El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: mayo, 2014

EUROPA, TAN CERCA Y TAN LEJOS

 

No, yo no voy a votar mañana”, me dijo por teléfono la víspera de las elecciones un soriano de las Tierras Altas muy instruido, sensato y de buen criterio, al que yo tenía por estricto cumplidor de sus deberes cívicos. “¿Por qué?”, le pregunté asombrado. “¿Qué ha hecho Europa por los pueblos?”, me soltó con un punto de irritación. “¡Pero hombre…!”, intenté convencerle. Fue en vano. Me cortó en seco: “¿Sabes cuántos pueblos han muerto desde que entró España en la Comunidad Europea?” “Pero -repliqué tímidamente-, ¿tiene de eso la culpa Bruselas?”. “¿Quién si no? Ellos son los que mandan, como se ha visto con la crisis; en todo caso ¿de qué nos sirve Europa a nosotros si cierran las escuelas, pagan por no sembrar la tierra y por quitar las vacas -mira lo que ha pasado en El Valle-, dejan que se hunda el mercado de la lana, has visto cuántos rebaños quedan en la Sierra? No hablemos de las comunicaciones. Fíjate en la decadencia del tren en Soria, una provincia prácticamente aislada por ferrocarril mientras construimos Aves a la Meca. Pero si en Sarnago, tu pueblo, no son capaces de levantarles la iglesia ni de asfaltar cuatro kilómetros de camino…Ya me dirás de qué les sirve la Unión Europea a los cuatro gatos que quedan en Yanguas, en Oncala, en Fuentes, en Magaña, en Valtajeros o en San Pedro Manrique, de qué le sirve Europa a la Romana de Valdenegrillos”. Me callé. No supe qué decirle. Él siguió desahogándose con voz cada vez más apagada: “Ninguno de los candidatos, ni los de siempre ni los más “frikis” de izquierda, apoyados en las redes sociales, han dicho una palabra de la despoblación de la España rural, del tremendo desequilibrio demográfico y de la muerte de los pueblos. ¿Has oido tú algo sobre el fin de la cultura rural?…Todos están en su rollito ciudadano y en su chollo del Parlamento europeo, muy bien remunerado. A los pobres campesinos, que les parta un rayo. Ni siquiera les agradecen los servicios prestados. ¡Que les den…! Convéncete, esto es una ruina y Europa está muy lejos de aquí”.

 

Era inútil convencerle con datos oficiales. Me acordé de la PAC (Política Agrícola Común), pilar fundamental de la Unión Europea, que se lleva la mitad del presupuesto comunitario. Un verdadero chorro de dinero, de entre 55.000 y 60.000 millones de euros al año, que se dice pronto, una lluvia benéfica sobre el campo. Cada ciudadano europeo contribuye a esta financiación con dos euros a la semana, más o menos lo que cuesta un kilo de manzanas. En teoría, los objetivos están claros en los papeles oficiales, que hablan siempre de fondos: FEAGA o Fondo Europeo Agrícola de Garantía, y FEADER o Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural, que son los canalizadores de las ayudas y una tentación para el clientelismo político. Los objetivos generales, si no me desmienten en Bruselas, según los prospectos oficiales que tengo a mano, son:

 

1.-Asegurar una oferta estable de alimentos sanos y asequibles a la población de la Unión Europea.

2.-Proporcionar un nivel de vida razonable a los agricultores comunitarios, permitiendo, al mismo tiempo, la modernización y el desarrollo de la industria agroalimentaria.

3.- Asegurar que todas las regiones de la UE puedan mantener su agricultura.

 

Y como objetivos complementarios:

 

.Procurar el bienestar de la sociedad rural.

.Mejorar la calidad de los alimentos y su grado de inocuidad.

.Asegurar la protección del medio ambiente en beneficio de futuras generaciones.

.Mejorar las condiciones sanitarias de los animales y su bienestar.

 

No está mal ¿eh? ¡Qué bonito! Otra cosa es que la distribución de los fondos se haga como Dios manda. Por lo pronto, digo yo que debería tener prioridad el desierto demográfico de las Tierras Altas, el mayor desierto de Europa, y la despoblada provincia de Soria. Pero sospecho que los funcionarios de Madrid y de Bruselas se conforman con poblar de pinos y aerogeneradores estas sierras y parameras. Dejan así, por lo visto, esta tierra, vacía de pobladores, para reserva de la biodiversidad y, con un poco de suerte, para el turismo rural. Por eso, con esos fondos proliferan las casas rurales y los dichosos molinos.

