El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: febrero, 2014

SABORES OLVIDADOS

Hay en Soria un colectivo artístico que se hace llamar “Latidos del olvido”, que, como su nombre indica, pretende revivir la memoria del pasado, que es justamente lo que yo estoy haciendo desde hace tiempo. Así que no ha resultado difícil sintonizar. La metáfora es válida. El olvido tiene corazón; por eso late y hay que escucharlo. Lleva la voz cantante en este grupo de artistas Paye Vargas Soria, que es quien ha conectado conmigo. Me dice que se trata de “un proyecto artístico encaminado a la crea-ocupación de lugares abandonados, con la colaboración de artistas y pensadores intentando rescatar realidades del pasado y del presente”. Y ahora tienen entre manos unas jornadas gastro-culturales denominadas “Sabores olvidados en torno a la mesta”. Estas jornadas, para las que quieren contar conmigo, que sólo me he puesto el delantal para preparar pacientemente una inmejorable carne de membrillo con los membrillos de mi jardín, pero que nunca he frito un huevo, consistirán en una degustación de platos olvidados, a cargo de cocineros de verdad, acompañados de charlas sobre el tema. Me ha parecido una buena idea y allí estaré charlando. Trataré de recordar las comidas de la posguerra en mis Tierras Altas de la Alcarama.

Enseguida se me ha hecho la boca agua recordando aquellos sabores olvidados: la liebre con arroz en el calderillo, las fastuosas “migas de la manteca” con azucar, uvas y rajas de manzana fritas; los hormigos, o gachas, con choricillos y torreznillos crujientes; las apetitosas e inolvidables sopas de hígado cuando la matanza -¡cómo sonaba y olía el almirez!-; las humildes sopas de ajo de casi cada noche compartidas en la cazuela de barro, el sabroso patorrillo, la gallina en pepitoria, la perdiz escabechada, las patatas “a la importancia”, las fastuosas vainillas recién cogidas de la huerta guisadas con patatas, cebolla, tomate y cortezas de tocino de jamón, el hartaguitón de la cuaresma, el congrio en salsa preparado por la abuela, las patatas con azafrán del día del esquilo, el bacalao con pimientos, el puchero de alubias con berza y hueso de jamón, o sencillamente unos humildes e irrepetibles huevos con torreznos, que Cervantes llama en el Quijote “duelos y quebrantos”. ¡Ah! y aquel pan de hogaza, con harina de trigo puro con una mezcla de centeno y levadura natural, amasado en la artesa y cocido con hornija del monte y con ulagas en el horno familiar. Bastaba un corrusco de pan con cebolla para la merienda, un bollo “preñao” o un cantero de pan con miel o con leche condensada.

El inventario o carta del menú es interminable a pesar de que se trata de una sociedad de subsistencia, en la que se vivía y se trabajaba para poder comer. Se comía normalmente lo que había a mano y, desde luego, no se pasaba de los productos de temporada. Eran tiempos de la posguerra, tiempos oscuros, de venganzas, silencios, delegados y racionamiento. La habitual penuria contribuía a la exaltación de los sabores y al disfrute gastronómico en los esperados banquetes de las fiestas y días señalados en los que se tiraba la casa por la ventana. Quiero decir que la pobreza enaltecía la gastronomía. Una de estas fechas señaladas era la cena de Nochebuena. Y, a este propósito, no me resisto a reproducir el comentario que me envía a mi entrada “La comida de Navidad”, desde San Pedro Manrique, por esas casualidades del destino, la hija del inolvidable Mario, María del Mar del Rincón, porque me parece que viene como anillo al dedo:

Cardo y congrio en salsa ha sido el menú de la cena de Navidad en casa de mis padres y, en tiempos más lejanos, también el besugo. Mi padre comentaba a menudo cómo traían camiones enteros desde Pasajes, y surtían a toda la comarca. También, la tinada o vino caliente que se hacía con ciruelas pasas, orejones e higos secos de Villarijo o de Cigudosa, el pueblo de mi madre. Uno de mis recuerdos más nítidos de infancia era cuando el tio Rufino de Villarijo, gran amigo de mi padre, llegaba cada año antes de Navidad con un talego lleno de nueces y esas deliciosas frutas pasas que su mujer, la tia Oria, nos había preparado con todo cariño para mí y mis hermanos. Aún me parece verlo en la cocina de casa, siempre con humor extraordinario, echándose un trago del porrón al tiempo que imitaba el canto de la perdiz… Mis padres no están, pero el menú de la cena de Navidad sigue siendo cardo, con la receta de mi madre, congrio con pimientos secos y en los últimos años tampoco falta el cuenco con la tinada aunque los frutos no son de Villarijo ni las nueces de Cigudosa.

