EL MONTE LEJANO

por elcantodelcuco

Muy de mañana, una mañana luminosa y fria en esta orilla de Madrid cara a la sierra nevada, han venido, como cada año, los de la leña. En un santiamén han transportado en carretilla y apilado los 1.500 kilos de troncos de encina en el trastero de la casa. Los leñeros calculan el peso por las cargas de carretilla. Uno de los hombres, metido en años, que debía de ser el empresario autónomo, los descargaba de la camioneta y el otro, el empleado de tez endrina, los transportaba como un autómata. Se ve que están acostumbrados y bien coordinados. Así, de puerta en puerta por las urbanizaciones, se ganan el pan cuando aprieta la crisis y asoma el invierno, que deja ya su firma blanca en los parabrisas de los coches. Me he quedado pensando: no sé siquiera sus nombres ni de qué monte lejano traen la leña. Podía haberles preguntado, al menos, dónde viven, si tienen hijos, si dejaron un dia su casa en el pueblo o si vienen de algún país lejano, no sé… Toda la operación la han hecho en silencio. Yo no he tenido el valor de romperlo, ni siquiera para decir: “No parece mala leña, ¿eh?, ¿cuánto hace que la cortaron?”. Nada. He pagado al descargador los 246 euros acordados por los troncos y el saco de astillas y ellos se han ido en silencio como habían venido. En el pueblo -he pensado para mis adentros- todo habría sido distinto: nos conoceríamos bien, sabríamos hasta los apodos de cada uno, nadie preguntaría “¿con IVA o sin IVA?” y, desde luego, no habrían podido marcharse sin echar un trago del porrón al acabar la faena, aunque lo más seguro es que en una mañana heladora como ésta mi madre les habría invitado a tomar un carajillo bien caliente en la cocina, con anís y café de puchero.

Cuando se han marchado, un olor familiar a majada, procedente de los troncos apilados, ha invadido la estancia. Los he acariciado con mi mano blanca de señorito antes de encender la chimenea. Su rugosidad me ha trasladado a los montes de Sarnago. Allí dominaba entonces el robledal, antes de la invasión de los pinos. En todo el término municipal no hay una encina ni un romero, ignoro la razón. El encinar y el romeral arrancan a media legua escasa del pueblo, camino de El Vallejo. Nunca olvidaré aquellas dulces bellotas de encina viajando de niño a Valtajeros antes de llegar a la caseta del peón caminero en Valdelalosa, donde nos cobijábamos siempre mi madre y los niños, ni la alegre aventura de transportar, de monaguillo, olorosos fajos de romero a la iglesia para el Domingo de Ramos. A la izquierda, al trasponer el término del municipio, emergía, imponente, el Moncayo, el Monte de Cayo, que fabricó, como se sabe, Hércules cuando arrojó una piedra gigante sobre la cueva del ladrón Caco, y que ya estará a estas horas con el turbante blanco. Creo que no lo he dicho nunca, pero una división fundamental de las Tierras Altas es: la Sierra y el Monte. En la Sierra pacían las merinas y en el Monte, las churras y las cabras. Para entendernos, en Oncala eran serranos y en Sarnago, montunos. No conviene confundirse. Así nos llamaban. Un montuno tiene poco que ver con un serrano, tan poco como los machos de aquel y las jacas de éste. La Sierra es azul; el monte, oscuro. De los montes sagrados de Sarnago bajan ritualmente la leña para la hoguera de San Pedro, que pasan descalzos los sampedranos sin quemarse la noche de San Juan. Por algo será. Quiero decir que el monte forma parte del alma del pueblo y de uno mismo. Más que el raso. Hasta hubo un monasterio allí llamado de la Virgen del Monte, que da nombre hasta hoy a un paraje encantador, antes de ser profanado por el pinar, que rodea el antiguo cenobio. La tia Aquilina, con infundada fama de bruja, que yo conocí de niño, y el tio Antolín fueron los últimos santeros. Este lugar mágico de la Virgen del Monte se lo jugó una noche a las cartas, como tengo dicho, “El Señorito” de San Pedro y lo perdió. El ganador fue un tratante de Berlanga que se lo vendió poco después a cuatro vecinos de Sarnago, a partes iguales y a tocateja. El monasterio, con el tiempo, se transformó en majadas y ahora se ha convertido en un cantarral.

Mientras hago lumbre con los troncos recién traídos recorro con la imaginación aquellos montes de Sarnago. De la Virgen del Monte subo la umbría, alcanzo el cabezo, donde no sería extraño que volara un bando de perdices, desciendo por el sabinar y me paro en la dehesa donde vuelvo a oir el tac-tac de docenas de hachas en el ritual de la corta de la leña. Viajo después al Hoyo de la Mata, en la ladera del Castillo y acarreo dos cargas de estepas en las artolas de los caballos. A estas alturas, antes de que llegue la gran nevada, el bardal debe estar abastecido. Recuerdo bien que de la despensa y del bardal dependía la vida de los campesinos. La desaparición de los bardales -ya no hay sol en las bardas, don Cervantes-, y del ciemo en los corrales, además de la ausencia de perros sueltos en la calle y gorriones en los tejados es lo que más sorprende al viajero desprevenido al entrar en un pueblo deshabitado o medio muerto. Además, claro, el silencio sepulcral en las calles, el pintoresco espectáculo de las ruinas y el hecho de que no salga humo de las chimeneas. Menos mal que en el monte lejano y oscuro sigue creciendo aún la vida por su cuenta.

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