mirada de serena fragilidad, su cercanía, su calor humano y, sobre todo, el halo de honradez que envolvía toda su figura me impresionaron desde la primera vez que nos encontramos. Pocas personas he encontrado en mi vida con tal capacidad de seducción inmediata por el coraje moral, sin alardes, que traslucía. Toda su vida fue un compromiso ético. Buscó desesperadamente hasta el último suspiro, entre la incompresión de los unos y de los otros, que España se reconiciliara consigo misma y encontrara el camino de la libertad y de la justicia.

La Soria de Dionisio Ridruejo se ocupa con precisión y sobriedad de los distintos paisajes y monumentos. Y uno se sorprende de la cantidad de tesoros escondidos en esta provincia pobre y abandonada. Soria está sembrada de románico como ninguna otra provincia española. Al arte y a la arquitectura se unen en la obra la orografía, los variados estratos geológicos, la riqueza natural, los cultivos, los bosques, la ganadería, el comercio, los cauces fluviales y las comunicaciones. Todo bien trenzado y engarzado en la historia y en la leyenda y con especial atención al tipo humano y a las constantes migraciones. Comarca por comarca -tan variadas, tan interesantes- nada escapa a la curiosidad del autor. Según él, en Soria predomina aún el celtíbero originario, aunque no es raro encontrar rasgos romanos y semíticos. “El tipo resultante -dice- es, por lo general, pequeño, sarmentoso y resistente” y “sus virtudes de sobriedad, sentido práctico, agudeza de juicio y fuerza de razón predominan con mucho sobre la imaginación y la sensibilidad”. No está del todo de acuerdo con Machado en que se trata de “humildes ganapanes sin danzas ni canciones”, pero “tampoco se puede decir que la Soria popular sea una kermesse. Se juega a la pelota en casi todos los pueblos, se baila o bailaba la rueda, se ven toros cuando repica y se chatea con peleón pellizcando escabeche en las tabernillas de bancos de pino”. No sé, no sé. Lo del juego-pelota y la rueda era hace cuarenta años; los toros están de capote caído, y en cuanto al tapeo habría mucho que decir: se mantienen las fastuosas banderillas de escabeche, pero han irrumpido con fuerza los torreznos y otras exquisiteces y me parece que la caña va ganando terreno al chato peleón.

Confieso que me hace especial ilusión este inesperado reencuentro con Dionisio en Soria. Los dos procedemos de las Tierras Altas, donde las aguas van al Ebro y Castilla pierde su nombre. Entre la sierra de Oncala y la Alcarama están nuestros orígenes comunes. Los dos hemos vuelto. Él, aunque nacido en El Burgo de Osma, lo reconoce veladamente cuando se asoma al “honrado Concejo de la Mesta”, donde llegaron a pastar en el siglo XVI tres millones y medio de ovejas trashumantes y ahora no se ve una cabeza de ganado en toda la extensión de la mirada. Ante la vigorosa fotografía de una mujer enlutada de Oncala, con un pañuelo negro en la cabeza y un garrote en la mano, exclama: “Esta descendiente de los pelendones pudiera muy bien ser parienta del autor de esta Guía”. Sabía muy bien lo que decía. “De allí -añade- se pasa a las aldeas pobres y líricas de El Collado y San Andrés de San Pedro Manrique, que dicen mucho al corazón del cicerone, pero quizá no interesen vivamente al viajero. Son pueblos de cantos, pobres y de buena escuela, que se van muriendo y quedarán deshabitados pronto, disolviéndose acaso en el pedregal de la sierra sus graciosas iglesias rurales, de un románico natural sin época ni estilo, y sus casas de tres plantas; la baja para el caballejo y la majada, la media para la cocina y los dormitorios y la última o somera para los granos, aperos y atalajes”. (De San Andrés era mi abuela Braulia Ridruejo, nuestro enlace más cercano). Dionisio adivinó bien lo que venía. Hace tiempo que las escuelas están cerradas. La esquemática y exacta descripción de la casa me lleva a la de Sarnago donde nací y que permanece cerrada y sola, sin esperanza de volver a abrirla.

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