(Villarijo, en la raya de la Rioja, único pueblo de Soria donde había olivos, patria de don Ezequiel Solana, está deshabitado como Sarnago y la mayor parte de los pueblos de las Tierras Altas. Recuerdo de niño aquellos cestos de guindas y de pomas de Villarijo en el mercado de San Pedro. Ahora los huertos están abandonados, comidos por las zarzas y la maleza, y las higueras se meten por las ventanas de las casas abandonadas).

Pero siempre nos quedará el latido del olvido.

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ACUSE DE RECIBO

“Sarlat et Logroño à la recontre d’Abel Hernández à Sarnago (20-22 septembre 2013)”. Es el titular, válgame Dios, con grandes letras brillantes de la esmerada revista bilingüe publicada en Francia y que recoge el emotivo encuentro, del que di aquí noticia en su día, que tuvo lugar en Sarnago en torno a mis libros, promovido por la profesora Jacqueline Lacombe y su marido, Claude. Este último se ha encargado además de la “mise en images” o depurada edición. En la portada aparece Sarnago. Es una imagen del pueblo desde la Cruz de la Villa, en el camino de San Pedro, con las ruinas de la iglesia al fondo, recostadas en la ladera verdecida del Cogote de la Hoya. Detrás se adivina la Alcarama. Este homenaje escrito es para mí abrumador y, sin falsa humildad, inmerecido. Me ha parecido de buena educación acusar públicamente recibo de ello y expresar mi sentido agradecimiento. “Un recuerdo franco-español”, dice en su carta manuscrita, con exquisita sencillez, la profesora Lacombe, que no se ha conformado con enseñar español a sus alumnos utilizando durante tres años mis libros, sino que ha venido con ellos al escenario donde tienen lugar las historias que se cuentan, el escenario de mis sueños y de mi infancia. En la revista, poblada de innumerables fotos, se recogen todos los textos elegidos por los alumnos y que leyeron franceses y riojanos aquella tarde del último septiembre en la plaza del pueblo. He aquí un breve resumen de esta trilogía mia, hecho por manos ajenas, ya amigas, la trilogía que precede a El canto del cuco. Llanto por un pueblo. He pensado que pueden ser de alguna utilidad para tener una visión de conjunto. Me ha parecido, al menos, un juego divertido de luces y sombras ofrecer apenas un fragmento de cada uno de los textos de la antología, como un repique de campanas.

Joëlle Colas.- Te ofrezco, lector, este manojo de flores silvestres recogidas en las Tierras Altas de la Soria mágica y pobre, donde el tiempo se detiene y los montes y las piedras hablan.

Amparo Contreras.- Había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar privilegiado, desde donde se dominaban veinte kilómetros a la redonda. En cada una de las cuatro entradas del pueblo había una cruz coincidiendo con los cuatro puntos cardinales

Maite Sáenz Zatarain.- Las calles de Sarnago no tienen nombre. Sólo la que sube a la plaza, que es la de mi casa, figura pomposamente como calle Real en los papeles oficiales, pero nadie la conoce por su nombre. No hay, ni hubo nunca, placas ni números.

Claude Lacombe.- El reloj de pared llevaba desde el siglo XVIII en el mismo rincón de la casa, enfrente de la cama donde yo nací. Sus dos pesas de hierro descendían poco a poco, insensiblemente 

Yvette Sarrut.- El reloj y la campana eran complementarios. Marcaban el ritmo de la vida en el pueblo. Las campanas eran además el principal medio de comunicación. Cada sonido tenía un significado.

Jacqueline Molinier.- El verano aquel vino tormentoso en las tierras de la Alcarama. Raro era el día, en la primera quincena de Julio, cuando clascaba ya la cebada y brillaba el oro de los trigales esperando la hoz, que no aparecían amenazadoras nubes al caer la tarde por la sierra del Alba.

