El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: enero, 2014

LLANTO POR UN PUEBLO

El corazón se acelera cuando se acerca la hora del parto y el hijo pugna por salir a la luz. Y más si el embarazo ha sido azaroso y viene con retraso. Es preciso esperar sin que la espera te agote, como aconseja Kipling, aunque no andaba desencaminado don Antonio Machado, recogiendo el sentir popular, de que el que espera, desespera, que él considera una verdad verdadera. Al final todo llega. A mí, sin ir más lejos, se me ha acelerado el corazón cuando por fin, después de tan desesperante espera, he recibido noticia de que el libro está a punto de salir a la luz. Me lo ha confirmado esta mañana Javier Santillán, el editor de Gadir. La semana pasada corregí las últimas pruebas. Y lo tienen ya en la imprenta. Queda sólo el diseño final de la portada, en la que no faltará Sarnago o su entorno. Estoy seguro, como padre experimentado, de que será una criatura hermosa, con la que pasar agradables ratos de sosiego y de recuerdos en el cuarto de estar, en la cocina junto al fuego o a la sombra de un árbol. He pensado que era mi deber compartir inmediatamente la buena noticia, antes que con nadie, con los fieles seguidores de este blog. Al fin y al cabo, el libro, como saben, ha sido engendrado aquí en la red, a la intemperie y a la vista de todos, por lo que es un poco hijo de todos.

Ahora debo completar la información. El libro se llamará definitivamente El canto del cuco. Llanto por un pueblo. El añadido o subtítulo es por dos razones: la primera, para distinguirlo de la novela, con seudónimo, de J. K. Rowling, la autora de Harry Potter, a la que no se le ha ocurrido nada mejor que copiar el título de nuestro blog. Y la segunda, porque, releyendo detenidamente el texto completo, me ha parecido que le cuadraba bien, que es como el sutil cañamazo de fondo de toda la trama. El resultado imprevisto es que este libro, que completa la trilogía de la Alcarama, ha resultado, contra mi propósito incial, una elegía. Paradójicamente defiendo, no sé cómo decirlo, que no es un libro triste, a pesar de que todo él se vea atravesado por el llanto por un pueblo, por el mio, en las Tierras Altas de Soria, patria de mi infancia, y por todos los pueblos muertos o agonizantes, o sea, por el final del mundo rural entre el desdén y la indiferencia.

Como pasa el carpintero la garlopa por la olorosa madera para fabricar el mueble, yo he pulido cuidadosamente los textos de este cuaderno gris, suprimiendo partes, enlazando otras, añadiendo no pocas y corrigiendo todo hasta dejar un conjunto aseado, presentable y, por supuesto, reconocible. Al final llevará un glosario con las hermosas palabras del pueblo, desconocidas por la Academia y que he recogido descaradamente entre los despojos de esta cultura rural desfalleciente. El libro recorre el ciclo completo de las cuatro estaciones, y su variable paisaje. En conjunto, me atrevo a decir que el paisaje, entendiéndolo omnicomprensivamente como un estado del espíritu -el paisaje físico, humano y espiritual- ha resultado ser el protagonista de la obra.

No quiero extenderme más. Esta primicia a los lectores del blog no debería ir mucho más allá de lo que el hombre comunica nerviosamente a la vecina que se encuentra en el descansillo de la escalera, mientras sale presuroso hacia el hospital: “Mi mujer se ha puesto de parto”. Sólo añadir que El canto del cuco. Llanto por un pueblo, según me ha asegurado el editor, estará en las librerías con toda seguridad antes de que acabe febrero, y yo espero tener en mis manos a la criatura por San Valentín. También puedo adelantar, como novedad, que la edición, con el característico esmero de Gadir, incluirá esta vez un reducido número de ejemplares en tapa dura para coleccionistas y para los que quieran conservar el libro entre los objetos familiares con la intención de que así puedan leerlo un dia sus hijos y sus nietos. En fin, no sé si se me nota demasiado el alborozo -pido disculpas por ello-, pero el caso es que la espera se ha trocado en esperanza cierta. Y las alegrías son para compartirlas.

