El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: diciembre, 2013

Los números de 2013

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 20.000 veces en 2013. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 7 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

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EL BELÉN

 

Acabo de poner el belén nuevo en la entrada de la casa, mientras fuera llueve y empieza a soplar el viento de lo que ahora llaman ciclogénesis y en Sarnago llamábamos simplemente temporal. Me estoy imaginando el aspecto hosco de la Alcarama a estas horas. Desde la primera Navidad, este misterioso acontecimiento, que no fue noticia en ningún periódico -casi como ahora-, ni en ninguna televisión, inexistentes todavía, que no reseñaron los cronistas romanos de la época, ni Plinio ni Flavio Josefo, salvo años más tarde, y que partió en dos la historia humana, siempre ha estado rodeado de contrastes, sobresaltos y contratiempos. No sólo meteorológicos. A este niño le vienen persiguiendo los poderosos, los soberbios, los usureros, los enfatuados, los materialistas desde que nació. En Belén de Judá aún no hay paz esta noche, dos mil y pico años después. Recuerdo mi visita, hace ya tiempo, a la iglesia de la Natividad. Yendo desde la cercana Jerusalén me fijé en un pequeño hato de ovejas entre los olivos con un pastor palestino, casi un niño, delante. Me pareció la estampa más apropiada. Casi el único signo pacifíco del recorrido con el conflicto palestino-israelí al rojo. Fuera del templo, en la explanada, que aparecía poblada de gentes sencillas del lugar con las túnicas características, oí por primera vez hablar en arameo, la lengua que, según los entendidos, hablaba Jesucristo, con la que proclamó las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres, los que lloran, los misericordiosos…” Y que está en extinción. (La lengua digo, no las bienaventuranzas). Me llamó la atención la puerta de entrada en la basílica, una de las más visitadas de la cristiandad. Era pequeña con el dintel muy bajo, lo que nos obligaba a los visitantes a agachar la cabeza para poder entrar, convirtiéndonos por un momento en niños. Dentro me sorprendió lo reducido del lugar, lleno de lámparas colgadas, con una estrella en el suelo que señala el sitio imaginario exacto donde ocurrió aquella Nochebuena el asombroso parto de la Virgen.

Estos días, además del atmosférico, ha estallado la ciclogénesis del consumo. Las luces y el trasiego de los grandes almacenes, donde suenan a todo volumen los villancicos como reclamo al consumidor, contrastan con el silencio, la soledad y la pobreza del establo original y con aquellas humildes, austeras y silenciosas Navidades que yo recuerdo en el pueblo en torno al fuego de la cocina, mientras fuera la nieve cubría piadosamente las calles, los bardales, los tejados, los corrales, los campos, los caminos y el monte cercano. A mí siempre me ha parecido, desde entonces, que la Navidad es la fiesta de la familia -por cierto, Noa, que hoy cumple medio año, ha venido desde Australia y la estoy oyendo llorar- y de los desheredados de la Tierra: los mendigos, los emigrantes, los presos, los perseguidos, los parados, los desahuciados de sus casas, los exiliados, los campesinos pobres, los pastores…Sobre todo, los sencillos de corazón. Lleva razón Teresa de Ávila: la humildad es el ungüento de nuestras heridas.

