ENCUENTRO EN LA PLAZA DE SARNAGO

por elcantodelcuco

Jacqueline Lacombe, y su marido Claude, ambos profesores en Sarlat, suroeste de Francia, la joya del Périgord Negro, estaban aquel día en Trébago, a cuatro leguas de Sarnago, con Pilar, una amiga riojana que investigaba sobre muelas de molino, cuando recibieron la inesperada llamada de José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación de Sarnago, invitándoles al recital de Abel Vitón “Las Tierras de Alvargonzález”, en la plaza del pueblo. Y como su curiosidad no tiene límites y empezaban a estar fascinados por estas Tierras Altas, allá que se fueron. No quedaron defraudados. Les impresionó la fantástica función en un pueblo deshabitado. Allí les hablaron de mis libros, “Historias de la Alcarama”, “El Caballo de cartón” y “Leyendas de la Alcarama” y no lo echaron en saco roto. No sólo los leyeron ellos sino que durante tres cursos han trabajado sobre estos libros mios sus alumnos de español en Francia. Y así fue como el pasado sábado, día 21 de septiembre de este año de gracia, festividad de San Mateo, tras una parada en Oncala para visitar los famosos tapices y  comer -no podían faltar el cordero y las migas del pastor- se presentaron en un microbús con sus alumnos franceses, todos adultos, y con sus amigos riojanos en la plaza de Sarnago, con la emocionante idea, que a nadie pareció disparatada, de leer allí, in situ, con la escuela detrás y mi casa enfrente, fragmentos escogidos de los tres libros, con el autor delante, de cuerpo presente, que no salía del asombro y del aturdimiento.

La tarde era luminosa y cálida. Envolvía al pueblo un silencio acogedor. Observé un reguero de cagarrutas al entrar en la plaza. No había duda: había cruzado las calles un rebaño de ovejas. Su rastro permanecía también en el aire. ¡Gran novedad! Sentí una extraña alegría por dentro, como si las manecillas del reloj hubieran dado de pronto marcha atrás. No todo está perdido, pensé. El pasado no ha muerto del todo. Hoy es siempre todavía, etcétera. ¿Volvería a oir los balidos y los cencerros? En fin…, me pareció, iluso de mí, una buena señal. No importaba que la piara -¿de quién sería?- ensuciara la calle si alegraba el alma. Para mayor satisfacción vi en la esquina de la plaza un perro suelto como entonces.

El público se acomodó en las sillas. No faltaban gentes del pueblo y de pueblos vecinos. De San Pedro Manrique habían subido, por ejemplo, los hijos y algún nieto del Mario, personaje inolvidable de mi infancia que venía a vender fruta, cacharros y pescado -sardinas y chicharro mayormente-, éste, en cajas de madera envuelto en hielo. El Tuto, su ayudante, pregonaba por las esquinas con voz suave y dulce: “El cacharreroooo”… Y empezó la singular función. Jacqueline Lacombe, verdadera protagonista de la iniciativa y maestra de ceremonias, explicó así el encuentro con mis libros: “Tuvimos la sorpresa y la emoción de encontrar en su mundo rural de antes de los años 60 el mismo que habíamos conocido nosotros con nuestros abuelos, en una época límite con lo medieval, en la que los campesinos vivían usando la hoz, la guadaña, el mayal… que servía para desgranar el trigo, la avena, las habichuelas en la era. La única diferencia era el uso del trillo, que no conocíamos en nuestras comarcas. Vimos también la matanza, tal como la describe, los bailes de la fiesta, oímos los cantos…Tenían una importancia en la vida cotidiana el reloj de pared que da las horas, el toque de oración de las campanas de la iglesia, las llamadas usando el cuerno…Y todo envuelto en la poesía de las delicadas flores silvestres, del trino de los múltiples pájaros, del soplo del viento en las ramas, del murmullo de los manantiales…”

Después cada uno, hasta una veintena, leyó el fragmento del libro elegido o designado. Las voces sueltas y cantarinas de los riojanos y las esforzadas de los franceses, prevalentemente femeninas, se sucedían armoniosamente, golpeando sin misericordia el cansado corazón del autor, que observaba mientras tanto a algunos vecinos del pueblo, como el Boni, ochenta años, limpiándose disimuladamente las lágrimas, según discurría la lectura. ¡Cuántos recuerdos! ¡Cuántas emociones! Y se fueron sucediendo los relatos: Había una vez un pueblo, la casa, el reloj, las campanas, el viaje, las noches de invierno, el trasnocho, la madre, el dia que quise coger el sol, la escuela, las móndidas, el esquilo… El cantautor riojano Michel García, puso el subrayado justo con su hermosa voz y su guitarra. Me conmovió especialmente la canción de la era vacía. Bernard Salingardes, que no pudo venir, envió el siguiente mensaje: “Juntos disfrutad y guardad en la memoria los paisajes y las impresiones que Abel Hernández supo compartir con sus lectores”. (Gracias, Bernard, desconocido amigo). Después la Asociación hospitalariamente, como acostumbra, puso una mesa larga en medio de la plaza y compartimos todos -franceses y españoles- la merienda y el vino, mientras empezaba a levantarse un vientecillo fresco de la Alcarama y el sol se ponía, encima de Oncala, por la Sierra azul violeta.

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