LA CUESTA DE ENERO

por elcantodelcuco

Enero es un mes en cuesta. No en vano se ha hablado siempre de la cuesta de enero. Una cuesta empinada y dura, que en mis Tierras Altas de la Alcarama se ve además dificultada por la cellisca o el aguaviento. Es el mes en que más cuesta llegar a fin de mes. Con eso está dicho todo. Lo malo no son las rebajas de “El Corte Inglés” que rebañan los últimos euros que te quedan en el cajón después de los dispendios de las fiestas, tan familiares, tan entrañables, tan costosas, tan estruendosas, tan latosas a veces. Lo peor es que llega el tio Paco con la rebaja, ya me entienden. Los excesos o abusos se pagan. Y en esas estamos. Otra vez a la intemperie después del calorcillo del hogar. Tras el bullicio de las celebraciones y los regalos de Reyes, se apodera de las casas el silencio y la rutina. Todos se marchan, algunos muy lejos, como Noa, mi nieta. Y muchos hogares quedan sumergidos otra vez en el calderón de la soledad. ”¡Año alante!”, murmuran los más viejos al asomarse al año nuevo, consolándose o resignados. Eso es más ostensible en los pueblos. Los que llegaron de fuera a pasar las vacaciones con la familia, que animaron por unos días el ambiente, se vuelven a sus ocupaciones en la ciudad, vigilados de cerca por la Dirección General de Tráfico, y el silencio, roto sólo por el rugido del viento invernal doblando las esquinas, vuelve a apoderarse de las calles y de las gentes, que se convierten en invisibles para el viajero que llega de fuera, que sólo percibe el humo de las chimeneas.

En la cuesta de enero, según el recuerdo que guardo de mi infancia, residía el duro corazón del invierno. Caía la gran nevada. Las nubes se abatían sobre los tejados. El temporal de nieve duraba dias y noches interminables. En estas largas noches, las úrguras ululaban en el hueco de las chimeneas. Los ganados quedaban encerrados en la majada. Había que darles de comer en los zarzos y en las duernas. Las ovejas estaban pariendo. Para salir de casa e ir a por agua a la fuente, era preciso abrir camino en la entrada con la pala. De los aleros de los tejados colgaban gruesos carámbanos. El refugio de la familia estaba en la cocina, con el fuego siempre encendido, única estancia caliente de la casa. La cama estaba literalmente helada y había que calentarla, para poder conciliar el sueño, con la tumbilla o el brasero bajo las sábanas. Los hombres andaban por el trujal, en Navarra mayormente, ganando un exiguo jornal y un pellejo de aceite para “echar la conserva”, y las mujeres tenían que ocuparse de todo. Más de una vez vi a mi madre, de niño, aprovechando un respiro en lo bueno del día, tirar del ramal del caballo hasta la huerta de la Solana, a casi media legua de camino, a llenar los serones de berzas, rescatándolas de la nieve, con las que se abastecerían, bien picadas en grandes banastos, las duernas de las ovejas, y, debidamente cocido en las llares y espolvoreado de salvado, el caldero de los cochinos. Si alguien se la encontraba en la calle a la vuelta, con las manos y la cara amoratadas, y le preguntaba: “¿Cómo te las has apañado? ¿quién te ha ayudado?”, respondía invariablemente: “¡El tio Mañas!”, un personaje imaginario, pero muy real y amable, que ayudaba a sobrevivir en aquellas circunstancias tan hostiles. Simbolizaba el coraje de los campesinos. Sólo la baraja y el trasnocho, además del tio Mañas, dulcificaban un poco los crudos inviernos de aquellas sufridas y heroicas mujeres enlutadas. Quiero decir con esto que aquella era una cuesta de enero de verdad. En comparación, la cuesta de ahora es mucho más llevadera. Para aquellos campesinos, esto es como quejarse de vicio.

Por lo demás, en enero no todo es cuesta arriba, no todo está perdido. La luz aumentará poco a poco, a medida que los días se alargan. Antes de que acabe el mes, un sol tibio iluminará al atardecer los anuncios de coches, de móviles y de perfumes a la entrada de la ciudad. Los grandes carteles de las rebajas aparecerán ya desvaídos. En el pueblo esa luz horizontal dorará los ventisqueros en los huecos de las laderas. Y el crepúsculo volverá a coronar de malva y oro el azul de la sierra. Un año más habremos coronado la cuesta, aunque haya sido trabajosamente.

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