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LA BUFANDA ROJA

Este año los Reyes me han traído una bufanda roja. Una bufanda ancha y larga, de lana gorda tejida en forma de ochos y de tacto cálido y agradable. Me he enterado de que Sus Majestades de Oriente tuvieron que revolver Madrid de punta a rabo y de tienda en tienda, lo que es de agradecer, hasta que dieron con lo que interpretaron que yo quería. Se ve que no es lo que se lleva este año, y eso me conduce a pensar que el rojo no está de moda en España ni siquiera en las bufandas, pero a lo mejor es una inducción precipitada, o sea, con poco fundamento. Y, desde luego, a la vista de esta curiosa circunstancia, afirmo con contundencia que no siempre lo que está de moda es lo mejor, lo más útil y hermoso, sino todo lo contrario. Asimismo se confirma, por si alguien lo dudaba, que hay que ser un necio para confundir valor y precio a la hora de hacer o recibir un regalo. El caso es que desde que tengo en mi poder la mullida y agradable prenda no salgo de casa sin ella bien arrollada al cuello. Es como si formara ya parte de mi piel. (En internet he visto un video en el que se ofrecen veinticinco formas de ponerse una bufanda). En estos dias frios y griposos es un grato consuelo, una buena protección. Siento como si me diera calor a todo el cuerpo. Así evito, espero, tener que pasar por la farmacia o, en última instancia, recurrir dentro de unos días a San Blas, encargado, como se sabe, de los males de garganta.

Acaricio mi bufanda roja y pienso instintivamente en las ovejas de mi infancia en Sarnago. Me sumerjo en el vaho de la majada y me pregunto por dentro: ¿De qué oveja procederá esta lana? ¿Será de andosca o de primala? ¿Acaso de una oveja galana o de un carnero? ¿Quién habrá sido el esquilador? ¿Dónde estará el lavadero de lana? ¿Cómo habrán teñido los vellones, hasta encontrar este rojo purísimo? ¿Dónde la habrán tejido? ¿En qué lejano extrarradio ciudadano estará el telar? Quién me dice que no será, por eso de la deslocalización, en un país asiático con mano de obra barata. En fin, ¿cómo es posible que en las Tierras Altas la lana ya no sea rentable y de las sierras de la Mesta, donde pastaron un millón de ovejas, hayan desaparecido los rebaños por arte del diablo, y los campos y los pueblos estén vacíos? Y llegado a este punto, me viene a la cabeza un episodio verídico, ocurrido en Soria en los años oscuros del franquismo, que viene aquí a cuento y quizás lo explique todo. Se planteó un día en el Ayuntamiento de la capital la propuesta de un empresario de construir un gran lavadero de lana, que daria trabajo a un ciento de empleadas. Parecía una buena idea. Los papeles estaban en orden. Sólo faltaba autorizarlo. Pero en la sala de Concejo se sucedian las discusiones. Un sector se oponía sin ofrecer razones claras. Así un día y otro día. La prensa local había adelantado ya la esperanzadora noticia en primera página. Hasta que un concejal interpeló directamente al que aparecía como cabecilla de la resistencia: “Pero, vamos a ver, ¿tú por qué te opones?”. Y el hombre, que era de buena familia, respondió sin cortarse un pelo: “Pues porque, si hacemos el lavadero, en Soria nos quedamos sin criadas”. Y así fue cómo la industria de la lana, y la industria en general, pasó de largo en la más pobre y ganadera provincia castellana. (Por cierto, otro significado de bufanda es: gratificación que recibe un funcionario aparte de su sueldo).

En Sarnago, las bufandas y los calcetines se hacían a mano. Siempre tengo presente la estampa de la abuela en la cocina, con su saya hasta los pies, su toquilla y su pañuelo en la cabeza, hilando el copo de lana con el huso y la rueca junto a la lumbre. Pero prevalecían allí los tapabocas de fábrica, algo más grandes, que no tenían nada que ver con la máscara quirúrgica o barbijo que usan los médicos y las enfermeras en los quirófanos, ni con la chalina vasca. Se parecían más al sudario, “sudarium”, latino. El tapabocas envolvía la cabeza y protegía la cara cuando azotaba el cierzo, golpeaba la cellisca o imperaba el calamoco. Siempre me ha sorprendido la desprotección, en su vestimenta, de aquellos campesinos, habitantes de largos y crudos inviernos. Todo su vestuario consistía en un pantalón y un chaqueta de pana o de tela barata y ligera de algodón, una camisa sin cuello, un rústico chaleco como mucho, la faja negra, que daba una docena de vueltas a la cintura, y la boina, casi como un kipá; unas alpargatas de goma o de esparto, las abarcas y algunos, con suerte, unas botas de Falange o traídas de la mili. La mayor protección para pastores -todo el día a la intemperie- labradores y buhoneros era, además del tapabocas, con olor a sudor, a vino y a tabaco, una vieja manta de Palencia, aquellas toscas mantas de cuadros que lo mismo servían para abrigarse que para la enjalma del macho o del burro. Y las mujeres, se cobijaban bajo el oscuro y perenne mantón, el vestido de sayal, la toquilla de lana y el pañuelo de la cabeza. La elegante capa negra del abuelo -nunca se la vi puesta- permaneció siempre colgada, como un anacronismo de otra época, hasta que se ensoñoreó de ella la polilla. A estos lejanos pensamientos me ha llevado el agradable tacto de mi bufanda roja.

