El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: noviembre, 2013

LA ENTRADA NÚMERO 100

 

Hoy no queda más remedio que hacer balance. El canto del cuco cumple dos años. Esta es la entrada número 100. Como se ve, un número redondo. Hasta este preciso momento, 11 de la mañana del martes 26 de noviembre, el blog ha recibido 41.726 visitas, una cifra abrumadora. Abril y noviembre han sido los meses más fértiles. En este tiempo se han publicado 1.731 comentarios y han sido rechazados por spam 1.152. Encabeza la larga lista de comentaristas José Luis Tejerina con 102 aportaciones, seguido de Chiqui con 75, Mercedes Albizua y Egbe, ambos con 52, y Javier Crespo, con 33. Este es el podio. Pero la nómina de los que han participado en este amplio círculo de amistad, compartiendo ideas y sentimientos, es interminable. Es preciso reconocer y recalcar que los comentaristas han elevado el interés y la calidad de este espacio hasta extremos que admiten poca comparación en la Red. Este rincón humilde se ha transformado en ágora. A todos, mi gratitud sincera. También a los que forman la muchedumbre variopinta y dispersa, de dentro y de fuera de España, que han seguido el blog asidua y calladamente con curiosidad y a los que, como la Asociación de Amigos de Sarnago, Cristina Almansa, Sara, Mireya, “El camino de los yangüeses”, etcétera, han propagado cada entrega generosamente en facebook, en twitter o en su página web, difundiendo este quejumbroso canto del cuco en el ciberespacio.

En este tiempo he seguido anotando en mi cuaderno gris sucesos y experiencias de hoy mismo relacionándolos con recuerdos de la infancia. En la endemoniada dialéctica campo-ciudad, yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos perdidos, por la profunda belleza de las ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por los frutos del huerto familiar, por la naturaleza escondida, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar la puerta de su casa y marchar a la ciudad. Mi memoria y mi corazón, algo cansado, se han ido irresistiblemente a Sarnago, la patria de mi infancia, al pie de la Alcarama. Nadie podrá decir que no soy leal a mis orígenes. Pero en este llanto por un pueblo van incluidos todos los pueblos muertos o agonizantes y el conjunto de la milenaria cultura rural, que ahora desaparece.

En este tiempo, siguiendo el curso de las estaciones, he tratado de rescatar el paisaje que, aun siendo un estado del espíritu, es casi lo único reconocible, y también las palabras, las hermosas palabras del pueblo. He vuelto a escuchar el lenguaje de los pájaros y de la tierra. Me he acercado a los tipos humanos de carne y hueso: el Zacarías y la Romana de Valdenegrillos, el Calonge de San Pedro, el Isidro y el Moisés de Valdegeña, don Juan, el maestro, don Higinio, el médico…He subido a la Alcarama. He vuelto a ver salir humo de las chimeneas. He contemplado la primera nevada. He asistido a la corta de la leña en la dehesa. He recordado el amor de los abuelos. He ayudado a don Matías a poner el belén, y la noche de San Silvestre he estado en la fuente “echando los novios”. He pasado muchos ratos en la cocina encendida. He vuelto a ver la gran nevada cubriendo las ruinas del pueblo como un piadoso sudario. He seguido en el cielo el paso y la vuelta de las grullas. Me he encontrado en la puerta con el afilador. Como de niño, he vuelto a oler a hornija y a pan. He consultado el Calendario Zaragozano. He recogido en Semana Santa las cenizas del Cristo. He plantado un huerto con mi propia mano. He bailado en la fiesta de las móndidas. He defendido la escuela rural con razón y con rabia. He escrito una fábula tremenda. He recordado aquellas vacaciones, aquellos dias azules, aquel sol de la infancia. He recorrido la rastrojera calcinada, he acarreado la mies a la era y he trillado la cosecha. He contado indiscretamente que mi abuelo tenía un burro. He maldecido las máquinas que vaciaron los pueblos. He disfrutado del rito familiar de la matanza. He contemplado el otoño dorado de Sara y me ha entrado una indisimulable melancolía en mi otoñal cumpleaños.

He completado así dos veces la rueda de las estaciones. ¿Y ahora qué? Lo razonable sería cerrar este cuaderno gris y guardarlo en la arquita aquerada de las intimidades. Es la tentación que siento. Ya está todo dicho. Que el cuco se vaya con su cu-cu cargante y monótono a otra parte. Por si fueran pocas las dudas y las pesadumbres, acaban de robar descaradamente el nombre de El canto del cuco –nuestra seña de identidad- para titular con él una dudosa novela, con seudónimo, de J.K. Rowling, la autora de Harry Potter. Aparentemente, un serio contratiempo, aunque, bien mirado, esa puede ser una buena razón, un estímulo inesperado, para seguir nuestro rural camino de herradura, despacito y buena letra, sacando gratis sueños de la alforja mientras el cuerpo y ustedes aguanten. Al fin y al cabo, este blog ya no es sólo mio. ¡Ah!, y nosotros estábamos aquí primero. ¡Qué demonios! Propongo que brindemos con un vaso de buen vino.