Decía que este año he estrenado figuras del Nacimiento. Es el regalo de cumpleaños que me hizo mi hija Ruth. Los reyes vienen a pie, sin camellos. San José es un buen mozo, que le pasa dos cuartas a la Virgen. Casi no cabe en el viejo portal. He renovado también el rio con papel de plata sin estrenar. Y he suplantado el musgo, cada vez más difícil de encontrar y que merece protección, por puñados frescos de hierba corredera. La mula nueva y el buey nuevo apenas encuentran sitio en el pequeño establo. No falta el puente sobre el rio, en el que tampoco podían estar ausentes la lavandera y las ocas. Hay un ángel brillante sobre una roca y abundan en el campo las ovejas y los pastores. Sin belén no sería lo mismo la Nochebuena ni mi infancia tal como la recuerdo. ¡Aquel belén de don Matías, aquellas cestas de musgo de las herrañes del barranco, aquel serrín para hacer los caminos, aquel primer turrón, acaso único, y aquellas zambombas fabricadas en casa! A Sarnago no venía papá Noel ni otros inventos navideños traidos de fuera y a nadie se le ocurría poner un árbol iluminado en la sala de casa. Entre otras razones porque no había luz eléctrica y porque bastantes árboles había fuera, en el monte, donde ahora sube el pinar, con las ramas cargadas de nieve por estas fechas. Poner el belén cada 24 de diciembre es para mí un grato deber insustituible. ¿Qué tiene de malo sacar en estas fechas el niño que todos llevamos dentro?

Todo este rodeo viene a cuento si se toma todo lo dicho como tarjeta de Navidad con la que deseo expresar de corazón a todos los que siguen el canto del cuco una felices fiestas. (Lo de próspero año nuevo tendrá que esperar).

CUENTO DE NAVIDAD

Empezaba a nevar cuando avistaron el pueblo abajo, al final de la cuesta, a menos de media legua de distancia. El viento helado, que soplaba del Moncayo, agitaba la nieve menuda como perdigones. La cellisca les golpeaba el rostro y les obligaba a cerrar los ojos. El hombre tiraba del ramal del borrico, que llevaba encima a la mujer, una gitana muy joven de largos cabellos rizados. El animal, con el viento de cara, se resistía a andar. “¡Arre, burro, que ya nos falta poco!”, dijo el gitano, que llevaba una vara de acebo en la mano. Ella, envuelta en su mantón, apretaba los labios para no llorar. A la muchacha le dolía todo el cuerpo.“¿Cómo te encuentras?”, le preguntó el hombre, que había percibido un leve quejido detrás, como un suspiro contenido. “Bien, bien” -respondió ella-, voy bien, no te preocupes”. Cuando llegaron a la entrada del pueblo, anochecía, el cielo se puso de panza de burra y se cerró casi a ras de los tejados, el viento se había serenado algo y la nieve caía ya mansa y copiosamente. Unos perros ladraron cerca. Y de la plaza llegaban sonidos de zambombas y almireces. “¡Ah! Es Navidad, Manuel, no me había dado cuenta!” “Sí, María, es Nochebuena, los churumbeles van de puerta en puerta pidiendo el aguinaldo, ¿no los oyes?”. Los últimos vecinos rezagados salían de la Sala de Concejo con su ración de pan y vino y en una majada cercana balaron unas ovejas recién paridas.

Manuel conocía bien el terreno. Más de una vez, yendo con su padre, había fabricado cestas de mimbre en el lavadero del pueblo y había echado asiento de aneas a las sillas rotas que les llevaban de las casas. Pero su especialidad era la chatarra. Recordaba con cariño el viejo carromato y, sobre todo, al “Pinto”, el perro que había criado de cachorro, su chuquel que le acompañaba siempre por los caminos y que unos mozos del pueblo ahorcaron para divertirse en un roble de las herrañes junto al rio. Esa fue la señal de que venían malos tiempos. Aquel día, por primera vez, sintió ganas de sacar la navaja, y menos mal que su padre le obligó a contenerse. Era moreno de cobre y plata, como las puestas de sol de la sierra, más que de verde luna, jaquetón y tieso como un junco. Y de poco hablar. De un tiempo a esta parte había notado que las autoridades perseguían con especial saña a los gitanos y a los quinquis, casi tanto como a los maquis. Estos, que andaban por el monte, eran, por lo visto, los más peligrosos, pero a los gitanos y quincalleros se les aplicaba la ley de vagos y maleantes. Lo peor que podía brillar en la revuelta del camino no era el acero de una bucha, sino el charol de los tricornios.