ELOGIO ANIMAL

San Antonio Abad, más conocido por San Antón, es el patrono de los animales, además de los cesteros, carniceros, fabricantes de cepillos, porquerizos y enterradores. También lo veneran con especial devoción los monjes y ermitaños, no en balde él es el iniciador, en el siglo IV, en Egipto, de la tradición monástica cristiana. A los veinte años repartió sus bienes a los pobres y se retiró al desierto, donde dormía en un sepulcro vacío. Aun así, vivió más de cien años. Allí en el desierto convivió y se hizo amigo de los animales. Dicen que sentía predilección por los cochinillos, y, de hecho, suelen pintarlo con un cerdo detrás siguiéndole a todas partes. Zurbarán lo presenta descalzo, con largas barbas, tosco hábito de monje y un bastón en la mano. Sus famosas tentaciones han dado mucho de sí y de ellas se ocupan pintores tan distintos como Diego Rivera, Cezanne o Dalí. En numerosos pueblos de España la noche del 16 al 17 de enero, con motivo de su fiesta, arden hogueras -las “lumbres de San Antón”- y se suceden curiosas y divertidas celebraciones. Desde hace siglos, desde cuando Madrid era aún un pueblo -no estoy seguro de que ya no lo sea, aunque esté poblado de subsecretarios, tenderos, putas, estudiantes y chupatintas- los campesinos acuden con sus animales domésticos a la iglesia de San Antón a que se los bendiga el santo. Perros, gatos, tortugas, loros, conejos, cerditos, peces y todo tipo de pájaros y mascotas desfilan por el presbiterio, convertido por un día en escenario ecológico. Son asperjados con agua bendita y San Antón sonrie y les da su bendición desde el retablo del altar mayor.

En los pueblos de Castilla está muy arraigado el dicho “Por San Antón, gallinita, pon”. Por lo visto, después de unos meses de carencia a medida que acortaban los días, vencido el ecuador de enero con el aumento de la luz solar, las gallinas volvían a poner. Pocos placeres recuerdo de niño tan inocentes como asomarme con enorme curiosidad al nidal -viejo cesto, caldero o cajón con paja- y recoger los huevos recién puestos, aún calientes, manjar fundamental de los pobres, mientras las gallinas cacareaban alrededor en el suelo, atravesado por un tímido rayo de sol, o en los payos de la cuadra y de la majada, con sus crestas enrojecidas, custodiadas de cerca por el lúbrico y aguerrido gallo, que era además el despertador de la casa. O sea, un pluriempleado. ¡Aquellos sí que eran huevos de corral! Las gallinas autóctonas -cenizosas, marrones, pardas…-, nacidas endogámicamente en la propia casa de una nidada engüerada por la clueca en un humilde cajón junto al brasero, sólo comían trigo, desperdicios, brotes de hierba y gusarapos en el corral o en las herrañes cercanas. Más de una vez busqué nidadas bajo los olmos, como quien busca un blanco tesoro. Luego, servidumbre de los pobres, venía el huevero con sus cuévanos en lo alto de la caballería y los compraba por cuatro reales, de docena en docena y de portal en portal. Siempre me admiró su habilidad para coger, en cada intento, tres huevos en cada mano.

Esta fiesta de San Antón es una buena ocasión a mi entender para ensayar un breve y agradecido recuerdo, casi una égloga, de los animales domésticos. Los bajos de la casa eran una sinfonía animal. Al cacareo de las gallinas y al relincho de los caballos en la cuadra, ponía contrapunto de fondo el gruñido profundo y desentonado de los cochinos en la pocilga, el ladrido nervioso de los perros en el portal, perros sin raza, siempre sueltos, engendrados en la calle, y el dulce balido de las ovejas recién paridas. Y arriba ronroneaban los gatos, aristócratas del mundo animal, en el somero y en la chapa caliente de la cocina. Con el buen tiempo, irrumpía la perdiz con su poderoso “coreque” desde la jaula. Silenciosos y sufridos machos y humildes borricos, con sus rebuznos inesperados, verdaderos solos del concierto, completaban la nómina de los instrumentos. La proximidad de los animales y la inmersión en la naturaleza, donde encuentran su hábitat los que están sin domesticar, constituyen una característica esencial de la civilización rural. Cuando las cuadras, las majadas, los gallineros, las zahúrdas y los corrales de los pueblos quedaron vacíos y dejó de oirse el concierto animal, cuando al entrar en la casa no sentimos una turbia bocanada en el rostro con el áspero olor de los cagajones, las cagarrutas, los purines -verdaderamente malolientes para el olfato poco acostumbrado- y las omnipresentes gallinazas, podemos dar por seguro que ha acabado una época. Nada será ya lo mismo. Esas mascotas de la ciudad, tan aseadas, tan cuidadas por el veterinario y hasta por el peluquero, no dejan de ser una reminiscencia perfumada de aquello, por más que este viernes, dia 17 de enero, las bendiga, complacido, el bueno de San Antón.