CUMPLEAÑOS EN OTOÑO

 

Sin saber cómo ni por qué, llega un dia en que cumplir años deja de ilusionarnos, más bien nos decepciona, nos fastidia. Es un aviso interior inesperado y cruel, que se repite con más fuerza cada año que pasa. El caso es que en ese fatídico cumpleaños primero en que ocurrió el cambio de perspectiva, en medio de la alegre celebración familiar, uno comprobó de repente con una extraña lucidez que el reloj de arena se había dado la vuelta y su vaciado se aceleraba peligrosamente. Parecía que el tiempo se había vuelto loco. Su maquinaria aparecia demasiado bien engrasada e inexorablemente acelerada, en vez de estar herrumbrosa y lenta, como parecería lógico si había de ir acompasada con el corazón y el ritmo cansino de la ancianidad. “Tempus fugit”. Huye el tiempo y se nos escapa de las manos como el agua del grifo. Lo peor de todo -o lo mejor, según se mire- es que nos iremos y seguirán los pájaros cantando.

Uno se percata cada año que pasa de que el camino que tiene por delante es más corto que el que le queda a la espalda. Cada vez es más corto.Y la sombra que proyectamos al andar es cada vez más alargada, aunque estemos aparentemente en buena forma y caminemos aún con brio y sin cachava. ¿Qué hacer? Toca disimular en medio de la fiesta, nos reimos, tratamos de distraernos, nos consolamos con eso de que lo bailado no hay quien nos lo quite y con el orgullo vano de haber llegado hasta aquí, y no como otros compañeros de viaje que han ido quedándose en el recorrido. Pero el roerroe va por dentro y se impone la evidencia con hiriente claridad: en vez de un año más, tenemos un año menos. Cuando la curva de la vida deja de subir e inicia el descenso, en vez de cumplir años, los incumplimos o descontamos. Si a mí me dicen “un años más, ¿eh?”, y me quieren tirar de las orejas, les diré: “¡No!, un año menos”. Esa es la realidad. Es ley de vida, dirá el optimista. Es ley de muerte, replicará el pesimista. Y los dos llevan razón. ¡Cumpleaños feliz!, nos cantan. ¿Por qué hay que empeñarse en que todos los cumpleaños sean necesariamente felices? ¿Qué hay que celebrar? ¿El hecho de haber llegado hasta aquí? ¿Lo que hayamos hecho de provecho en nuestra vida? Pues parecería más apropiado celebrar todo eso -si hay, ya digo, algo que celebrar- y hacer balance definitivo cuando hayamos muerto y no queden ya más cumpleaños por delante. Entonces sí estaría bien una gran celebración como hacen las comunidades primitivas y sugieren los santos.

¿Que a qué viene hoy esta reflexión otoñal y sombría? Pues a que escribo el día de mi cumpleaños, que cae, como se ve, en otoño, cuando caen las hojas, y ese día acostumbro, de unos años a esta parte, a ponerme sentimental y filosófico. O sea, melancólico. No me hagan, pues, mucho caso. Como ya conocen muchos, nací en Sarnago tal día como hoy, 19 de noviembre, en plena guerra civil, en una casa sin luz eléctrica ni agua corriente. Estaba nevando. El tio Co, según contaba él, año tras año, mientras tomábamos el chocolate y los rosquillos de la celebración, casi revienta el caballo para bajar a San Pedro Manrique a avisar a don Higinio, el médico, que subió al galope a atender a mi madre. Siempre me han dicho que el parto venía difícil y que fue casi un milagro que yo llegara con bien a este mundo. Logré ver la luz mientras docenas de jóvenes españoles morían estúpidamente a la misma hora en las trincheras.

Dicen que lloraba sin parar. A mi madre no le subía la leche. Una mujer de las que acompañaban a la parturienta, dijo: “Este niño tiene hambre”. Yo seguía llorando desconsoladamente. Otra mujer de la concurrencia no aguantó más y saltó: “Por Dios, dadle algo para que se calle”. Y alguien trajo de la cocina una onza de chocolate, que yo chupé con fruición, y me callé. Fue mi primer alimento en esta tierra. Y aquí ando. No me ha ido mal en la vida. Aún me siento en forma. No puedo quejarme. Tengo una maravillosa mujer, seis hijos, cuatro nietos, un hermano entrañable, una estupenda familia mucho más amplia, un blog y algunos amigos. Me ocupo en escribir, que es lo que he deseado siempre y que es casi lo único que sé hacer, aparte de leer, viajar, dar de comer a los pájaros, encender el fuego y comprar el pan cada mañana. La melancolía, de que he dado muestra hoy, en esta fecha señalada, no me impide ser razonable o insensatamente feliz. Además confieso que mantengo la esperanza de sobrevivir un día en un lugar misterioso más allá de las estrellas.