 

Hubo un tiempo en que, pecador de mí, viajaba yo en el Falcon oficial a Bruselas casi una vez al mes. Llegó a ser para mí un sitio familiar, casi una rutina. Lo primero que me sorprendía al llegar al aeropuerto era su perenne y deprimente cielo gris oscuro desplomándose sobre las cabezas y los conejos correteando por los espacios verdes entre las pistas. Bruselas siempre me pareció, con reuniones interminables, el reino de los burócratas y del autoservicio. Me quedo con la Gran Plaza, los mejillones al vapor y, sobre todo, con los tentadores bombones. Más de una vez, mirando por la ventanilla del avión conseguí distinguir al volver el paisaje desolado y tortuoso de las Tierras Altas y cuando de vez en cuando me parecía reconocer allá abajo Sarnago, la Alcarama y el cerro del Castillo se me ensanchaba el corazón y pensaba: ¡Qué cerca y qué lejos queda de aquí Bruselas!

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LA CABAÑA DE THOREAU

 

Resulta que son más felices, o sea están más satisfechos con la vida, los iberoamericanos, los indios y los chinos que los europeos; los mexicanos, que los norteamericanos, sus opulentos vecinos del norte; las gentes de los países en desarrollo, que las de los países desarrollados. Donde más negro ven el porvenir, tanto jóvenes como adultos, según un sondeo de la agencia inglesa Ipsos-MORI realizado en veinte países, es en Europa. Se lleva la palma del pesimismo Francia, donde sólo el 7 por ciento cree que vendrán tiempos mejores para sus hijos. Le siguen Bélgica con el 13 por ciento y España con el 16. Son, pues, muy pocos los que piensan que el porvenir de sus hijos será mejor que el suyo. ¡Pobre Europa! Unos datos deprimentes, que obligan a reflexionar. Otro estudio reciente sobre la felicidad -que llama “happiness”-, realizado por “Pew Research Center”, coincide en que la gente más feliz es la de Iberoamérica y los países menos desarrollados. Ante esto, la cuestión clave es: ¿Vamos por el camino equivocado? Los que pertenecemos a la generación-bisagra, o sea, los que venimos casi literalmente, en un salto, de la Edad Media al siglo XXI -del candil al ordenador, del cuerno del cabrero al teléfono inteligente, del arado romano a la cibernética, del burro al avión supersónico…- tenemos algo que decir. Cuando uno mira hacia atrás y revive los días azules de la infancia en la posguerra, saca la conclusión de que aquellos campesinos pobres, a pesar de todas las miserias, penurias y calamidades, eran más felices y más libres que sus hijos y sus nietos, con el smartphone en el bolsillo o entre las manos, perdidos hoy en la ciudad entre el humo y el estrépito de los automóviles.

 

¿A quién le puede extrañar que algunos soñemos con la vida retirada de Fray Luis, el huerto plantado en la ladera con nuestras propias manos, donde florecen los frutales, y el utópico regreso a la vida rural, huyendo del mundanal ruido? Me ha dado pie a estas consideraciones un oportuno y bien documentado artículo de Jordi Soler en “El País”, titulado “La Europa infeliz”, que se fija en estos datos y ofrece el ejemplo y la clarividencia del gran escritor norteamericano del siglo XIX Henry David Thoreau, autor de Walden, que huyó al bosque donde se construyó una cabaña con sus propias manos, junto a un lago para mantenerse al margen del progreso que ya entonces avanzaba de manera salvaje y que él vislumbró como una amenaza y para reflexionar con calma sobre el sentido de ese progreso. Se dio cuenta, ya entonces, de que “los hombres se han convertido en las herramientas de sus herramientas”. ¿Qué diría ahora? Cuenta Soler que las tablas que utilizó para construir la cabaña las extendió primero sobre la hierba para que les diera el sol y adquirieran la tonalidad necesaria, y la vivienda estuviera plenamente integrada en el paisaje. Dejaba siempre una silla a la puerta de la cabaña por si algún caminante quería pararse a conversar con él allí en medio del bosque. Un día llegó un joven y le pidió un vaso de agua. El escritor entró dentro y salió con un cucharón de sopa y se lo entregó al asombrado visitante para que bebiera en el lago toda el agua que quisiera. Le parecía un escándalo lo que la gente pagaba por los muebles, por las ropas y por hacerse con una vivienda. “Porque el coste de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella”. También escribió: “El lujo que disfruta una clase se compensa con la indigencia que sufre la otra”. Y concluye Jordi Soler: “Lo que proponía en el fondo este ecologista radical era una vida sencilla, el acercamiento a ese estadio de la civilización donde el hombre vivía todavía integrado en la naturaleza, esa época en la que las personas aún no se habían convertido en la herramienta de sus herramientas”.