Esa fue la razón por la que Manuel bordeó el pueblo por el camino del norte y siguió cuesta arriba en dirección al monte. Había que ahuecar y estar al loro. Cuando llegó junto a la gran encina sola sonaron las campanas llamando a la misa del gallo. Era ya noche cerrada y seguía nevando. “¿Vas bien, María?” “Sí, voy bien, no te preocupes”. “Ya falta poco”. Y se puso a tararear en voz baja: “Brincan y bailan los peces en el rio, brincan y bailan por ver a Dios nacido…” Traspusieron la loma hacia la umbría y pronto torcieron por una senda apenas perceptible a la derecha. Cien metros más allá tropezaron con la majada, que Manuel conocía bien. Allí se acomodaron ellos y el burro, que nada más entrar se puso a mordisquear la paja que había entre las cagarrutas. El marido amontonó hojarascas en el rincón más abrigo de la taina, las cubrió con una manta y sobre ella se acostó María, tapada con el mantón. El hombre cerró lo mejor que pudo el ventanuco de la pared para que no entrara la nieve y, con un brazado de ulagas y romeros, hizo lumbre, una buena chirindola. Sacó después la vieja olla de las alforjas, la llenó de nieve del tejado y calentó agua. “¿Estás bien, María?”, volvió a preguntar. “Creo que viene ya el niño, Manuel”. Desde antes de dejar la carretera había sentido los dolores de parto. Entonces él se sentó junto a ella y la ayudo. Le cogió la mano con fuerza y María no tardó mucho en dar a luz. “¡Es un niño, María, un precioso churumbel!”. Le cortó el cordón con el baldeo, lo lavó bien y después le limpió a ella con el pañuelo de flores el sudor de la frente, y la besó. El niño lloraba.“¡Ha nacido en Nochebuena!”, exclamó, feliz, el hombre. Y María sonrió. Fue entonces cuando sonaron junto a la puerta los cascos de los caballos. Era la guardia civil.

ELOGIO SENTIMENTAL DE LA BARAJA

En todas las casas había, por lo menos, una baraja, aunque no hubiera ningún libro. No era extraño que sobreviviera a varias generaciones. Las cartas de los cuatro palos -oros, copas, espadas y bastos, “mariquita se lleva los cuartos”- pasaban por las manos temblorosas de los abuelos, las tiernas y revoltosas de los niños desde antes del uso de razón, las del ama de casa entre puchero y puchero y las manos ásperas y sudorosas con tierra entre las uñas del hombre del campo o del pastor. Los naipes olían a vino, a sudor y a tabaco. Llevaban bien impreso el ADN de toda la familia. Se jugaba en la mesa de la cocina, cerca del fuego, sobre un hule, o en la mesa redonda de la salita de estar, con faldas y brasero, junto al balcón. Las mujeres jugaban a la brisca. Una perra gorda o un real por partida. La menguada economía no daba para más. Jugando a la baraja se olvidaban un rato del luto y las frustraciones. Hacían corro en la calle en el buen tiempo, y se refugiaban en el trasnocho de la majada en invierno. Los hombres se jugaban al guiñote o al tute arrastrado en la taberna los domingos por la tarde el cuartillo de vino reglamentario para pasar los salados arenques de barril.

