El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: marzo, 2014

MI ADIÓS A ADOLFO SUÁREZ

 

Vengo de la emocionante despedida en la madrileña plaza de la Cibeles a Adolfo Suárez. Confieso que me acerco al ordenador con los ojos húmedos. Hoy no puedo escribir de otra cosa. Los honores de los militares de los tres Ejércitos y de la Guardia Civil y los aplausos del pueblo asomado a las aceras me han parecido el desagravio a un político que tanto sufrió, siendo presidente, por la incomprensión de unos y de otros. Yo estuve cerca de él, y me siento orgulloso de haberle apoyado y defendido cuando casi todos lo despreciaban y lo maltrataban. Le abandonaron los mismos que ahora lo glorifican. Al final estaba solo. La “encerrona” con los militares levantiscos en la Zarzuela significó el empujón definitivo, pero fue la soledad -una soledad pavorosa- la que le obligó a dimitir. Lo que más le dolió fue la ingratitud de muchos y la pérdida de la confianza del Rey. Y el pueblo, que fue el centro de sus preocupaciones políticas, se contagió del ambiente general y dejó de votarle. Y eso que él, un castellano de pueblo, un “chusquero” de la política, con los que se encontraba verdaderamente a gusto era con “los de la boina”.

 

Aquí se me amontonan los recuerdos personales: La larga escena del sofá -en la distancia corta Suárez era un seductor, un encantador de serpientes- en su despacho de la calle Antonio Maura para convencerme de que dejara todo y fuera de candidato del CDS por Soria. Me resistí lo que pude, pero, al final, acepté porque me impresionó su soledad. Alguien conocido, y creo que respetado entonces, del mundo de la prensa tenía que acompañarle en aquella aventura frente a tanta incomprensión, tanta miseria humana y tanta injuria. Confieso que nunca me pareció más grande Adolfo Suárez que una mañana fria y desapacible de octubre de aquel año 1982 cuando le esperé en una cafetería casi vacía de la orilla de Ágreda. Nadie se acercó a saludarle. Tuvo que acercarse él a la gente. Tomó un café. Se fumó un “ducados”. Subimos juntos al coche, seguido por el de los escoltas. Nada más. Ni unos guardias de la carretera por si necesitaba algo. Estaba solo. En el coche me dijo que tenía fiebre y se tomó una aspirina. Nunca olvidaré aquella sensación de desamparo. Luego en Soria poco antes de iniciar el mitin electoral en el cine Avenida propalaron el falso rumor de que iba a estallar una bomba para que no acudiera la gente. Yo hacía de telonero. Me rogó que no explotara en mi intervención su imagen del 23-F sentado en su asiento del Congreso cuando sonaron las metralletas y todos los demás se arrojaron al suelo. No quería sacar ventaja electoral de aquel gesto singular porque consideraba que no había hecho otra cosa que cumplir con su obligación defendiendo ante los golpistas la dignidad del presidente del Gobierno.

 

Nunca le oí en público hablar mal de nadie. Siempre buscó el entendimiento y la concordia. Tenía una irresistible vocación política, pero nunca fue un hombre de partido. Luchó por el bien general. Fue un patriota. Desbordaba generosidad con sus adversarios políticos. Creyó que la mejor forma de consolidar la democracia y la Monarquía era con la llegada del PSOE al poder, y apoyó a Felipe González cuando éste estuvo en dificultades en su propio partido, a pesar de que Felipe y los suyos habían ejercido contra él desde 1979 un despiadado acoso y derribo. Ya apartado de la política activa, con la desgracia enseñoreada de su casa y con los primeros síntomas de su enfermedad neurológica, escribimos un libro entre los dos, publicado en Espasa en 1996 -él puso los textos y yo el contexto- que se titula “Fue posible la concordia”. Él escribió el prólogo, en el que dice: “Pienso que, en mi actuación pública, no he hecho daño a nadie. Al menos no tengo conciencia de haberlo hecho. A nadie he considerado nunca “enemigo”. No creo que la política consista en una dialéctica de hostilidad” . Me parece que es casi una despedida testamentaria. Su enfermedad, con pérdida progresiva de la memoria, que empieza mucho antes de lo que se dice, avanzaría lenta e implacablemente. Lo último que perdió fue su “pensamiento político”. Sus análisis eran siempre lúcidos a pesar de sus despistes crecientes en la vida ordinaria.

