CUMPLEAÑOS EN OTOÑO

por elcantodelcuco

 

Sin saber cómo ni por qué, llega un dia en que cumplir años deja de ilusionarnos, más bien nos decepciona, nos fastidia. Es un aviso interior inesperado y cruel, que se repite con más fuerza cada año que pasa. El caso es que en ese fatídico cumpleaños primero en que ocurrió el cambio de perspectiva, en medio de la alegre celebración familiar, uno comprobó de repente con una extraña lucidez que el reloj de arena se había dado la vuelta y su vaciado se aceleraba peligrosamente. Parecía que el tiempo se había vuelto loco. Su maquinaria aparecia demasiado bien engrasada e inexorablemente acelerada, en vez de estar herrumbrosa y lenta, como parecería lógico si había de ir acompasada con el corazón y el ritmo cansino de la ancianidad. “Tempus fugit”. Huye el tiempo y se nos escapa de las manos como el agua del grifo. Lo peor de todo -o lo mejor, según se mire- es que nos iremos y seguirán los pájaros cantando.

Uno se percata cada año que pasa de que el camino que tiene por delante es más corto que el que le queda a la espalda. Cada vez es más corto.Y la sombra que proyectamos al andar es cada vez más alargada, aunque estemos aparentemente en buena forma y caminemos aún con brio y sin cachava. ¿Qué hacer? Toca disimular en medio de la fiesta, nos reimos, tratamos de distraernos, nos consolamos con eso de que lo bailado no hay quien nos lo quite y con el orgullo vano de haber llegado hasta aquí, y no como otros compañeros de viaje que han ido quedándose en el recorrido. Pero el roerroe va por dentro y se impone la evidencia con hiriente claridad: en vez de un año más, tenemos un año menos. Cuando la curva de la vida deja de subir e inicia el descenso, en vez de cumplir años, los incumplimos o descontamos. Si a mí me dicen “un años más, ¿eh?”, y me quieren tirar de las orejas, les diré: “¡No!, un año menos”. Esa es la realidad. Es ley de vida, dirá el optimista. Es ley de muerte, replicará el pesimista. Y los dos llevan razón. ¡Cumpleaños feliz!, nos cantan. ¿Por qué hay que empeñarse en que todos los cumpleaños sean necesariamente felices? ¿Qué hay que celebrar? ¿El hecho de haber llegado hasta aquí? ¿Lo que hayamos hecho de provecho en nuestra vida? Pues parecería más apropiado celebrar todo eso -si hay, ya digo, algo que celebrar- y hacer balance definitivo cuando hayamos muerto y no queden ya más cumpleaños por delante. Entonces sí estaría bien una gran celebración como hacen las comunidades primitivas y sugieren los santos.

¿Que a qué viene hoy esta reflexión otoñal y sombría? Pues a que escribo el día de mi cumpleaños, que cae, como se ve, en otoño, cuando caen las hojas, y ese día acostumbro, de unos años a esta parte, a ponerme sentimental y filosófico. O sea, melancólico. No me hagan, pues, mucho caso. Como ya conocen muchos, nací en Sarnago tal día como hoy, 19 de noviembre, en plena guerra civil, en una casa sin luz eléctrica ni agua corriente. Estaba nevando. El tio Co, según contaba él, año tras año, mientras tomábamos el chocolate y los rosquillos de la celebración, casi revienta el caballo para bajar a San Pedro Manrique a avisar a don Higinio, el médico, que subió al galope a atender a mi madre. Siempre me han dicho que el parto venía difícil y que fue casi un milagro que yo llegara con bien a este mundo. Logré ver la luz mientras docenas de jóvenes españoles morían estúpidamente a la misma hora en las trincheras.

Dicen que lloraba sin parar. A mi madre no le subía la leche. Una mujer de las que acompañaban a la parturienta, dijo: “Este niño tiene hambre”. Yo seguía llorando desconsoladamente. Otra mujer de la concurrencia no aguantó más y saltó: “Por Dios, dadle algo para que se calle”. Y alguien trajo de la cocina una onza de chocolate, que yo chupé con fruición, y me callé. Fue mi primer alimento en esta tierra. Y aquí ando. No me ha ido mal en la vida. Aún me siento en forma. No puedo quejarme. Tengo una maravillosa mujer, seis hijos, cuatro nietos, un hermano entrañable, una estupenda familia mucho más amplia, un blog y algunos amigos. Me ocupo en escribir, que es lo que he deseado siempre y que es casi lo único que sé hacer, aparte de leer, viajar, dar de comer a los pájaros, encender el fuego y comprar el pan cada mañana. La melancolía, de que he dado muestra hoy, en esta fecha señalada, no me impide ser razonable o insensatamente feliz. Además confieso que mantengo la esperanza de sobrevivir un día en un lugar misterioso más allá de las estrellas.

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