Pilar Pozuelo.- “Estas nubes vienen del mar donde han cargado y traen hasta aquí el agua, vuelan arrastradas por el viento y son muy rápidas, del mar aquí se plantan en un periquete”, juraba y perjuraba el tio Co que las había visto cargando agua en el mar cuando hizo la mili en África.

Pilar López Castillejo.- El invierno envolvía el pueblo en su sudario blanco. Los seres humanos y los animales quedaban recluidos en las casas. Sólo los penachos de humo de las chimeneas daban señal de que allí había vida. El silencio era total por la noche, un silencio metafísico en el exterior si no había úrguras clamando por las callejas.

Gloria Milón.- El trasnocho era como los programas del corazón de la época. Las mujeres, jóvenes y viejas, estas últimas con su saya, su toquilla y su pañuelo oscuro en la cabeza, se reunían en las noches de invierno al calor de la majada, bajo la luz de un carburo o una lámpara de petróleo pagados a escote.

Carmen Soto.- Mi madre había amasado y estaba metiendo la masa de las hogazas en el horno. Hacía calor y yo tenía sed… Entonces ocurrió lo inesperado.

Claude Sarrut.- Pero la principal misión de mi madre, aparte de sacar a los hijos adelante, fue cuidar de sus padres con extraordinaria delicadeza hasta que, con más de noventa años el abuelo y unos menos la abuela, cerraron los ojos para siempre con unos meses de diferencia.

Anne-Marie Marco.- El caso es que tanto me llegó a obsesionar el sol que me pasé tardes y tardes observando el punto exacto en que se ponía, a la derecha del Castillo, según miraba desde la alameda del ejido.

Jacqueline Lacombe.- Un día se perdió doña Victoria, la maestra. Todo el pueblo, incluidos los niños de la escuela, salimos a buscarla… En Sarnago no había más que una escuela. Como ya te he dicho, estaba en la plaza, cerca de las eras, debajo de la vivienda del maestro.

Anne-Marie Goujon.- Doña Victoria, una maestra interina con escasa preparación y a punto de jubilarse, no contaba con el aprecio de las familias… Pero la gota que colmó el vaso fue cuando se empeñó en convencer a los niños de que la hora tenía 50 minutos.

Pilar Pascual.- Te decía que uno de los distintivos de la fiesta de Sarnago son las móndidas y el mozo del ramo, cuyo origen se desconoce, lo que ha dado pie a diversas conjeturas.

Michèle Hoffmann.- En la primavera avanzada, con los primeros calores, era el tiempo del esquilo… Los esquiladores pasaban horas con el cuerpo doblado sobre las ovejas. Después de un rato sus pantalones, lo mismo que sus manos, brillaban con la grasa de la lana, y el sudor les caía por el rostro.

Y el cantautor Michel García cantó “La era vacía”, que a mí acabó de emocionarme:

Así se quedan las eras

cuando el trigo no viene a ellas.

Mira, hijo, cuánta hierba,

qué debajo está la piedra…

Con el estribillo, animoso a pesar de todo, con el que invito a los lectores a brindar:

¡Anda, María,

baja el porrón!

EL DIA DE LOS ENAMORADOS

 

Ayer vi, por primera vez este año, perseguirse amorosamente dos mirlos entre los laureles y el seto de hiedra, y llevo una semana, más o menos, escuchando el arrullo precoz de las torcaces, cuando el aire se serena y el tiempo da un respiro. Se ve que se acerca la fiesta de San Valentín, la fecha en que en los países nórdicos, donde se originó hacia 1840 la celebración del Día de los Enamorados, acostumbran a emparejarse los pájaros y a empezar a aparearse. O sea, un claro preludio de la primavera, que la sangre altera, antes de que despierte el cuco, que es, como se sabe, el heraldo oficial. Tampoco faltan los que creen que se trata de una fiesta pagana, cristianizada, que bien pudiera ser. En la antigua Roma se acudía al dios del amor, Cupido, -el Eros griego- con ofrendas para alcanzar el enamoramiento ideal. En muchos lugares es costumbre regalar rosas y besos. En España el Día de los Enamorados fue una idea comercial de Galerías Preciados a mediados del siglo pasado, retomada e impulsada luego por El Corte Inglés. Hoy se ha quedado en eso, en una fiesta romántico-comercial, que es lo que se lleva. ¿Desde cuándo el amor y el enamoramiento pueden reducirse a un día? Sería como meter el mar en una botella de plástico adornada con cintas de colores..