 

Mi última conversación cara a cara con él -hubo después otros contactos esporádicos y alguna larga charla por teléfono- se desarrolló en la sala VIP del aeropuerto de Barajas, desde ahora aeropuerto “Adolfo Suárez”. Iba él con Amparo, su mujer, que fue la clave de su vida, enferma de cáncer a Pamplona y se retrasó el vuelo, y yo esperaba el puente aéreo a Barcelona. Me sorprendió su honda preocupación por la situación de Cataluña cuando todavía no había ningún indicio aparente de la actual ofensiva separatista. Lo que Suárez proponía con insistencia y contundencia era que la Unión Europea, a instancias de España y Francia, proclamara ya solemnemente que ninguna región separada de un Estado miembro sería admitida en la Unión. Me sorprendió el empeño que ponía en esta propuesta suya. Un patriota como él, columbró antes que nadie el peligro. Doy fe, en esta hora de la verdad, de los aprovechamientos interesados y de las luces trémulas, de que esta era su posición en el caso catalán.

 

Al final se le hace justicia. Desde hoy la catedral de Ávila, donde reposan sus restos junto a los de su amada Amparo, se convertirá en centro de peregrinación de patriotas y curiosos, lo mismo que Cebreros, su pueblo. Siempre se vuelve al pueblo, que es donde reside la verdad. La muerte -esperada y casi cronometrada- de Suárez, un castellano valeroso, y sus honras fúnebres, han servido para dignificar por un momento la política española, tan denigrada, y para reivindicar una forma distinta de hacer política, basada en el respeto mutuo, el entendimiento y la concordia. Ha sido como un milagro. Al final, Adolfo Suárez, desde más allá de las estrellas, habrá sonreído al darse cuenta de que, después de muerto, se ha salido con la suya. Y descansará, por fin, en paz.

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PRIMAVERA

Seguramente lleva razón Gala y en una rosa caben todas las primaveras, lo mismo que una teja antigua de la casa del pueblo contiene el universo entero y en una caracola, si la acercamos con cuidado y convicción al oído, resuena todo el mar. El caso es que la primavera, que la sangre altera, llegará oficialmente sin hacer ruido, sin que nadie sepa cómo, este jueves, 20 de marzo, a las seis menos tres minutos de la tarde. Y no hay quien la pare. Como dice Neruda, “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. En este amanecer del primer dia del equinocio florido la vida empieza de nuevo y hasta la sombra de uno parece más vigorosa. Como una confirmación de que todo empieza siempre, dicen hoy los periódicos que los científicos han alcanzado a ver por primera vez a través de un potente telescopio instalado en la base Admunsen Scott de la Antártida el parpadeo tembloroso del primer día de la creación del universo hace 13.800 millones de años. ¡La primavera del cosmos, por fin, a nuestro alcance! Lo asombroso nos envuelve y no nos enteramos. El azar y la ciencia son los seudónimos de Dios cuando no quiere firmar con su nombre.

La primavera es el despertar de la tierra. Como ha escrito Khalil Gibrau, en el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante. En mi pequeño jardín, sin ir más lejos, pasado el sueño invernal, han nacido las primeras margaritas para asombro de mis nietas pequeñas, que lo consideran una revelación, y, por todos los rincones, han brotado las violetas. El álamo gigante del fondo, con los pasados soles tempranos, ha verdecido ya, y el albaricoquero, recién podado, está repleto a reventar de flores rosadas sobre las que disfrutan las abejas y las avispas y zumban los abejorros. Por San José llegarán de África las primeras golondrinas exploradoras, seguidas de cerca por los ruidosos ocetes. Es el tiempo de sembrar los garbanzos y los tardíos. Las ovejas están pariendo los corderos pascuales. El agua pura del deshielo canta en los regatos. Por la sierra azul asoman las primeras nubes de tormenta como vellones de lana sucia. No tardará en tronar. Si en marzo oyes truenos, apuntala el granero, dice el refrán. Y este otro lo confirma: Si se oyen truenos en marzo, el abad comerá pan blanco. Así que sean bienvenidas las tormentas, que son las tracas alegres del cielo para celebrar la llegada de la primavera, haciendo la competencia con ventaja a las fallas de Valencia.

