LA BUFANDA ROJA

por elcantodelcuco

Este año los Reyes me han traído una bufanda roja. Una bufanda ancha y larga, de lana gorda tejida en forma de ochos y de tacto cálido y agradable. Me he enterado de que Sus Majestades de Oriente tuvieron que revolver Madrid de punta a rabo y de tienda en tienda, lo que es de agradecer, hasta que dieron con lo que interpretaron que yo quería. Se ve que no es lo que se lleva este año, y eso me conduce a pensar que el rojo no está de moda en España ni siquiera en las bufandas, pero a lo mejor es una inducción precipitada, o sea, con poco fundamento. Y, desde luego, a la vista de esta curiosa circunstancia, afirmo con contundencia que no siempre lo que está de moda es lo mejor, lo más útil y hermoso, sino todo lo contrario. Asimismo se confirma, por si alguien lo dudaba, que hay que ser un necio para confundir valor y precio a la hora de hacer o recibir un regalo. El caso es que desde que tengo en mi poder la mullida y agradable prenda no salgo de casa sin ella bien arrollada al cuello. Es como si formara ya parte de mi piel. (En internet he visto un video en el que se ofrecen veinticinco formas de ponerse una bufanda). En estos dias frios y griposos es un grato consuelo, una buena protección. Siento como si me diera calor a todo el cuerpo. Así evito, espero, tener que pasar por la farmacia o, en última instancia, recurrir dentro de unos días a San Blas, encargado, como se sabe, de los males de garganta.

Acaricio mi bufanda roja y pienso instintivamente en las ovejas de mi infancia en Sarnago. Me sumerjo en el vaho de la majada y me pregunto por dentro: ¿De qué oveja procederá esta lana? ¿Será de andosca o de primala? ¿Acaso de una oveja galana o de un carnero? ¿Quién habrá sido el esquilador? ¿Dónde estará el lavadero de lana? ¿Cómo habrán teñido los vellones, hasta encontrar este rojo purísimo? ¿Dónde la habrán tejido? ¿En qué lejano extrarradio ciudadano estará el telar? Quién me dice que no será, por eso de la deslocalización, en un país asiático con mano de obra barata. En fin, ¿cómo es posible que en las Tierras Altas la lana ya no sea rentable y de las sierras de la Mesta, donde pastaron un millón de ovejas, hayan desaparecido los rebaños por arte del diablo, y los campos y los pueblos estén vacíos? Y llegado a este punto, me viene a la cabeza un episodio verídico, ocurrido en Soria en los años oscuros del franquismo, que viene aquí a cuento y quizás lo explique todo. Se planteó un día en el Ayuntamiento de la capital la propuesta de un empresario de construir un gran lavadero de lana, que daria trabajo a un ciento de empleadas. Parecía una buena idea. Los papeles estaban en orden. Sólo faltaba autorizarlo. Pero en la sala de Concejo se sucedian las discusiones. Un sector se oponía sin ofrecer razones claras. Así un día y otro día. La prensa local había adelantado ya la esperanzadora noticia en primera página. Hasta que un concejal interpeló directamente al que aparecía como cabecilla de la resistencia: “Pero, vamos a ver, ¿tú por qué te opones?”. Y el hombre, que era de buena familia, respondió sin cortarse un pelo: “Pues porque, si hacemos el lavadero, en Soria nos quedamos sin criadas”. Y así fue cómo la industria de la lana, y la industria en general, pasó de largo en la más pobre y ganadera provincia castellana. (Por cierto, otro significado de bufanda es: gratificación que recibe un funcionario aparte de su sueldo).

En Sarnago, las bufandas y los calcetines se hacían a mano. Siempre tengo presente la estampa de la abuela en la cocina, con su saya hasta los pies, su toquilla y su pañuelo en la cabeza, hilando el copo de lana con el huso y la rueca junto a la lumbre. Pero prevalecían allí los tapabocas de fábrica, algo más grandes, que no tenían nada que ver con la máscara quirúrgica o barbijo que usan los médicos y las enfermeras en los quirófanos, ni con la chalina vasca. Se parecían más al sudario, “sudarium”, latino. El tapabocas envolvía la cabeza y protegía la cara cuando azotaba el cierzo, golpeaba la cellisca o imperaba el calamoco. Siempre me ha sorprendido la desprotección, en su vestimenta, de aquellos campesinos, habitantes de largos y crudos inviernos. Todo su vestuario consistía en un pantalón y un chaqueta de pana o de tela barata y ligera de algodón, una camisa sin cuello, un rústico chaleco como mucho, la faja negra, que daba una docena de vueltas a la cintura, y la boina, casi como un kipá; unas alpargatas de goma o de esparto, las abarcas y algunos, con suerte, unas botas de Falange o traídas de la mili. La mayor protección para pastores -todo el día a la intemperie- labradores y buhoneros era, además del tapabocas, con olor a sudor, a vino y a tabaco, una vieja manta de Palencia, aquellas toscas mantas de cuadros que lo mismo servían para abrigarse que para la enjalma del macho o del burro. Y las mujeres, se cobijaban bajo el oscuro y perenne mantón, el vestido de sayal, la toquilla de lana y el pañuelo de la cabeza. La elegante capa negra del abuelo -nunca se la vi puesta- permaneció siempre colgada, como un anacronismo de otra época, hasta que se ensoñoreó de ella la polilla. A estos lejanos pensamientos me ha llevado el agradable tacto de mi bufanda roja.

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