ELOGIO ANIMAL

por elcantodelcuco

San Antonio Abad, más conocido por San Antón, es el patrono de los animales, además de los cesteros, carniceros, fabricantes de cepillos, porquerizos y enterradores. También lo veneran con especial devoción los monjes y ermitaños, no en balde él es el iniciador, en el siglo IV, en Egipto, de la tradición monástica cristiana. A los veinte años repartió sus bienes a los pobres y se retiró al desierto, donde dormía en un sepulcro vacío. Aun así, vivió más de cien años. Allí en el desierto convivió y se hizo amigo de los animales. Dicen que sentía predilección por los cochinillos, y, de hecho, suelen pintarlo con un cerdo detrás siguiéndole a todas partes. Zurbarán lo presenta descalzo, con largas barbas, tosco hábito de monje y un bastón en la mano. Sus famosas tentaciones han dado mucho de sí y de ellas se ocupan pintores tan distintos como Diego Rivera, Cezanne o Dalí. En numerosos pueblos de España la noche del 16 al 17 de enero, con motivo de su fiesta, arden hogueras -las “lumbres de San Antón”- y se suceden curiosas y divertidas celebraciones. Desde hace siglos, desde cuando Madrid era aún un pueblo -no estoy seguro de que ya no lo sea, aunque esté poblado de subsecretarios, tenderos, putas, estudiantes y chupatintas- los campesinos acuden con sus animales domésticos a la iglesia de San Antón a que se los bendiga el santo. Perros, gatos, tortugas, loros, conejos, cerditos, peces y todo tipo de pájaros y mascotas desfilan por el presbiterio, convertido por un día en escenario ecológico. Son asperjados con agua bendita y San Antón sonrie y les da su bendición desde el retablo del altar mayor.

En los pueblos de Castilla está muy arraigado el dicho “Por San Antón, gallinita, pon”. Por lo visto, después de unos meses de carencia a medida que acortaban los días, vencido el ecuador de enero con el aumento de la luz solar, las gallinas volvían a poner. Pocos placeres recuerdo de niño tan inocentes como asomarme con enorme curiosidad al nidal -viejo cesto, caldero o cajón con paja- y recoger los huevos recién puestos, aún calientes, manjar fundamental de los pobres, mientras las gallinas cacareaban alrededor en el suelo, atravesado por un tímido rayo de sol, o en los payos de la cuadra y de la majada, con sus crestas enrojecidas, custodiadas de cerca por el lúbrico y aguerrido gallo, que era además el despertador de la casa. O sea, un pluriempleado. ¡Aquellos sí que eran huevos de corral! Las gallinas autóctonas -cenizosas, marrones, pardas…-, nacidas endogámicamente en la propia casa de una nidada engüerada por la clueca en un humilde cajón junto al brasero, sólo comían trigo, desperdicios, brotes de hierba y gusarapos en el corral o en las herrañes cercanas. Más de una vez busqué nidadas bajo los olmos, como quien busca un blanco tesoro. Luego, servidumbre de los pobres, venía el huevero con sus cuévanos en lo alto de la caballería y los compraba por cuatro reales, de docena en docena y de portal en portal. Siempre me admiró su habilidad para coger, en cada intento, tres huevos en cada mano.

Esta fiesta de San Antón es una buena ocasión a mi entender para ensayar un breve y agradecido recuerdo, casi una égloga, de los animales domésticos. Los bajos de la casa eran una sinfonía animal. Al cacareo de las gallinas y al relincho de los caballos en la cuadra, ponía contrapunto de fondo el gruñido profundo y desentonado de los cochinos en la pocilga, el ladrido nervioso de los perros en el portal, perros sin raza, siempre sueltos, engendrados en la calle, y el dulce balido de las ovejas recién paridas. Y arriba ronroneaban los gatos, aristócratas del mundo animal, en el somero y en la chapa caliente de la cocina. Con el buen tiempo, irrumpía la perdiz con su poderoso “coreque” desde la jaula. Silenciosos y sufridos machos y humildes borricos, con sus rebuznos inesperados, verdaderos solos del concierto, completaban la nómina de los instrumentos. La proximidad de los animales y la inmersión en la naturaleza, donde encuentran su hábitat los que están sin domesticar, constituyen una característica esencial de la civilización rural. Cuando las cuadras, las majadas, los gallineros, las zahúrdas y los corrales de los pueblos quedaron vacíos y dejó de oirse el concierto animal, cuando al entrar en la casa no sentimos una turbia bocanada en el rostro con el áspero olor de los cagajones, las cagarrutas, los purines -verdaderamente malolientes para el olfato poco acostumbrado- y las omnipresentes gallinazas, podemos dar por seguro que ha acabado una época. Nada será ya lo mismo. Esas mascotas de la ciudad, tan aseadas, tan cuidadas por el veterinario y hasta por el peluquero, no dejan de ser una reminiscencia perfumada de aquello, por más que este viernes, dia 17 de enero, las bendiga, complacido, el bueno de San Antón.

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