En las Tierras Altas la primavera llega con retraso. Hay que tener paciencia. Poco a poco despertarán los sembrados, aplastados aún por las heladas, nacerán en los abrigos de las herrañes, entre los olmos, las primeras violetas, brotarán los zaragatos del barranco, aparecerán los morrenglos amarillos en los ribazos y moverá el monte, ahora todavía oscuro y yerto, con nieve dura en las umbrías. Eso aún tardará. En marzo, la veleta ni dos días está quieta. Marzo marceador, de noche frío y de día sol. Los viejos aprovecharán el calorcillo de mediodía para sentarse en el carasol de la plaza y compartir con sus colegas la petaca y los recuerdos. Y las mujeres se atreverán también con lo bueno del día a sacar el cesto de la costura, reunirse en corro y reanudar el hilo de los trasnochos. Pero no hay que fiarse. Hay que mantener la lumbre encendida en la cocina y acarrear fajos de ulagas de los costeros secos de la solana para encender el horno. En mis tierras de la Alcarama aún falta el último cordonazo del invierno. Eso no falla. Cuando salga marzo y bien entrado abril, las nubes a llorar y los campos a reir. Es cuando llegará allí de verdad la primavera con las abarcas cubiertas de flores. Hace tiempo que en la ciudad, con la primavera adelantada, han florecido los besos adolescentes en los bancos del parque.

PAPÁ, ¿POR QUÉ SOMOS DEL ATLÉTICO?

Las banderas rojiblancas ondean en las calles de la ribera del Manzanares cuando me pongo a escribir. Los bares están animados. Luce una tarde azul y limpia en Madrid. Ya es primavera adelantada en el corazón de los atléticos. El partido con el Milan en los octavos de final de la “Champions” levanta pasiones y recuerdos. Me he resistido hasta el último minuto a la insistente petición de Sara, mi hija, de que hablara hoy de fútbol y a que contara de una vez la historia de por qué me hice del Atlético cuando tenía apenas once años y en el pueblo no había aún luz eléctrica ni una radio y nuestro único deporte era la pelota en el frontón de la iglesia. Me parecía que a los seguidores de este blog, sobre todo a las seguidoras, el tema no les interesaría demasiado e incluso podría parecerles una frivolidad por mi parte. Me he acordado de lo que escribió el escritor argentino Bioy Casares: “He de ser un gran iluso porque imagino que puedo hablar de fútbol con la mujer amada”. De hecho con Pilar, mi mujer, es imposible hablar de fútbol, ni he logrado nunca que se siente conmigo en el sillón de al lado ni siquiera para ver una jugada de la final del campeonato mundial de fútbol con España por medio, que ahora llaman “la roja”. Una vez, siendo novios o recién casados, no recuerdo bien, -una y no más- conseguí llevarla a un partido al estadio del Manzanares y no se enteró del resultado: se pasó el tiempo, en vez de mirar al campo, contemplando a la gente en las gradas, extrañada de que de pronto aquellos tipos embufandados se levantaran de los asientos con el rostro encendido gritando “gooool” como energúmenos.