Una estampa inolvidable era la de toda la familia -mayores y pequeños- en torno a una mesa echando una partida entre risas y “arrenuncios”. Enseguida advertía la abuela, que era una bendita: “El que hace trampas jugando, al infierno va caminando”. Lo decía completamente en serio. Parodiando a un famoso predicador de la época, siempre creí que la familia que juega unida, permanece unida. Me gusta lo que dice Koyré, un filósofo francés de origen ruso como Dostoyevski: “No es del trabajo de lo que nace la civilización, sino del ocio y del juego”. Y no se queda atrás Walter Benjamin, para el que el juego es la escuela del hombre. Siempre he echado de menos un monumento en los pueblos a don Heraclio Fournier, el inventor de nuestra baraja. Descendiente de unos famosos impresores franceses, se estableció en Vitoria, donde montó un pequeño taller en 1868. El negocio prosperó rápidamente, y veinte años después tocó la gloria en la Exposición Universal de París, la de la Torre Eiffel. El pintor Díaz de Olano crea la baraja emblemática de la firma y hasta coloca la efigie barbuda de Fournier en el as de oros, y unos años después Augusto Rius le da la forma definitiva que tengo aquí delante. A la muerte de don Heraclio en 1916, toma el relevo su nieto Félix Alfaro, pionero de la aeronáutica. (En 1914, va a cuplirse un siglo, relizó el primer vuelo en un avión construido en España, ante 25.000 espectadores en Vitoria, que llegó a alcanzar la asombrosa velocidad de cien kilómetros por hora). Alfaro es el responsable de la expansión universal de la baraja española. Un buen negocio, ahora englobado en el holdin americano “Jarden Corporation”.

Para los mayores y los niños de la posguerra la baraja era nuestra playstation, nuestro playmobil, nuestro wasap… Pero mucho más barata. Las cuarenta cartas, como los cuarenta días de la cuaresma, han proporcionado un sano entretenimiento a docenas de generaciones. Personalmente aún me entretengo haciendo solitarios en los ratos libres mientras la imaginación se me va lejos. Barajar, cortar, dar, robar, cantar (por ejemplo, cantar las cuarenta), arrastrar, hacer señas, hacer trampas, etcétera, son palabras que han enriquecido el idioma y que no han perdido vigencia. Será difícil que una familia que ha venido del campo no tenga en su piso de la ciudad unos naipes a mano. Claro que este juego inocente del que hablo, que merece todos los elogios, nada tiene que ver con timbas y garitos, que tanto sufrimiento y tanta ruina han llevado a tantas familias campesinas. Uno ha visto de cerca, siendo niño, la desgracia abatirse sobre algunas casas por culpa del juego y del vino. En ese sentido, hay que darle la razón al soriano de adopción Tirso de Molina: el juego es el padre de los mayores vicios. Si bien tampoco conviene echar en saco roto la cínica observación de Santiago Rusinyol: “El juego es altamente moral. Sirve para arruinar a los imbéciles”. Sea como fuere, para algunos de nosotros la humilde baraja tiene el olor del pueblo.

EL MONTE LEJANO

Muy de mañana, una mañana luminosa y fria en esta orilla de Madrid cara a la sierra nevada, han venido, como cada año, los de la leña. En un santiamén han transportado en carretilla y apilado los 1.500 kilos de troncos de encina en el trastero de la casa. Los leñeros calculan el peso por las cargas de carretilla. Uno de los hombres, metido en años, que debía de ser el empresario autónomo, los descargaba de la camioneta y el otro, el empleado de tez endrina, los transportaba como un autómata. Se ve que están acostumbrados y bien coordinados. Así, de puerta en puerta por las urbanizaciones, se ganan el pan cuando aprieta la crisis y asoma el invierno, que deja ya su firma blanca en los parabrisas de los coches. Me he quedado pensando: no sé siquiera sus nombres ni de qué monte lejano traen la leña. Podía haberles preguntado, al menos, dónde viven, si tienen hijos, si dejaron un dia su casa en el pueblo o si vienen de algún país lejano, no sé… Toda la operación la han hecho en silencio. Yo no he tenido el valor de romperlo, ni siquiera para decir: “No parece mala leña, ¿eh?, ¿cuánto hace que la cortaron?”. Nada. He pagado al descargador los 246 euros acordados por los troncos y el saco de astillas y ellos se han ido en silencio como habían venido. En el pueblo -he pensado para mis adentros- todo habría sido distinto: nos conoceríamos bien, sabríamos hasta los apodos de cada uno, nadie preguntaría “¿con IVA o sin IVA?” y, desde luego, no habrían podido marcharse sin echar un trago del porrón al acabar la faena, aunque lo más seguro es que en una mañana heladora como ésta mi madre les habría invitado a tomar un carajillo bien caliente en la cocina, con anís y café de puchero.

