MEMORIAS DE UN PUEBLO SORIANO

por elcantodelcuco

Andaba yo encelado con un librejo delicioso del hitoriador e hispanista francés Joseph Pérez, recién editado por Gadir y titulado “Fray Luis de León y el humanismo”, cuando José Antonio Alonso, que tiene cabeza de ingeniero y corazón de escritor, me entregó en mano el primer tomo de su obra “Serón de Nágima. Memorias de un pueblo soriano”, que es, como ya adelanté en su dia, su pueblo. Que me perdone Fray Luis, por el que siento verdadera devoción. Otro día me ocuparé de su delicioso estudio, tan moderno, sobre el contraste entre la vida en la ciudad y la vida en el campo, sobre el poder, el amor y la vida retirada. Él se inclina, como yo, qué le vamos a hacer, por el mundo rural y reflexiona sobre la desorientación de una civilización que se distancia cada vez más de sus raíces naturales; o sea, de su entrañamiento en la naturaleza. Sólo para abrir boca, esta afirmación suya: “Puede ser que en las ciudades se sepa mejor hablar, pero la fineza del sentir es del campo y de la soledad”. Pues eso. No sé qué diría hoy el autor de “De los nombres de Cristo” y de “La perfecta casada” si levantara la cabeza y viera el desbarajuste al que hemos llegado desde entonces.

Hoy toca, como digo, ocuparse de Serón de Nágima y del libro de Alonso. Un ejemplo claro de amor al pueblo y del fracaso de la civilización rural, que el autor añora, aunque lo disimule, en cada página. Hace un siglo Serón de Nágima (que también se escribe con jota) tenía casi mil habitantes; hoy no llegan a doscientos. Pertenece a la rica comarca de los Campos de Gómara, que fueron granero y vellón, a cuarenta y cuatro kilómetros de la capital. Aún pueden observarse en su término restos de la edad de bronce. Le pusieron el nombre los romanos, estuvo rodeado de muralla de tapial a cal y canto con tres puertas, durante la Reconquista. Albergó aljama y sinagoga hasta los tiempos de fray Luis de León, cuando nos asomábamos a la modernidad y fueron expulsados judíos y moriscos. La decadencia se aceleró, como en toda la provincia, a mediados del siglo pasado. Y hoy sólo queda almacenar recuerdos para que el pueblo no muera del todo, que es lo que hace, con buen tino, José Antonio Alonso. Es la historia cien veces repetida sin que se den por entereados los que tienen obligación de poner remedio a este desastre histórico, a esta desesperada y atropellada huida de nosotros mismos, para sobrevivir amontonados en la ciudad.

Figura en la portada la sólida y solitaria estampa de la iglesia, y el autor dedica el libro a la memoria de su madre, poniendo de manifiesto que estamos ante un rio de sangre que viene de muy lejos, y que esto es una herencia que debemos entregar a las generaciones que vienen. Los que pertenecemos a una generación frontera o puente, como él la llama, estamos más obligados. El libro, bien documentado y nacido a empellones, se ocupa de la evolución de la agricultura, de la despoblación, de la propiedad de la tierra, de los parajes, de las fuentes, de la remolacha, del espliego, de la fruta, de las uvas y el vino. Nada le es ajeno, desde la comunidad de regantes a las distintas tareas en la recogida de la cosecha. Me permito espigar en sus paginas algunas expresiones populares y de escritores más o menos conocidos, que ayudan, me parece, a iluminar la realidad:

Un abandono de siglos ha provocado la marginación de los pueblos de Castilla, perdididos entre los surcos como barcos a la deriva (…) El cielo es tan alto en Castilla porque los labradores lo han levantado de tanto mirarlo (Miguel Delibes)

Agua esperé, tarde sembré.

¡Sabe Dios lo que recogeré! (Popular)

Labradorcito, en el campo

cuánto tienes que penar,

ver venir una tormenta

y no poderla parar (Popular)

Los hijos que tú pariste

no pudiste alimentar

y tuvieron que marchar

con el semblante muy triste. (Lola Martínez Salvachuga, de Monteagudo de las Vicarías)

Hombres hay cuyo trabajo

es digno de la polilla

en el ancestral tinglado

de Castilla. (Arsenio Gallego Hernández, catedrático de Matemáticas, nacido en Castilruiz)

En los sembrados crecieron las amapolas sangrientas;

pudrió el tizón las espigas de trigales y de avenas;

hielos tardíos mataron en flor la fruta en la huerta,

y una mala hechicería hizo enfermar las ovejas. (Antonio Machado).

Dan ganas, para rematar el recorrido, de volver a Fray Luis, y recoger de su boca, debidamente adaptado a la situación actual de los pueblos, lo que escribió en la pared de la cárcel de Valladolid, donde estuvo preso de la Inquisición, en el momento de abandonarla:

Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Donde dice envidia podemos poner también desidia, sin que se desfigure esta historia. Libros como el de José Antonio Alonso nos reconcilian con la realidad y con nosotros mismos.

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