Pero he pensado que esto del fútbol es uno de los grandes fenómenos sociales de nuestro tiempo, un fenómeno universal, que mueve pasiones y dinero, que altera el corazón lo mismo del papa Francisco, del Rey y del presidente del Gobierno que del último peón de albañil, del fontanero, del guardia civil y del recogedor de fresas llegado de África en patera. Vibran ante el televisor poetas, banqueros, curas, funcionarios, estudiantes y generales. ¿Por qué me había de avergonzar yo de escribir de fútbol siendo, como soy, uno de ellos ¡y desde tan antiguo!, cuando todavía era más deporte de barrio que de despacho, cuando aún no se había convertido en el desaforado negocio que alimenta cadenas de televisión, oscuros intermediarios, casas de apuestas y escandalosos contratos millonarios? Decididamente vuelvo a la infancia y a la juventud. Me quedo en la edad de la inocencia, cuando todo parecía puro y natural, y los balones se recosían, se parcheaban y se inflaban con una bomba de bicicleta. La primera vez que me vi con el que iba a ser mi suegro, Antonio Pozuelo Gómez de Avellaneda, un gran tipo humano, militar de carrera, lo primero que me preguntó, nunca lo he olvidado, mientras tomábamos una cerveza en una terraza de Salou aquel verano de 1970, que resultó decisivo en mi vida, fue: “Y tú ¿de qué equipo eres?” “Del Atlético de Madrid”, le respondí un poco azorado. “¡Algún defecto tenías que tener!”, comentó sonriendo.

Con este “defecto”, que tanto sufrimiento, frustración, felicidad y exaltación ha aportado a mi alma, me moriré. Esto ya no tiene remedio. Mi afición, más bien serena, se mantiene inalterable. Si me apuran, ha ido a más con los años. Todo empezó una tarde clara de junio. Volvía yo al pueblo de vacaciones, mis primeras vacaciones tras nueve meses de internado en Logroño. La “Exclusiva” Soria-Calahorra, que conducía el Inés, paró en el chozo de Huérteles, como de costumbre, en medio de los trigales, y nos apeamos un grupo de personas, a la espera de “El Trece”, el carromato que nos llevaría a San Pedro Manrique, catorce interminables kilómetros más allá, que era el final de trayecto. Para llegar de Logroño a Sarnago -con tres trasbordos y los últimos cinco kilómetros a caballo- había que echar el día. En los trigos y en las esparcetas de alrededor cantaban las codornices y las calandrias. Los jóvenes que se apearon, completamente desconocidos para mí, hablaban apasionadamente de fútbol. Yo, con once años, me quedé completamente prendido de la conversación. Enseguida comprobé que los de un bando eran del Atlético de Madrid y los del otro del Atlético de Bilbao -ahora Bilbao Athletic-. La discusión fue subiendo de tono. A mí, que no perdía ripio, me convencieron más los argumentos y el talante de los del Atlético de Madrid y me puse por dentro, sin meter baza, de su parte. Desde entonces soy del Atlético, “el equipo del pueblo”. He visto docenas de partidos de pie en la ladera del fondo del viejo Metropolitano y, mientras vivió el soriano, vitalista y “ostentoreo” Jesús Gil, me invitaron algunas veces a la tribuna del Vicente Calderón, que esta tarde, como digo, es un hervidero rojiblanco. De mi condición atlética no hay antecedentes familiares. Sin embargo, tengo que confesar, pecador de mí, que mis seis hijos -también ellas, aunque con menor fervor y, en el caso de Ruth casi con indiferencia- y mi hermano son del Atlético. Y lo que es más chocante: Roque, mi nieto, con un año y dos meses, ya levanta la mano y grita de forma casi inteligible: “¡Aleeeti!”. Se lo ha enseñado Rodrigo, su padre, el ingeniero, el más forofo de todos. Quiera Dios que mi herencia cultural y espiritual no se reduzca a esto. Y ahora, discúlpenme, que empieza el pre-partido en la tele. ¡A sufrir!

MEMORIAS DE UN PUEBLO SORIANO

Andaba yo encelado con un librejo delicioso del hitoriador e hispanista francés Joseph Pérez, recién editado por Gadir y titulado “Fray Luis de León y el humanismo”, cuando José Antonio Alonso, que tiene cabeza de ingeniero y corazón de escritor, me entregó en mano el primer tomo de su obra “Serón de Nágima. Memorias de un pueblo soriano”, que es, como ya adelanté en su dia, su pueblo. Que me perdone Fray Luis, por el que siento verdadera devoción. Otro día me ocuparé de su delicioso estudio, tan moderno, sobre el contraste entre la vida en la ciudad y la vida en el campo, sobre el poder, el amor y la vida retirada. Él se inclina, como yo, qué le vamos a hacer, por el mundo rural y reflexiona sobre la desorientación de una civilización que se distancia cada vez más de sus raíces naturales; o sea, de su entrañamiento en la naturaleza. Sólo para abrir boca, esta afirmación suya: “Puede ser que en las ciudades se sepa mejor hablar, pero la fineza del sentir es del campo y de la soledad”. Pues eso. No sé qué diría hoy el autor de “De los nombres de Cristo” y de “La perfecta casada” si levantara la cabeza y viera el desbarajuste al que hemos llegado desde entonces.

