EL DESPACHO

por elcantodelcuco

Llevo un buen rato, puede que media hora larga, observando la página en blanco en el ordenador delante de mis narices, encabezada con “El canto del cuco”. No se me ocurre nada. Acaricio “El archipiélago” de Hölderlin, esa joya que siempre tengo a mano. Acudo, supongo que desesperadamente, a su compatriota Schiller y, para estimularme, leo con desgana en su “Guillermo Tell”: “Lo viejo se derrumba, los tiempos cambian y sobre las ruinas florece una nueva vida”. ¿En serio? ¿ Acaso sobre las ruinas de Sarnago -pienso para mí- y sobre el derrumbamiento del mundo rural florecerá algún día una nueva vida más humana, más confortable, más fraternal? Lo que yo pienso pertenece a todos; pero lo que yo siento es sólo mio. Así que me callo y con mi pan me lo como. No conviene confundir las cosas. También advierte el poeta alemán: “Todo lo nuevo, incluso la felicidad, causa espanto”. ¡Pues eso! Vuelvo a quedarme en blanco. Observo los rimeros de libros amontonados en las estanterías del despacho, apilados en doble fila, desparramados por las mesas y por el suelo. No hay tiempo para leer tanto libro ni queda tiempo para contemplar tanto paisaje hermoso, completamente desconocido. El tiempo -me invade momentáneamente la melancolía- es un tesoro que se me acaba con la implacabilidad del cruel e imparable tictac del reloj.

Miro por la ventana de la buhardilla, situada en el techo a la izquierda de mi mesa, justo encima del sofá tapizado con motivos vegetales. El cielo está ligeramente nublado, apenas un cendal gris, otoñal. Por el ventano penetra una luz tibia, blanca, horizontal, y en medio emerge la copa del abeto del jardín del vecino, que seguramente fue hace veintinco años un arbolito de Navidad comprado en el supermercado. También el ficus que tengo delante de mi mesa, plantado por Pilar en un gran macetón, ha crecido tanto que alcanza casi el techo y tapa en parte el grabado de Saura -un horroroso Felipe II-, un valioso cuadro colocado en la pared de las escaleras para que no se asustaran los niños ni las visitas. Por las escaleras suben las plantas de peldaño en peldaño. Así me siento más cerca de la naturaleza, elemento imprescindible de mi vida, añoranza, supongo, de mi infancia en el pueblo. Además el suelo que piso es de roble traído, según me dijeron los entarimadores, de los montes de Soria. Así me parece que piso más seguro y el despacho se convierte en una estancia más cálida y acogedora.

Continúo con la mente en blanco. Repaso los objetos y los recuerdos: el gracioso sillón verde de mimbre, la mesita cuadrada con fotos familiares, alguna, ay, desvaída ya por el sol, el telescopio, la gran portada de cartón con soporte de mi libro “Suárez y el Rey”, la vieja televisión en el suelo, el teléfono antiguo pintado con flores, el pequeño reloj azul de pared, la colección de búhos, la foto del cerro del Castillo y del cementerio de Sarnago en la estantería y,en un pequeño soporte, la de la fachada de la casa en la plaza del pueblo… Observo sobre mi mesa desordenada en lugar preferente la escultura de bronce de Tino Izquierdo, un cuadrúpedo sin cabeza de misteriosa identificación, herencia de un mito legendario para invocar seguramente la protección de los campos y del ganado. Contemplo a mi derecha las realistas estatuas de terracota del Gordo y el Flaco, los personajes que tanto me hicieron reir en mi primera juventud. Vuelvo a leer la dedicatoria de Rafael Alberti “a mi amigo Abel Hernández” en el cartel de los cursos del Escorial, dibujado por él. Me fijo por primera vez con detalle en el gran mapa antiguo, que adorna la pared de la derecha, de Claude Auguste Berry, impreso en el Instituto Geográfico Nacional. Y me detengo, enfrente, en la repisa donde está la arqueta aquerada de mis recuerdos de niño, rodeada por viejos libros sacados del arcón de la casa de Sarnago y, en lugar preferente, las fotos de los abuelos y de mis padres. Me paro en la imagen de mi madre, con el pelo blanco y el abrigo oscuro. La próxima semana cumplía años.

Miro otra vez por el velux de la buhardilla. El cielo ha ido cubriéndose de nubes espesas. La tarde se ha vuelto gris. Cierro los ojos. Dejo de recorrer el despacho, el entorno de mi paisaje interior, el nido del cuco, sin que se me ocurra nada. Le doy a la tecla de publicar y lo mando así. No sé a quién puede interesar esta entrada del blog, esta angustia de la página en blanco.

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