CUENTO DE NAVIDAD

por elcantodelcuco

Empezaba a nevar cuando avistaron el pueblo abajo, al final de la cuesta, a menos de media legua de distancia. El viento helado, que soplaba del Moncayo, agitaba la nieve menuda como perdigones. La cellisca les golpeaba el rostro y les obligaba a cerrar los ojos. El hombre tiraba del ramal del borrico, que llevaba encima a la mujer, una gitana muy joven de largos cabellos rizados. El animal, con el viento de cara, se resistía a andar. “¡Arre, burro, que ya nos falta poco!”, dijo el gitano, que llevaba una vara de acebo en la mano. Ella, envuelta en su mantón, apretaba los labios para no llorar. A la muchacha le dolía todo el cuerpo.“¿Cómo te encuentras?”, le preguntó el hombre, que había percibido un leve quejido detrás, como un suspiro contenido. “Bien, bien” -respondió ella-, voy bien, no te preocupes”. Cuando llegaron a la entrada del pueblo, anochecía, el cielo se puso de panza de burra y se cerró casi a ras de los tejados, el viento se había serenado algo y la nieve caía ya mansa y copiosamente. Unos perros ladraron cerca. Y de la plaza llegaban sonidos de zambombas y almireces. “¡Ah! Es Navidad, Manuel, no me había dado cuenta!” “Sí, María, es Nochebuena, los churumbeles van de puerta en puerta pidiendo el aguinaldo, ¿no los oyes?”. Los últimos vecinos rezagados salían de la Sala de Concejo con su ración de pan y vino y en una majada cercana balaron unas ovejas recién paridas.

Manuel conocía bien el terreno. Más de una vez, yendo con su padre, había fabricado cestas de mimbre en el lavadero del pueblo y había echado asiento de aneas a las sillas rotas que les llevaban de las casas. Pero su especialidad era la chatarra. Recordaba con cariño el viejo carromato y, sobre todo, al “Pinto”, el perro que había criado de cachorro, su chuquel que le acompañaba siempre por los caminos y que unos mozos del pueblo ahorcaron para divertirse en un roble de las herrañes junto al rio. Esa fue la señal de que venían malos tiempos. Aquel día, por primera vez, sintió ganas de sacar la navaja, y menos mal que su padre le obligó a contenerse. Era moreno de cobre y plata, como las puestas de sol de la sierra, más que de verde luna, jaquetón y tieso como un junco. Y de poco hablar. De un tiempo a esta parte había notado que las autoridades perseguían con especial saña a los gitanos y a los quinquis, casi tanto como a los maquis. Estos, que andaban por el monte, eran, por lo visto, los más peligrosos, pero a los gitanos y quincalleros se les aplicaba la ley de vagos y maleantes. Lo peor que podía brillar en la revuelta del camino no era el acero de una bucha, sino el charol de los tricornios.

Esa fue la razón por la que Manuel bordeó el pueblo por el camino del norte y siguió cuesta arriba en dirección al monte. Había que ahuecar y estar al loro. Cuando llegó junto a la gran encina sola sonaron las campanas llamando a la misa del gallo. Era ya noche cerrada y seguía nevando. “¿Vas bien, María?” “Sí, voy bien, no te preocupes”. “Ya falta poco”. Y se puso a tararear en voz baja: “Brincan y bailan los peces en el rio, brincan y bailan por ver a Dios nacido…” Traspusieron la loma hacia la umbría y pronto torcieron por una senda apenas perceptible a la derecha. Cien metros más allá tropezaron con la majada, que Manuel conocía bien. Allí se acomodaron ellos y el burro, que nada más entrar se puso a mordisquear la paja que había entre las cagarrutas. El marido amontonó hojarascas en el rincón más abrigo de la taina, las cubrió con una manta y sobre ella se acostó María, tapada con el mantón. El hombre cerró lo mejor que pudo el ventanuco de la pared para que no entrara la nieve y, con un brazado de ulagas y romeros, hizo lumbre, una buena chirindola. Sacó después la vieja olla de las alforjas, la llenó de nieve del tejado y calentó agua. “¿Estás bien, María?”, volvió a preguntar. “Creo que viene ya el niño, Manuel”. Desde antes de dejar la carretera había sentido los dolores de parto. Entonces él se sentó junto a ella y la ayudo. Le cogió la mano con fuerza y María no tardó mucho en dar a luz. “¡Es un niño, María, un precioso churumbel!”. Le cortó el cordón con el baldeo, lo lavó bien y después le limpió a ella con el pañuelo de flores el sudor de la frente, y la besó. El niño lloraba.“¡Ha nacido en Nochebuena!”, exclamó, feliz, el hombre. Y María sonrió. Fue entonces cuando sonaron junto a la puerta los cascos de los caballos. Era la guardia civil.

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