LA ENTRADA NÚMERO 100

por elcantodelcuco

 

Hoy no queda más remedio que hacer balance. El canto del cuco cumple dos años. Esta es la entrada número 100. Como se ve, un número redondo. Hasta este preciso momento, 11 de la mañana del martes 26 de noviembre, el blog ha recibido 41.726 visitas, una cifra abrumadora. Abril y noviembre han sido los meses más fértiles. En este tiempo se han publicado 1.731 comentarios y han sido rechazados por spam 1.152. Encabeza la larga lista de comentaristas José Luis Tejerina con 102 aportaciones, seguido de Chiqui con 75, Mercedes Albizua y Egbe, ambos con 52, y Javier Crespo, con 33. Este es el podio. Pero la nómina de los que han participado en este amplio círculo de amistad, compartiendo ideas y sentimientos, es interminable. Es preciso reconocer y recalcar que los comentaristas han elevado el interés y la calidad de este espacio hasta extremos que admiten poca comparación en la Red. Este rincón humilde se ha transformado en ágora. A todos, mi gratitud sincera. También a los que forman la muchedumbre variopinta y dispersa, de dentro y de fuera de España, que han seguido el blog asidua y calladamente con curiosidad y a los que, como la Asociación de Amigos de Sarnago, Cristina Almansa, Sara, Mireya, “El camino de los yangüeses”, etcétera, han propagado cada entrega generosamente en facebook, en twitter o en su página web, difundiendo este quejumbroso canto del cuco en el ciberespacio.

En este tiempo he seguido anotando en mi cuaderno gris sucesos y experiencias de hoy mismo relacionándolos con recuerdos de la infancia. En la endemoniada dialéctica campo-ciudad, yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos perdidos, por la profunda belleza de las ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por los frutos del huerto familiar, por la naturaleza escondida, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar la puerta de su casa y marchar a la ciudad. Mi memoria y mi corazón, algo cansado, se han ido irresistiblemente a Sarnago, la patria de mi infancia, al pie de la Alcarama. Nadie podrá decir que no soy leal a mis orígenes. Pero en este llanto por un pueblo van incluidos todos los pueblos muertos o agonizantes y el conjunto de la milenaria cultura rural, que ahora desaparece.

En este tiempo, siguiendo el curso de las estaciones, he tratado de rescatar el paisaje que, aun siendo un estado del espíritu, es casi lo único reconocible, y también las palabras, las hermosas palabras del pueblo. He vuelto a escuchar el lenguaje de los pájaros y de la tierra. Me he acercado a los tipos humanos de carne y hueso: el Zacarías y la Romana de Valdenegrillos, el Calonge de San Pedro, el Isidro y el Moisés de Valdegeña, don Juan, el maestro, don Higinio, el médico…He subido a la Alcarama. He vuelto a ver salir humo de las chimeneas. He contemplado la primera nevada. He asistido a la corta de la leña en la dehesa. He recordado el amor de los abuelos. He ayudado a don Matías a poner el belén, y la noche de San Silvestre he estado en la fuente “echando los novios”. He pasado muchos ratos en la cocina encendida. He vuelto a ver la gran nevada cubriendo las ruinas del pueblo como un piadoso sudario. He seguido en el cielo el paso y la vuelta de las grullas. Me he encontrado en la puerta con el afilador. Como de niño, he vuelto a oler a hornija y a pan. He consultado el Calendario Zaragozano. He recogido en Semana Santa las cenizas del Cristo. He plantado un huerto con mi propia mano. He bailado en la fiesta de las móndidas. He defendido la escuela rural con razón y con rabia. He escrito una fábula tremenda. He recordado aquellas vacaciones, aquellos dias azules, aquel sol de la infancia. He recorrido la rastrojera calcinada, he acarreado la mies a la era y he trillado la cosecha. He contado indiscretamente que mi abuelo tenía un burro. He maldecido las máquinas que vaciaron los pueblos. He disfrutado del rito familiar de la matanza. He contemplado el otoño dorado de Sara y me ha entrado una indisimulable melancolía en mi otoñal cumpleaños.

He completado así dos veces la rueda de las estaciones. ¿Y ahora qué? Lo razonable sería cerrar este cuaderno gris y guardarlo en la arquita aquerada de las intimidades. Es la tentación que siento. Ya está todo dicho. Que el cuco se vaya con su cu-cu cargante y monótono a otra parte. Por si fueran pocas las dudas y las pesadumbres, acaban de robar descaradamente el nombre de El canto del cuco –nuestra seña de identidad- para titular con él una dudosa novela, con seudónimo, de J.K. Rowling, la autora de Harry Potter. Aparentemente, un serio contratiempo, aunque, bien mirado, esa puede ser una buena razón, un estímulo inesperado, para seguir nuestro rural camino de herradura, despacito y buena letra, sacando gratis sueños de la alforja mientras el cuerpo y ustedes aguanten. Al fin y al cabo, este blog ya no es sólo mio. ¡Ah!, y nosotros estábamos aquí primero. ¡Qué demonios! Propongo que brindemos con un vaso de buen vino.

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