PAPÁ, ¿POR QUÉ SOMOS DEL ATLÉTICO?

por elcantodelcuco

Las banderas rojiblancas ondean en las calles de la ribera del Manzanares cuando me pongo a escribir. Los bares están animados. Luce una tarde azul y limpia en Madrid. Ya es primavera adelantada en el corazón de los atléticos. El partido con el Milan en los octavos de final de la “Champions” levanta pasiones y recuerdos. Me he resistido hasta el último minuto a la insistente petición de Sara, mi hija, de que hablara hoy de fútbol y a que contara de una vez la historia de por qué me hice del Atlético cuando tenía apenas once años y en el pueblo no había aún luz eléctrica ni una radio y nuestro único deporte era la pelota en el frontón de la iglesia. Me parecía que a los seguidores de este blog, sobre todo a las seguidoras, el tema no les interesaría demasiado e incluso podría parecerles una frivolidad por mi parte. Me he acordado de lo que escribió el escritor argentino Bioy Casares: “He de ser un gran iluso porque imagino que puedo hablar de fútbol con la mujer amada”. De hecho con Pilar, mi mujer, es imposible hablar de fútbol, ni he logrado nunca que se siente conmigo en el sillón de al lado ni siquiera para ver una jugada de la final del campeonato mundial de fútbol con España por medio, que ahora llaman “la roja”. Una vez, siendo novios o recién casados, no recuerdo bien, -una y no más- conseguí llevarla a un partido al estadio del Manzanares y no se enteró del resultado: se pasó el tiempo, en vez de mirar al campo, contemplando a la gente en las gradas, extrañada de que de pronto aquellos tipos embufandados se levantaran de los asientos con el rostro encendido gritando “gooool” como energúmenos.

Pero he pensado que esto del fútbol es uno de los grandes fenómenos sociales de nuestro tiempo, un fenómeno universal, que mueve pasiones y dinero, que altera el corazón lo mismo del papa Francisco, del Rey y del presidente del Gobierno que del último peón de albañil, del fontanero, del guardia civil y del recogedor de fresas llegado de África en patera. Vibran ante el televisor poetas, banqueros, curas, funcionarios, estudiantes y generales. ¿Por qué me había de avergonzar yo de escribir de fútbol siendo, como soy, uno de ellos ¡y desde tan antiguo!, cuando todavía era más deporte de barrio que de despacho, cuando aún no se había convertido en el desaforado negocio que alimenta cadenas de televisión, oscuros intermediarios, casas de apuestas y escandalosos contratos millonarios? Decididamente vuelvo a la infancia y a la juventud. Me quedo en la edad de la inocencia, cuando todo parecía puro y natural, y los balones se recosían, se parcheaban y se inflaban con una bomba de bicicleta. La primera vez que me vi con el que iba a ser mi suegro, Antonio Pozuelo Gómez de Avellaneda, un gran tipo humano, militar de carrera, lo primero que me preguntó, nunca lo he olvidado, mientras tomábamos una cerveza en una terraza de Salou aquel verano de 1970, que resultó decisivo en mi vida, fue: “Y tú ¿de qué equipo eres?” “Del Atlético de Madrid”, le respondí un poco azorado. “¡Algún defecto tenías que tener!”, comentó sonriendo.

Con este “defecto”, que tanto sufrimiento, frustración, felicidad y exaltación ha aportado a mi alma, me moriré. Esto ya no tiene remedio. Mi afición, más bien serena, se mantiene inalterable. Si me apuran, ha ido a más con los años. Todo empezó una tarde clara de junio. Volvía yo al pueblo de vacaciones, mis primeras vacaciones tras nueve meses de internado en Logroño. La “Exclusiva” Soria-Calahorra, que conducía el Inés, paró en el chozo de Huérteles, como de costumbre, en medio de los trigales, y nos apeamos un grupo de personas, a la espera de “El Trece”, el carromato que nos llevaría a San Pedro Manrique, catorce interminables kilómetros más allá, que era el final de trayecto. Para llegar de Logroño a Sarnago -con tres trasbordos y los últimos cinco kilómetros a caballo- había que echar el día. En los trigos y en las esparcetas de alrededor cantaban las codornices y las calandrias. Los jóvenes que se apearon, completamente desconocidos para mí, hablaban apasionadamente de fútbol. Yo, con once años, me quedé completamente prendido de la conversación. Enseguida comprobé que los de un bando eran del Atlético de Madrid y los del otro del Atlético de Bilbao -ahora Bilbao Athletic-. La discusión fue subiendo de tono. A mí, que no perdía ripio, me convencieron más los argumentos y el talante de los del Atlético de Madrid y me puse por dentro, sin meter baza, de su parte. Desde entonces soy del Atlético, “el equipo del pueblo”. He visto docenas de partidos de pie en la ladera del fondo del viejo Metropolitano y, mientras vivió el soriano, vitalista y “ostentoreo” Jesús Gil, me invitaron algunas veces a la tribuna del Vicente Calderón, que esta tarde, como digo, es un hervidero rojiblanco. De mi condición atlética no hay antecedentes familiares. Sin embargo, tengo que confesar, pecador de mí, que mis seis hijos -también ellas, aunque con menor fervor y, en el caso de Ruth casi con indiferencia- y mi hermano son del Atlético. Y lo que es más chocante: Roque, mi nieto, con un año y dos meses, ya levanta la mano y grita de forma casi inteligible: “¡Aleeeti!”. Se lo ha enseñado Rodrigo, su padre, el ingeniero, el más forofo de todos. Quiera Dios que mi herencia cultural y espiritual no se reduzca a esto. Y ahora, discúlpenme, que empieza el pre-partido en la tele. ¡A sufrir!

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