Cuando se han marchado, un olor familiar a majada, procedente de los troncos apilados, ha invadido la estancia. Los he acariciado con mi mano blanca de señorito antes de encender la chimenea. Su rugosidad me ha trasladado a los montes de Sarnago. Allí dominaba entonces el robledal, antes de la invasión de los pinos. En todo el término municipal no hay una encina ni un romero, ignoro la razón. El encinar y el romeral arrancan a media legua escasa del pueblo, camino de El Vallejo. Nunca olvidaré aquellas dulces bellotas de encina viajando de niño a Valtajeros antes de llegar a la caseta del peón caminero en Valdelalosa, donde nos cobijábamos siempre mi madre y los niños, ni la alegre aventura de transportar, de monaguillo, olorosos fajos de romero a la iglesia para el Domingo de Ramos. A la izquierda, al trasponer el término del municipio, emergía, imponente, el Moncayo, el Monte de Cayo, que fabricó, como se sabe, Hércules cuando arrojó una piedra gigante sobre la cueva del ladrón Caco, y que ya estará a estas horas con el turbante blanco. Creo que no lo he dicho nunca, pero una división fundamental de las Tierras Altas es: la Sierra y el Monte. En la Sierra pacían las merinas y en el Monte, las churras y las cabras. Para entendernos, en Oncala eran serranos y en Sarnago, montunos. No conviene confundirse. Así nos llamaban. Un montuno tiene poco que ver con un serrano, tan poco como los machos de aquel y las jacas de éste. La Sierra es azul; el monte, oscuro. De los montes sagrados de Sarnago bajan ritualmente la leña para la hoguera de San Pedro, que pasan descalzos los sampedranos sin quemarse la noche de San Juan. Por algo será. Quiero decir que el monte forma parte del alma del pueblo y de uno mismo. Más que el raso. Hasta hubo un monasterio allí llamado de la Virgen del Monte, que da nombre hasta hoy a un paraje encantador, antes de ser profanado por el pinar, que rodea el antiguo cenobio. La tia Aquilina, con infundada fama de bruja, que yo conocí de niño, y el tio Antolín fueron los últimos santeros. Este lugar mágico de la Virgen del Monte se lo jugó una noche a las cartas, como tengo dicho, “El Señorito” de San Pedro y lo perdió. El ganador fue un tratante de Berlanga que se lo vendió poco después a cuatro vecinos de Sarnago, a partes iguales y a tocateja. El monasterio, con el tiempo, se transformó en majadas y ahora se ha convertido en un cantarral.

Mientras hago lumbre con los troncos recién traídos recorro con la imaginación aquellos montes de Sarnago. De la Virgen del Monte subo la umbría, alcanzo el cabezo, donde no sería extraño que volara un bando de perdices, desciendo por el sabinar y me paro en la dehesa donde vuelvo a oir el tac-tac de docenas de hachas en el ritual de la corta de la leña. Viajo después al Hoyo de la Mata, en la ladera del Castillo y acarreo dos cargas de estepas en las artolas de los caballos. A estas alturas, antes de que llegue la gran nevada, el bardal debe estar abastecido. Recuerdo bien que de la despensa y del bardal dependía la vida de los campesinos. La desaparición de los bardales -ya no hay sol en las bardas, don Cervantes-, y del ciemo en los corrales, además de la ausencia de perros sueltos en la calle y gorriones en los tejados es lo que más sorprende al viajero desprevenido al entrar en un pueblo deshabitado o medio muerto. Además, claro, el silencio sepulcral en las calles, el pintoresco espectáculo de las ruinas y el hecho de que no salga humo de las chimeneas. Menos mal que en el monte lejano y oscuro sigue creciendo aún la vida por su cuenta.