La leyenda de San Valentín tiene precisamente su origen en la Roma del siglo III. Gobernaba el emperador Claudio II, que tuvo la ocurrencia de prohibir a los jóvenes soldados que se casaran para que no tuvieran ataduras ni perdieran energía. Algo parecido a lo que hace ahora la Iglesia con el celibato de los curas. Valentín, sacerdote cristiano, convencido de que era un decreto injusto, desobedeció las órdenes del emperador y se dedicó a bendecir en secreto el matrimonio de los jóvenes enamorados. Esto le costó la cárcel y la vida. Estando en prisión, curó de la ceguera a la hija de Asterius, el oficial carcelero, que se convirtió al cristianismo. Pero ni aún así se libro de la muerte. A pesar de los titubeos del emperador, cuando se enteró, Valentín fue ajusticiado el 14 de febrero del año 270. La joven Julia, agradecida, plantó un almendro de flores rosadas junto a su tumba. Y desde entonces el almendro se convirtió en símbolo del amor duradero y de la amistad.

Hoy, en este febrerillo loco, el juego amoroso de los pájaros en el jardín, anuncio de la llegada de San Valentín, ha cesado. Ha quedado bruscamente interrumpido. Todo ha enmudecido. La mañana ha amanecido blanca, aunque la nieve ha durado apenas un suspiro. Mientras escribo, suena la lluvia en los cristales, que elimina despiadadamente la huella bendita en los tejados, en la calle y en los árboles del jardín. Es el único momento en que odio la lluvia y lamento la subida de la temperatura. Menos mal que me ha dado tiempo, antes, a caminar un rato sobre la nieve virgen, paseando despacio hasta “La Tortuga” para comprar el pan y los periódicos, con mi bufanda roja de lana al cuello. Un placer especial, que sólo comprenderán los que vienen de los largos inviernos, por donde San Valentín no ha aparecido nunca. Aquí, en las orillas de Madrid, donde vivo, el milagro de la nieve es siempre efímero, como un amor pasajero; pero a los que venimos de las Tierras Altas nos llena siempre de regocijo. En Sarnago habrá a estas horas ventisqueros en las calles, y en el ejido jugarán las úrguras al marro. Y en dias como hoy, cuando la tempestad arrecia y la cellisca corta las piernas del viajero, es temerario echarse a los caminos.

(Hablando de Sarnago, aunque hoy pensaba contenerme, no puedo. Necesito comunicarlo. Tengo ya entre mis manos El canto del cuco. Llanto por un pueblo. Javier Santillán, el editor, me ha mandado a casa los primeros ejemplares. No es devoción de padre, aunque también. Tengo que decir que el libro ha quedado precioso. No paro de acariciar sus tapas -unas en tela dura, otras en rústica-, de pasar hojas y de releer, a salto de mata, algunos episodios de este cuaderno gris. La edición no puede ser más esmerada. Entre las novedades incluye un amplio glosario con las hermosas palabras del pueblo, desconocidas por la Academia. En la portada figura una foto brumosa y misteriosa de las ruinas de San Pedro el Viejo, el monasterio de los templarios. Me asegura el editor que estará en las librerías el miércoles de la semana que viene, casi coincidiendo con San Valentín).

SECRETOS DE LA TRANSICIÓN

 

