LA MEMORIA DEL PUEBLO

por elcantodelcuco

Los pueblos también tienen memoria. En muchos casos es lo único que queda bajo las ruinas y la desolación. El camino que conduce al rio, el campanario sin campanas, el olmo seco, las eras vacías, el cencerro de las ovejas olvidado en un rincón del portal, el trillo arrumbado, las viejas tejas de la casa con musgo, la puerta de la ermita, el lavadero abandonado, la fuente, las ruinas del viejo molino…Detrás de cada sitio y de cada objeto hay un mundo entero, un mundo escondido, desconocido e invisible para el que no haya vivido allí. Es la memoria de las cosas, que constituye lo más parecido al alma del pueblo. Este sólo acaba muriendo cuando se ha perdido completamente su memoria. Es entonces cuando el viajero de la ciudad, un desconocido, caerá un día por el pueblo casualmente, con la mochila al hombro. Y paseará por las calles desiertas mirándolo todo con curiosidad y acaso con una pizca de sorpresa. Seguramente sacará su cámara digital e irá fotografiando las ruinas y los rincones que más le llamen la atención, pero sin que alcance a descubrir la vida callada que viene de lejos, de muy lejos.

Casi con estas palabras he iniciado el prólogo de un libro de José Antonio Alonso, en el que el autor , con ojo de ingeniero y corazón de escritor, relata minuciosa y exhaustivamente la historia, en varios tomos, de la memoria de su pueblo, Serón de Nágima, un pueblo soriano asentado en la meseta celtibérica por el que anduvieron los romanos -su nombre lo canta-, los moros, los judíos, los visigodos cristianos…Aún quedan en sus caminos las huellas de los arrieros y trotamundos. Para orientarme, cuando me pidió el prólogo, -últimamente no gano para prólogos y rendición de homenajes- me explicó que lo que pretendía con la obra era “recopilar por escrito las costumbres y modos de vida de mis antepasados para que no se pierdan y sean conocidos por las nuevas generaciones”. Tanto él como yo somos testigos, los últimos testigos, de una civilización que muere. Y nos dedicamos a hacer el inventario. ¿No les parece significativo y revelador del final de una era el hecho de que tantos escritores, de distinto pelaje y condición, nos ocupemos, sin habernos puesto previamente de acuerdo, de estas tierras desérticas, de estos pueblos agonizantes? Nos ha tocado la tarea ingrata de escribir la testamentería del mundo rural, que se parece a una guia turística como un huevo a una castaña. Conviene no confundirse.

Con este libro de Alonso en la mano, volveremos a sentir el vaho de la majada, oiremos el balido y los cencerros de las ovejas, recorreremos las antiguas vias pecuarias, diluidas en la árida meseta, nos acercaremos, vestidos de fiesta, a la ermita de la Virgen de la Vega, nos toparemos con el último santero, volveremos a escuchar el lenguaje de las campanas, nos sorprenderá el estruendo de aquellas riadas, no faltará, aquí y allá, el amargo recuerdo de la posguerra, con los despiadados ajustes de cuentas, el racionamiento, el estraperlo, los delegados y la entrega de la maquila al molinero. No faltará tampoco el relato de aquel crimen horrible en la misma aceña ni la leyenda picante de la molinera, que corrió durante mucho tiempo de boca en boca y hasta anduvo en coplas de ciegos. Casualmente la primera vez que me encontré con José Antonio Alonso y su hijo Alejandro fue en la Casa de Soria en Madrid y hablamos de molinos. A ellos y a mí nos atraían poderosamente, y nos siguen atrayendo, la estructura, la historia y el entorno de estos antiguos edificios singulares, ahora en declive y muchos, ay, ya arrumbados en las orillas de nuestros rios. Así que junto al rumor del agua y el ruido monótono de la tolva, todo hay que decirlo, nació nuestra amistad, un lugar tan apropiado como otro cualquiera.

Más que el valor localista, no hace falta mucho esfuerzo para percibir en este tipo de relatos, como los que yo procuro hilvanar sobre Sarnago y las Tierras Altas, el latido desfalleciente de todo el mundo rural: su carácter universal. Si no, serían de vuelo corto y corto recorrido. La memoria, también de los pueblos, es el último recurso para la supervivencia. Lo dice muy bien Borges:

Más allá del azar y de la muerte

duran, y cada cual tiene su historia,

pero todo esto ocurre en esa suerte

de cuarta dimensión, que es la memoria.

Anuncios