LA CUESTA DE ENERO

Enero es un mes en cuesta. No en vano se ha hablado siempre de la cuesta de enero. Una cuesta empinada y dura, que en mis Tierras Altas de la Alcarama se ve además dificultada por la cellisca o el aguaviento. Es el mes en que más cuesta llegar a fin de mes. Con eso está dicho todo. Lo malo no son las rebajas de “El Corte Inglés” que rebañan los últimos euros que te quedan en el cajón después de los dispendios de las fiestas, tan familiares, tan entrañables, tan costosas, tan estruendosas, tan latosas a veces. Lo peor es que llega el tio Paco con la rebaja, ya me entienden. Los excesos o abusos se pagan. Y en esas estamos. Otra vez a la intemperie después del calorcillo del hogar. Tras el bullicio de las celebraciones y los regalos de Reyes, se apodera de las casas el silencio y la rutina. Todos se marchan, algunos muy lejos, como Noa, mi nieta. Y muchos hogares quedan sumergidos otra vez en el calderón de la soledad. ”¡Año alante!”, murmuran los más viejos al asomarse al año nuevo, consolándose o resignados. Eso es más ostensible en los pueblos. Los que llegaron de fuera a pasar las vacaciones con la familia, que animaron por unos días el ambiente, se vuelven a sus ocupaciones en la ciudad, vigilados de cerca por la Dirección General de Tráfico, y el silencio, roto sólo por el rugido del viento invernal doblando las esquinas, vuelve a apoderarse de las calles y de las gentes, que se convierten en invisibles para el viajero que llega de fuera, que sólo percibe el humo de las chimeneas.

En la cuesta de enero, según el recuerdo que guardo de mi infancia, residía el duro corazón del invierno. Caía la gran nevada. Las nubes se abatían sobre los tejados. El temporal de nieve duraba dias y noches interminables. En estas largas noches, las úrguras ululaban en el hueco de las chimeneas. Los ganados quedaban encerrados en la majada. Había que darles de comer en los zarzos y en las duernas. Las ovejas estaban pariendo. Para salir de casa e ir a por agua a la fuente, era preciso abrir camino en la entrada con la pala. De los aleros de los tejados colgaban gruesos carámbanos. El refugio de la familia estaba en la cocina, con el fuego siempre encendido, única estancia caliente de la casa. La cama estaba literalmente helada y había que calentarla, para poder conciliar el sueño, con la tumbilla o el brasero bajo las sábanas. Los hombres andaban por el trujal, en Navarra mayormente, ganando un exiguo jornal y un pellejo de aceite para “echar la conserva”, y las mujeres tenían que ocuparse de todo. Más de una vez vi a mi madre, de niño, aprovechando un respiro en lo bueno del día, tirar del ramal del caballo hasta la huerta de la Solana, a casi media legua de camino, a llenar los serones de berzas, rescatándolas de la nieve, con las que se abastecerían, bien picadas en grandes banastos, las duernas de las ovejas, y, debidamente cocido en las llares y espolvoreado de salvado, el caldero de los cochinos. Si alguien se la encontraba en la calle a la vuelta, con las manos y la cara amoratadas, y le preguntaba: “¿Cómo te las has apañado? ¿quién te ha ayudado?”, respondía invariablemente: “¡El tio Mañas!”, un personaje imaginario, pero muy real y amable, que ayudaba a sobrevivir en aquellas circunstancias tan hostiles. Simbolizaba el coraje de los campesinos. Sólo la baraja y el trasnocho, además del tio Mañas, dulcificaban un poco los crudos inviernos de aquellas sufridas y heroicas mujeres enlutadas. Quiero decir con esto que aquella era una cuesta de enero de verdad. En comparación, la cuesta de ahora es mucho más llevadera. Para aquellos campesinos, esto es como quejarse de vicio.

Por lo demás, en enero no todo es cuesta arriba, no todo está perdido. La luz aumentará poco a poco, a medida que los días se alargan. Antes de que acabe el mes, un sol tibio iluminará al atardecer los anuncios de coches, de móviles y de perfumes a la entrada de la ciudad. Los grandes carteles de las rebajas aparecerán ya desvaídos. En el pueblo esa luz horizontal dorará los ventisqueros en los huecos de las laderas. Y el crepúsculo volverá a coronar de malva y oro el azul de la sierra. Un año más habremos coronado la cuesta, aunque haya sido trabajosamente.