Me parece que esta vez, para algunos, el cuco va a cantar por peteneras. Confieso de entrada que he dudado mucho, antes de meterme en camisa de once varas. ¿Qué hace un nieto del tio Natalio de Sarnago -me quedé sin padre a los dos años, de repente, tal noche como hoy, el día de San Blasillo- contando secretos de España, como otros cantan los suspiros? Porque de eso se trata. Y no he podido contenerme. Acaba de aparecer un libro mio, que se ha adelantado por los pelos, después de una larga espera, al anhelado El canto del cuco. Llanto por un pueblo. Casi coinciden los dos en este febrerillo loco. Lo tengo caliente entre mis manos, recién salido de la imprenta. Y, como pasa siempre en estos casos, lo acaricio como si fuera un hijo. Para un escritor tener el primer ejemplar de una obra en las manos es un placer entusiástico que genera una especie de euforia desatada y efímera. ¡Por fin!, dice uno para sus adentros mientras contempla la portada, pasa una y otra vez las páginas y huele la tinta. Dentro de unos días los distribuidores pondrán el libro a la venta. Por un lado me parecía de buena educación, casi algo obligado, dar la novedad antes que a nadie a los seguidores de este blog, a los que ya considero como de la familia. Además, la ocultación sería un acto de discriminación de un hijo en favor del otro. Y, por otro lado, me resistía porque pudiera interpretarse como un abuso de confianza, casi como una profanación de este espacio con olor a campo, a monte, a majada y a ruinas. Y, sobre todo, quería huir como de la peste de cualquier apariencia de publicidad interesada. No sé si lo conseguiré.

El libro, de apenas 180 páginas, se titula Secretos de la Transición y lo edita Plaza y Valdés. También, como mis historias de la Alcarama y mis cánticos del cuco, tiene mucho de memorialístico, aunque en este caso acudo a mi memoria menos lejana. Me ocupo en él, en efecto, de esa importante etapa de la historia de España conocida como la Transición, de la que fui, como periodista, testigo y cronista privilegiado. Ha sido para mí, digo en el prólogo, como abrir un álbum antiguo y repasar las fotografías de entonces, descoloridas por el paso del tiempo. Por sus páginas van desfilando personajes, no pocos ya desaparecidos, y paisajes casi olvidados. Se suceden momentos y peripecias que parecían inolvidables y que se han ido borrando de la memoria colectiva. Y esos hechos y circunstancias vuelven a sorprendernos, como cuando éramos jóvenes y no parábamos de soñar. O sea que es, en cierto modo, un reencuentro con nostros mismos, la razón de ser de algo en que las nuevas generaciones no tuvieron arte ni parte. “¿Qué nos ha pasado? -me pregunto-. ¿Qué ha sido de aquel entusiasmo con que vencimos entre todos las tremendas dificultades del camino y alcanzamos la democracia y, enseguida, nos incorporamos a Europa? ¿Qué ha pasado con la clase política, tan respetada entonces, tan denigrada ahora? ¿En qué ha quedado el respeto reverencial al Parlamento, templo de la soberanía popular, ahora rodeado por la multitud airada? ¿Y el respeto al Rey? ¿Qué ha ocurrido para que se reniegue del Estado de las autonomías y se solicite en la calle un nuevo período constituyente? ¿Qué fue de aquella forma de hacer política, basada en los pactos, el consenso y la concordia? ¿Es verdad, como dice Jordi Pujol, que este paisaje de desolación y desánimo, en el que se deshilacha el Estado, por la costura de Cataluña y por otras costuras, es porque España ha perdido una guerra contra sí misma?”.

En este relato mio figuran, como digo, con sus luces y sus sombras, los personajes que protagonizaron aquella encomiable tarea de la Transición a la democracia, y a lo largo de la obra va desfilando la mayor parte de la nómina política de la época. Como es natural, unos salen mejor parados que otros en este repaso desapasionado. Ya era hora, treinta y tantos años después, de poner a cada cual en su sitio. Yo observé lo que pasaba asomándome a la puerta entreabierta del poder. Eso me permite ofrecer novedades importantes y secretos bien guardados hasta ahora. Por primera vez se revelan algunos de estos silencios o secretos y se proporcionan las claves de acontecimientos decisivos. Por ejemplo, el lector interesado podrá satisfacer su curiosidad sobre las maniobras ocultas para que los repesentantes del franquismo se hicieran el harakiri con luz y taquígrafos, y conocerá, por fin, por qué dimitió el presidente Suárez, cuál fue el detonante de su decisión. Etcétera.

No me hago ilusiones. Puede que estas cosas no interesen mucho a las nuevas generaciones, ni a los políticos actuales, ni siquiera a los blogueros de El canto del cuco. Mis disculpas entonces. Se ve que en política, y en todo lo demás, lo que importa es vivir al día, sin hacer caso a la advertencia de Ortega y Gasset de que “en política, vivir al día es casi inevitablemente morir al atardecer, como las moscas efímeras”. Y así mueren los pueblos.