Hoy toca, como digo, ocuparse de Serón de Nágima y del libro de Alonso. Un ejemplo claro de amor al pueblo y del fracaso de la civilización rural, que el autor añora, aunque lo disimule, en cada página. Hace un siglo Serón de Nágima (que también se escribe con jota) tenía casi mil habitantes; hoy no llegan a doscientos. Pertenece a la rica comarca de los Campos de Gómara, que fueron granero y vellón, a cuarenta y cuatro kilómetros de la capital. Aún pueden observarse en su término restos de la edad de bronce. Le pusieron el nombre los romanos, estuvo rodeado de muralla de tapial a cal y canto con tres puertas, durante la Reconquista. Albergó aljama y sinagoga hasta los tiempos de fray Luis de León, cuando nos asomábamos a la modernidad y fueron expulsados judíos y moriscos. La decadencia se aceleró, como en toda la provincia, a mediados del siglo pasado. Y hoy sólo queda almacenar recuerdos para que el pueblo no muera del todo, que es lo que hace, con buen tino, José Antonio Alonso. Es la historia cien veces repetida sin que se den por entereados los que tienen obligación de poner remedio a este desastre histórico, a esta desesperada y atropellada huida de nosotros mismos, para sobrevivir amontonados en la ciudad.

Figura en la portada la sólida y solitaria estampa de la iglesia, y el autor dedica el libro a la memoria de su madre, poniendo de manifiesto que estamos ante un rio de sangre que viene de muy lejos, y que esto es una herencia que debemos entregar a las generaciones que vienen. Los que pertenecemos a una generación frontera o puente, como él la llama, estamos más obligados. El libro, bien documentado y nacido a empellones, se ocupa de la evolución de la agricultura, de la despoblación, de la propiedad de la tierra, de los parajes, de las fuentes, de la remolacha, del espliego, de la fruta, de las uvas y el vino. Nada le es ajeno, desde la comunidad de regantes a las distintas tareas en la recogida de la cosecha. Me permito espigar en sus paginas algunas expresiones populares y de escritores más o menos conocidos, que ayudan, me parece, a iluminar la realidad:

Un abandono de siglos ha provocado la marginación de los pueblos de Castilla, perdididos entre los surcos como barcos a la deriva (…) El cielo es tan alto en Castilla porque los labradores lo han levantado de tanto mirarlo (Miguel Delibes)

Agua esperé, tarde sembré.

¡Sabe Dios lo que recogeré! (Popular)

Labradorcito, en el campo

cuánto tienes que penar,

ver venir una tormenta

y no poderla parar (Popular)

Los hijos que tú pariste

no pudiste alimentar

y tuvieron que marchar

con el semblante muy triste. (Lola Martínez Salvachuga, de Monteagudo de las Vicarías)

Hombres hay cuyo trabajo

es digno de la polilla

en el ancestral tinglado

de Castilla. (Arsenio Gallego Hernández, catedrático de Matemáticas, nacido en Castilruiz)

En los sembrados crecieron las amapolas sangrientas;

pudrió el tizón las espigas de trigales y de avenas;

hielos tardíos mataron en flor la fruta en la huerta,

y una mala hechicería hizo enfermar las ovejas. (Antonio Machado).

Dan ganas, para rematar el recorrido, de volver a Fray Luis, y recoger de su boca, debidamente adaptado a la situación actual de los pueblos, lo que escribió en la pared de la cárcel de Valladolid, donde estuvo preso de la Inquisición, en el momento de abandonarla:

Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Donde dice envidia podemos poner también desidia, sin que se desfigure esta historia. Libros como el de José Antonio Alonso nos reconcilian con la realidad y con nosotros mismos.