LAS PEQUEÑAS COSAS

por elcantodelcuco

Una leve sugerencia del sabio Tejerina a propósito de mi última entrada “El despacho”, me ha llevado inmediatamente a la “Oda a las cosas” de Pablo Neruda. No hace falta mucha reflexión para caer en la cuenta del valor de las cosas pequeñas en la existencia humana. No sólo las inmateriales -una sonrisa inesperada, una mirada comprensiva a tiempo, un comentario oportuno aquí en el blog, una palabra amable en momentos oscuros…- sino las materiales y cotidianas: la mesa, la lámpara de la mesilla de noche, el llavero, el bolígrafo, el teléfono móvil, el gastado sillón, el libro releído, el viejo jersey de andar por casa, hasta el ordenador… A fuerza de tocarlos con nuestra manos frias o sudadas, a fuerza de rozarlos, de usarlos, de sentirlos como propios, se convierten en objetos a los que hemos transferido una parte de nosotros mismos. No es de extrañar que estas pequeñas cosas hicieran exclamar al poeta chileno:

Amo las cosas loca,

locamente,,

las tijeras,

adoro

las tazas,

las argollas,

las soperas,

sin hablar, por supuesto,

del sombrero(…)

Ay cuántas

cosas

puras

ha construido

el hombre:

de lana,

de madera,

de cristal,

de cordeles,

mesas

maravillosas,

navíos,escaleras (…)

Y concluye así Pablo Neruda su larga oda, aquí apenas insinuada:

muchas cosas

me lo dijeron todo.

No sólo me tocaron

o las tocó mi mano,

sino que acompañaron

de tal modo

mi existencia

que conmigo existieron

y fueron para mí tan existentes

que vivieron conmigo media vida

y morirán conmigo media muerte.

Los versos de Neruda me acompañaron el otro día camino de Soria y me siguen resonando por dentro. Si hay una provincia que huye de la grandilocuencia, de la barroca exaltación, de la épica a trochimoche, esa es Soria. Por eso sus poetas cantan las cosas pequeñas: el sayal pardo de los campos en otoño, la yunta de bueyes que se pierden lentamente en la acuarela del crepúsculo, la venta del camino, el humo de la chimenea, el rio, los álamos dorados de la orilla, el último santero de San Saturio, el olmo viejo hendido por el rayo, el oscuro encinar lejano, la lluvia en los cristales, la caída de las hojas en el parque, las voces de los niños recitando en la escuela la tabla de multiplicar…

Digo que estuve en Soria. Como todos los años por estas fechas nos reunimos a comer la familia en la tasca del Goyo en Garray, cerca del puente, que tanto asombró mi niñez, donde se juntan el Duero y el Tera. Es aquí el punto exacto en que los rios del Valle y de la Cebollera dan al Duero niño el certificado de nacimiento como rio mayor de Castilla. Esto sucede al pie del solitario cerro de Numancia. Una cuadrilla de cazadores animaba el cotarro en el centro del comedor. Los tres nietos ocupaban lugares preferentes en la mesa. Faltaba Noa, la pequeñaja, que no pudo venir de Australia. La pequeña Tiziana, subida en su trona, lloraba, extrañando el escenario, hasta que probó la comida; su hermana mayor, Carlota, tres años, engullía con apetito, y Roque, el más pequeño, no perdía en ningún momento el buen temple junto a su embelesado abuelo. Los mayores, en buena armonía y con buen vino, dábamos cuenta del menú acostumbrado: la cazuela de las sabrosas setas del cardillo, la fuente compartida de picadillo ligeramente picante, y los platos principales, palabras mayores: las alubias blancas con las verdes guindillas en vinagre al lado y las imprescindibles chuletas de cordero. En la sobremesa mi hermano, como de costumbre, hacía el conejo con la servilleta. Después nos fuimos al monte a echar la tarde en busca de níscalos y boletus. Nos volvimos alegres con la cesta vacía y un cestillo de moras. Fue entonces cuando pensé que la mayor parte de las veces la felicidad se construye con la rutina amable de las pequeñas cosas.

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