LA MATANZA

“A cada cerdo le llega su San Martín”. En estos días de Noviembre, coincidiendo con la fiesta del popular santo de Tours, el que dio la mitad de su capa a un mendigo aterido de frio a las puertas de la ciudad de Amiens, y con la primera nevada espolvoreando las sierras de las Tierras Altas, se inauguraban en el pueblo las matanzas. Hasta allí no habían llegado aún los frigoríficos. Las familias se contentaban con la fresquera, un cajón con una red tupida de alambre para que no se cagara la mosca en la carne fresca y que solía colgar del techo. Había que aprovechar el primer ramalazo del invierno adelantado, que obligaba a la pelliza y al tapabocas para salir de casa. Era la oportunidad esperada. El cebón ya no ganaría más arrobas y la necesidad apretaba: la tinajilla de la conserva estaba vacía en la alacena, no colgaban ya vueltas de chorizo de las varas de la cocina y hacía tiempo que se había consumido el último pernil de tocino. Así que lo mejor era reabastecer la despensa cuanto antes. En resumidas cuentas, lo ideal para fijar la fecha esperada de matar el cerdo, capado y cebado todo el año para la ocasión, era la llegada del tiempo frio y seco, con “las piedras atadas y los perros sueltos” en la calle, la escarcha en el ejido y las noches claras, con las estrellas brillando en el cielo como alfilerazos de luz.

Muy de mañana resonaba en todo el pueblo el chillido desesperado de un cochino, arrastrado en el portal de una casa hasta el ancho banco de la matanza. Toda la familia, mayores y pequeños, contemplaba el rito semisagrado del sacrificio del cerdo, mientras su sangre caía a borbotones sobre las sopas de pan de la gamella, cortadas de la hogaza la noche anterior, con las que se prepararían luego las dulces morcillas. El matarife y la víctima se mantenían unidos hasta el final, en una extraña comunión, mediante el gancho de hierro que iba del garganchón del indefenso animal a la pierna del hombre. Visto desde la distancia, aquello podría parecer un acto de crueldad, de maltrato animal y hasta de sadismo. Pero en aquellos tiempos era para todos nosotros un acontecimiento festivo, primitivo por supuesto, cargado de inocencia, un reflejo fiel del ciclo natural de la vida y de la muerte, una celebración cargada de humanidad. En conjunto, uno tiene serias dudas de que la conciencia moral de los seres humanos haya mejorado de entonces a hoy.

Una vez muerto el cerdo, se somarraba en el corral con paja de bálago de centeno guardada desde el verano, y después se lavaba su cuerpo con agua caliente y se raspaba su piel con tejos hasta dejarla limpia y tersa. La operación siguiente consistía en vaciar las entrañas del animal. Les tocaba a las mujeres de la casa iniciar, a partir de aquí, su ardua tarea. Tenían que lavar las tripas en la fria corriente del rio y se disponían a llenar y coser las morcillas y a cocerlas en la gran caldera de cobre colgada de las llares o colocada sobre el trébede en la lumbre. El cuerpo abierto del animal, con la manteca sostenida con estaquillas, quedaba expuesto en un cuarto cerrado para que se oreara. Y al día siguiente, llamado dia de la “cachuela”, se procedía al despiece, a hacer los chorizos, siempre con pimentón de la Vera, al adobo de los jamones, lomos y costillas, y a la gran celebración gastronómica: la oronda morcilla, rellena de pasas y piñones, rezumando en la parrilla; los primeros somarros a la brasa, las fastuosas sopas de hígado con especias… El humo de la lumbre y el vino del porrón humedecían y alegraban los ojillos de los hombres y no entristecían los de las atareadas mujeres. La verdad es que todos estábamos alegres. Y a los niños nos encargaban el grato deber de ir a llevar el “presente” -una media fuente, cubierta de paño blanco de hilo, con un par de morcillas, un solomillo, un trozo de tocino fresco…- al maestro, al cura, al vecino de enfrente y a algunas familias necesitadas.

Del cerdo se aprovechaba todo, del rabo a la cabeza, de la piel a las entrañas. No se tiraba nada. Era el animal totémico, la base proteínica de la despensa de los campesinos. En aquellos tiempos de austeridad y de penuria, se consideraba un despilfarro imperdonable dejar nada en el plato, salvo los huesos mondos y lirondos para el perro. Acabo de leer que ahora, según la Comisión Europea, España, con las matanzas prohibidas en las casas, desperdicia 7,7 millones de toneladas de comida al año. O sea, va a la basura el 30 por ciento de lo que producimos. Y un detalle: el desaprovechamiento o despilfarro de alimentos baja muchísimo en los hogares habitados por personas de más de sesenta años. Por algo será, digo yo. Será acaso porque venimos de otros tiempos de austeridad y porque, a la fuerza ahorcan, se trata de una generación que ha sido educada de otra forma. Para sobrevivir no dependíamos del supermercado sino del grito del cerdo por San Martín en el banco de la matanza.

