EL BELÉN

por elcantodelcuco

 

Acabo de poner el belén nuevo en la entrada de la casa, mientras fuera llueve y empieza a soplar el viento de lo que ahora llaman ciclogénesis y en Sarnago llamábamos simplemente temporal. Me estoy imaginando el aspecto hosco de la Alcarama a estas horas. Desde la primera Navidad, este misterioso acontecimiento, que no fue noticia en ningún periódico -casi como ahora-, ni en ninguna televisión, inexistentes todavía, que no reseñaron los cronistas romanos de la época, ni Plinio ni Flavio Josefo, salvo años más tarde, y que partió en dos la historia humana, siempre ha estado rodeado de contrastes, sobresaltos y contratiempos. No sólo meteorológicos. A este niño le vienen persiguiendo los poderosos, los soberbios, los usureros, los enfatuados, los materialistas desde que nació. En Belén de Judá aún no hay paz esta noche, dos mil y pico años después. Recuerdo mi visita, hace ya tiempo, a la iglesia de la Natividad. Yendo desde la cercana Jerusalén me fijé en un pequeño hato de ovejas entre los olivos con un pastor palestino, casi un niño, delante. Me pareció la estampa más apropiada. Casi el único signo pacifíco del recorrido con el conflicto palestino-israelí al rojo. Fuera del templo, en la explanada, que aparecía poblada de gentes sencillas del lugar con las túnicas características, oí por primera vez hablar en arameo, la lengua que, según los entendidos, hablaba Jesucristo, con la que proclamó las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres, los que lloran, los misericordiosos…” Y que está en extinción. (La lengua digo, no las bienaventuranzas). Me llamó la atención la puerta de entrada en la basílica, una de las más visitadas de la cristiandad. Era pequeña con el dintel muy bajo, lo que nos obligaba a los visitantes a agachar la cabeza para poder entrar, convirtiéndonos por un momento en niños. Dentro me sorprendió lo reducido del lugar, lleno de lámparas colgadas, con una estrella en el suelo que señala el sitio imaginario exacto donde ocurrió aquella Nochebuena el asombroso parto de la Virgen.

Estos días, además del atmosférico, ha estallado la ciclogénesis del consumo. Las luces y el trasiego de los grandes almacenes, donde suenan a todo volumen los villancicos como reclamo al consumidor, contrastan con el silencio, la soledad y la pobreza del establo original y con aquellas humildes, austeras y silenciosas Navidades que yo recuerdo en el pueblo en torno al fuego de la cocina, mientras fuera la nieve cubría piadosamente las calles, los bardales, los tejados, los corrales, los campos, los caminos y el monte cercano. A mí siempre me ha parecido, desde entonces, que la Navidad es la fiesta de la familia -por cierto, Noa, que hoy cumple medio año, ha venido desde Australia y la estoy oyendo llorar- y de los desheredados de la Tierra: los mendigos, los emigrantes, los presos, los perseguidos, los parados, los desahuciados de sus casas, los exiliados, los campesinos pobres, los pastores…Sobre todo, los sencillos de corazón. Lleva razón Teresa de Ávila: la humildad es el ungüento de nuestras heridas.

Decía que este año he estrenado figuras del Nacimiento. Es el regalo de cumpleaños que me hizo mi hija Ruth. Los reyes vienen a pie, sin camellos. San José es un buen mozo, que le pasa dos cuartas a la Virgen. Casi no cabe en el viejo portal. He renovado también el rio con papel de plata sin estrenar. Y he suplantado el musgo, cada vez más difícil de encontrar y que merece protección, por puñados frescos de hierba corredera. La mula nueva y el buey nuevo apenas encuentran sitio en el pequeño establo. No falta el puente sobre el rio, en el que tampoco podían estar ausentes la lavandera y las ocas. Hay un ángel brillante sobre una roca y abundan en el campo las ovejas y los pastores. Sin belén no sería lo mismo la Nochebuena ni mi infancia tal como la recuerdo. ¡Aquel belén de don Matías, aquellas cestas de musgo de las herrañes del barranco, aquel serrín para hacer los caminos, aquel primer turrón, acaso único, y aquellas zambombas fabricadas en casa! A Sarnago no venía papá Noel ni otros inventos navideños traidos de fuera y a nadie se le ocurría poner un árbol iluminado en la sala de casa. Entre otras razones porque no había luz eléctrica y porque bastantes árboles había fuera, en el monte, donde ahora sube el pinar, con las ramas cargadas de nieve por estas fechas. Poner el belén cada 24 de diciembre es para mí un grato deber insustituible. ¿Qué tiene de malo sacar en estas fechas el niño que todos llevamos dentro?

Todo este rodeo viene a cuento si se toma todo lo dicho como tarjeta de Navidad con la que deseo expresar de corazón a todos los que siguen el canto del cuco una felices fiestas. (Lo de próspero año nuevo tendrá que esperar).

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