LA CAZA

por elcantodelcuco

 

La caza era uno de los placeres del otoño en el pueblo. Una distracción que todos considerábamos inocente. Todavía no había cotos ni otras cortapisas. Aún existía el campo libre. Las hermosas aves de rapiña se consideraban entonces alimañas que había que eliminar para proteger la caza, y en el Ayuntamiento te daban unas pesetas de premio si llevabas un aguilucho muerto o unos huevos de águila, de urraca o de cuervo. Así que desde niños nos volvíamos depredadores. La veda no se respetaba demasiado, o sea que, con más frecuencia de lo debido, ejercíamos de furtivos, a veces con la complicidad de la guardia civil. Recuerdo que más de una vez proporcionó el tio Sotero escopetas, llevadas escondidas bajo la ropa, a la pareja en un lugar convenido y discreto del monte, y “El Cazalla” y su compañero dejaban su tricornio de charol y se unían furtivamente a la partida formando ala con los demás en la ladera tras el bando de perdices. El cazador amaba a los animales, disfrutaba de la naturaleza y la camaradería, cazaba para comer, evitaba prolongar el sufrimiento del animal herido -cuántas veces he visto esto con una codorniz o una perdiz alicortas- y despreciaba al lacero que ponía al anochecer lazos traicioneros en la vereda al paso de las liebres y volvía sigilosamente al amanecer en busca de su recompensa.

El otro día, en la plaza de Sarnago, el Boni, ochenta años, una buena escopeta, me contó una historia de mi abuelo que yo no conocía y que ocurrió allí mismo. El hombre era ya viejo. Andaría, también él, por los ochenta. Hacía un tarde de perros, uno de esos días que sopla el cierzo y levanta un algarazo detrás de otro. Don Joaquín, el maestro, que vivía enfrente, se lo encontró en la plaza y le propuso: “¿Qué, señor Natalio, se anima a echar mañana pronto una partida de caza?”. “Por mí, hecho”, le respondió. El abuelo Natalio era un hombrachón fuerte, que no se abrochaba el cuello de la camisa ni en pleno invierno. Aún no había salido el sol cuando se presentó en la puerta de la casa del maestro con su escopeta, la cartuchera, el morral y el perro (el Boni dice que el perro se llamaba “Pinto”). Llamó a la puerta. Apareció el maestro en la ventana. “¿Nos vamos, como quedamos? Creo que ya es hora”. Don Joaquín se excusó: “¿Con este día? ¡Se lo decía en broma, hombre! Ande, vuelva a la lumbre”. Pero el abuelo se despidió cortésmente del maestro, se apretó la boina para que no se la llevara el viento y siguió solo su camino. Aún no había recorrido doscientos metros y sin salir del pequeño ulagar de lo somero del ejido, cuando el “Pinto” se picó, él levantó los gatillos de la escopeta del 16, el perro zigzagueó cada vez más aceleradamente entre los matojos y no tardó en arrancar la liebre. El abuelo se echó la escopeta a la cara, bastó un disparó y la liebre dio la voltereta. “¡Tráela!”, le ordenó al perro. Y volvió a la puerta de la casa del maestro. No había pasado un cuarto de hora. Llamó. Apareció don Joaquín en la ventana. “¡Mire!”, le dijo, al tiempo que sacaba la liebre del morral. Después acarició al “Pinto” y entró en casa riéndose por lo bajo 

En casa, siempre que se cazaba una liebre, se reunía toda la familia a cenar. La cena consistía invariablemente en un sabroso calderillo de liebre con arroz. La cabeza era para el cazador. Y las mazas se escabechaban. Para los niños significaba una pequeña fiesta. Y también para los mayores. Los cazadores -el abuelo y los tios- contaban fantásticas historias de caza, en las que la imaginación tenía un papel determinante. Se repetía siempre la historia del abuelo cuando, estando bebiendo agua de bruces en la fuente del “Tio Eugenio”, furtivamente, claro, con la percha de perdiganas al cinto, vió reflejados los tricornios en el manantial. Como un autómata, dio un salto y tomó las de villadiego, ignorando la voz de ¡alto!, sin que los guardias lograran cazarlo. O la liebre que mató el tio Co con la “tuerta” en la Bardera a noventa metros y cayó a la parte de allá de la pared. O la que trajo a casa, cruzada en la boca, el “Sagasta”, el perro que hacía de cartero entre la casa de Sarnago y la de los tios en La Ventosa a una legua larga por veredas del campo y por barrancas, y que, aunque muchos lo intentaron en el recorrido, nadie consiguió arrebatársela de su boca al fiel e inteligente animal, que depositó la caza, cuando llegó al corral de la casa, en manos de su amo.

Las mujeres jugaban a la brisca. Los dos temas recurrentes de conversación entre los hombres eran la mili y la caza. Ahora, en la ciudad, es el fútbol. Se acabó la mili y en los pueblos no hay caza ni quedan cazadores. Los que quedan son demasiado viejos. El campo está acotado para los señoritos de la ciudad. Eso dicen. Personalmente, cuando comprendí que no necesitaba ya la caza para comer, perdí la afición, perdí también la inocencia -o la recuperé, no lo sé-, el caso es que me sentí culplable y colgué definitivamente la escopeta. ¿Que diría hoy Miguel Delibes, con el que mantuve largas conversaciones? ¿Comprendería mi renuncia a matar animales, mi abandono del ancestral y noble deporte de la caza? Sólo las aves rapaces, sobreprotegidas, se enseñorean del cielo y de los campos de Castilla. Pero en estas noches de luna podemos acercarnos al monte y escuchar, en medio del silencio, como un largo lamento, la berrea de los ciervos en celo.

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