LA MEMORIA DEL PUEBLO

Los pueblos también tienen memoria. En muchos casos es lo único que queda bajo las ruinas y la desolación. El camino que conduce al rio, el campanario sin campanas, el olmo seco, las eras vacías, el cencerro de las ovejas olvidado en un rincón del portal, el trillo arrumbado, las viejas tejas de la casa con musgo, la puerta de la ermita, el lavadero abandonado, la fuente, las ruinas del viejo molino…Detrás de cada sitio y de cada objeto hay un mundo entero, un mundo escondido, desconocido e invisible para el que no haya vivido allí. Es la memoria de las cosas, que constituye lo más parecido al alma del pueblo. Este sólo acaba muriendo cuando se ha perdido completamente su memoria. Es entonces cuando el viajero de la ciudad, un desconocido, caerá un día por el pueblo casualmente, con la mochila al hombro. Y paseará por las calles desiertas mirándolo todo con curiosidad y acaso con una pizca de sorpresa. Seguramente sacará su cámara digital e irá fotografiando las ruinas y los rincones que más le llamen la atención, pero sin que alcance a descubrir la vida callada que viene de lejos, de muy lejos.

Casi con estas palabras he iniciado el prólogo de un libro de José Antonio Alonso, en el que el autor , con ojo de ingeniero y corazón de escritor, relata minuciosa y exhaustivamente la historia, en varios tomos, de la memoria de su pueblo, Serón de Nágima, un pueblo soriano asentado en la meseta celtibérica por el que anduvieron los romanos -su nombre lo canta-, los moros, los judíos, los visigodos cristianos…Aún quedan en sus caminos las huellas de los arrieros y trotamundos. Para orientarme, cuando me pidió el prólogo, -últimamente no gano para prólogos y rendición de homenajes- me explicó que lo que pretendía con la obra era “recopilar por escrito las costumbres y modos de vida de mis antepasados para que no se pierdan y sean conocidos por las nuevas generaciones”. Tanto él como yo somos testigos, los últimos testigos, de una civilización que muere. Y nos dedicamos a hacer el inventario. ¿No les parece significativo y revelador del final de una era el hecho de que tantos escritores, de distinto pelaje y condición, nos ocupemos, sin habernos puesto previamente de acuerdo, de estas tierras desérticas, de estos pueblos agonizantes? Nos ha tocado la tarea ingrata de escribir la testamentería del mundo rural, que se parece a una guia turística como un huevo a una castaña. Conviene no confundirse.

Con este libro de Alonso en la mano, volveremos a sentir el vaho de la majada, oiremos el balido y los cencerros de las ovejas, recorreremos las antiguas vias pecuarias, diluidas en la árida meseta, nos acercaremos, vestidos de fiesta, a la ermita de la Virgen de la Vega, nos toparemos con el último santero, volveremos a escuchar el lenguaje de las campanas, nos sorprenderá el estruendo de aquellas riadas, no faltará, aquí y allá, el amargo recuerdo de la posguerra, con los despiadados ajustes de cuentas, el racionamiento, el estraperlo, los delegados y la entrega de la maquila al molinero. No faltará tampoco el relato de aquel crimen horrible en la misma aceña ni la leyenda picante de la molinera, que corrió durante mucho tiempo de boca en boca y hasta anduvo en coplas de ciegos. Casualmente la primera vez que me encontré con José Antonio Alonso y su hijo Alejandro fue en la Casa de Soria en Madrid y hablamos de molinos. A ellos y a mí nos atraían poderosamente, y nos siguen atrayendo, la estructura, la historia y el entorno de estos antiguos edificios singulares, ahora en declive y muchos, ay, ya arrumbados en las orillas de nuestros rios. Así que junto al rumor del agua y el ruido monótono de la tolva, todo hay que decirlo, nació nuestra amistad, un lugar tan apropiado como otro cualquiera.

Más que el valor localista, no hace falta mucho esfuerzo para percibir en este tipo de relatos, como los que yo procuro hilvanar sobre Sarnago y las Tierras Altas, el latido desfalleciente de todo el mundo rural: su carácter universal. Si no, serían de vuelo corto y corto recorrido. La memoria, también de los pueblos, es el último recurso para la supervivencia. Lo dice muy bien Borges:

Más allá del azar y de la muerte

duran, y cada cual tiene su historia,

pero todo esto ocurre en esa suerte

de cuarta dimensión, que es la memoria.