ELOGIO SENTIMENTAL DE LA BARAJA

por elcantodelcuco

En todas las casas había, por lo menos, una baraja, aunque no hubiera ningún libro. No era extraño que sobreviviera a varias generaciones. Las cartas de los cuatro palos -oros, copas, espadas y bastos, “mariquita se lleva los cuartos”- pasaban por las manos temblorosas de los abuelos, las tiernas y revoltosas de los niños desde antes del uso de razón, las del ama de casa entre puchero y puchero y las manos ásperas y sudorosas con tierra entre las uñas del hombre del campo o del pastor. Los naipes olían a vino, a sudor y a tabaco. Llevaban bien impreso el ADN de toda la familia. Se jugaba en la mesa de la cocina, cerca del fuego, sobre un hule, o en la mesa redonda de la salita de estar, con faldas y brasero, junto al balcón. Las mujeres jugaban a la brisca. Una perra gorda o un real por partida. La menguada economía no daba para más. Jugando a la baraja se olvidaban un rato del luto y las frustraciones. Hacían corro en la calle en el buen tiempo, y se refugiaban en el trasnocho de la majada en invierno. Los hombres se jugaban al guiñote o al tute arrastrado en la taberna los domingos por la tarde el cuartillo de vino reglamentario para pasar los salados arenques de barril.

Una estampa inolvidable era la de toda la familia -mayores y pequeños- en torno a una mesa echando una partida entre risas y “arrenuncios”. Enseguida advertía la abuela, que era una bendita: “El que hace trampas jugando, al infierno va caminando”. Lo decía completamente en serio. Parodiando a un famoso predicador de la época, siempre creí que la familia que juega unida, permanece unida. Me gusta lo que dice Koyré, un filósofo francés de origen ruso como Dostoyevski: “No es del trabajo de lo que nace la civilización, sino del ocio y del juego”. Y no se queda atrás Walter Benjamin, para el que el juego es la escuela del hombre. Siempre he echado de menos un monumento en los pueblos a don Heraclio Fournier, el inventor de nuestra baraja. Descendiente de unos famosos impresores franceses, se estableció en Vitoria, donde montó un pequeño taller en 1868. El negocio prosperó rápidamente, y veinte años después tocó la gloria en la Exposición Universal de París, la de la Torre Eiffel. El pintor Díaz de Olano crea la baraja emblemática de la firma y hasta coloca la efigie barbuda de Fournier en el as de oros, y unos años después Augusto Rius le da la forma definitiva que tengo aquí delante. A la muerte de don Heraclio en 1916, toma el relevo su nieto Félix Alfaro, pionero de la aeronáutica. (En 1914, va a cuplirse un siglo, relizó el primer vuelo en un avión construido en España, ante 25.000 espectadores en Vitoria, que llegó a alcanzar la asombrosa velocidad de cien kilómetros por hora). Alfaro es el responsable de la expansión universal de la baraja española. Un buen negocio, ahora englobado en el holdin americano “Jarden Corporation”.

Para los mayores y los niños de la posguerra la baraja era nuestra playstation, nuestro playmobil, nuestro wasap… Pero mucho más barata. Las cuarenta cartas, como los cuarenta días de la cuaresma, han proporcionado un sano entretenimiento a docenas de generaciones. Personalmente aún me entretengo haciendo solitarios en los ratos libres mientras la imaginación se me va lejos. Barajar, cortar, dar, robar, cantar (por ejemplo, cantar las cuarenta), arrastrar, hacer señas, hacer trampas, etcétera, son palabras que han enriquecido el idioma y que no han perdido vigencia. Será difícil que una familia que ha venido del campo no tenga en su piso de la ciudad unos naipes a mano. Claro que este juego inocente del que hablo, que merece todos los elogios, nada tiene que ver con timbas y garitos, que tanto sufrimiento y tanta ruina han llevado a tantas familias campesinas. Uno ha visto de cerca, siendo niño, la desgracia abatirse sobre algunas casas por culpa del juego y del vino. En ese sentido, hay que darle la razón al soriano de adopción Tirso de Molina: el juego es el padre de los mayores vicios. Si bien tampoco conviene echar en saco roto la cínica observación de Santiago Rusinyol: “El juego es altamente moral. Sirve para arruinar a los imbéciles”. Sea como fuere, para algunos de nosotros la humilde baraja tiene el olor del pueblo.

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