 

Me parece que no iba muy desencaminado. Ahora resulta que está comprobado que “la felicidad crece a la sombra de la vida sencilla”, donde no hay ansiedad -esa “tranquilidad desesperada”, esa prisa corrosiva, esa autodestrucción silenciosa-, donde la vida espiritual va a compás de la material. Sin embargo, vamos en dirección contraria. La vida es cada vez más compleja, más acelerada, y, por tanto, más vulnerable y menos vivible. El poder del progreso nos convierte a los humanos, sin enterarnos, en sus herramientas. Unos pocos, los más lúcidos y sensibles, se han dado cuenta y han tomado el camino de vuelta al pueblo reduciendo drásticamente las necesidades supérfluas. Son los pioneros de un mundo nuevo que viene y que columbró un día Henry D.Thoreau en su cabaña del bosque. Son los que saben que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y aquí me viene el recuerdo de la hermana Juliana, la monja cisterciense belga que vive sola en una cabaña al pie de la Cebollera, cerca de Molinos de Razón. A sus ochenta y pico años sólo dispone de una vieja bicicleta. No tiene calefacción. Duerme con la ventana abierta en verano y en invierno -en los duros inviernos sorianos-, se levanta a las cuatro de la mañana, reza, lee, oye música clásica y cultiva su pequeño huerto en un rincón del prado. ¡Y parece feliz! Lo extraño es que no haya ya una estampida hacia la vida retirada en busca de la felicidad perdida. ¿Qué especie de espíritu maligno nos ha empujado a abandonar el paraíso y nos retiene fuera?

EL LADO OSCURO

 

El reciente crimen de León nos devuelve por un momento de lleno a la España profunda de la venganza y el malquerer, al áspero trozo del planeta “por donde cruza errante la sombra de Caín”. En esto Antonio Machado, que venía de describir, horrorizado, en su romance de Alvargonzález la tremenda escena en que los dos hijos mayores, por la avaricia de la hacienda, matan a su padre mientras duerme junto a la fuente y depositan su cuerpo en la Laguna Negra, no se anduvo por las ramas y reflejó con valentía y fidelidad la parte hostil de los campos de Castilla, ese rio de sangre que no cesa, el arraigado cainismo. No todo son colinas plateadas, pardos encinares, grises alcores álamos junto al rio o el rumor del agua de la fuente en el patio. También existe el lado oscuro en los pueblos, donde todos se conocen, lo que es una ventaja, pero que no deja de ser también a veces un inconveniente. Junto a la cercanía humana, el apoyo mutuo y la apacible vida sencilla y solidaria, que yo no me cansaré de ponderar, está la intromisión indebida en la vida del vecino, las crueles habladurías, los odios ancestrales entre familias, los incestos y crímenes pasionales, que los ciegos cantaban luego monótonamente en la ciudad por unas monedas, las envidias, las cruentas peleas por el reparto de la herencia, por el lugar de una cosera o por el turno del agua del riego. Familias conozco enemistadas durante varias generaciones porque un hombre había deshonrado a una moza y, en vez de hacerse cargo de la situación, se había quitado del medio. Lo que quiero decir es que no todo en el pueblo es trigo limpio y que también allí conviven con los siete pecados capitales. Y además, sea porque el tiempo va más lento o porque hay menos movilidad y muchas menos distracciones, en los pueblos las heridas del odio duran más y son hereditarias. Por lo menos, antes.

 

Volvemos a la escena del crimen. Dos mujeres despechadas, una madre y su hija, si no se desmiente la información, se acercan en una tarde plácida, con los niños jugando cerca, a su víctima, una dirigente política. Una de ellas saca la pistola del bolso y ajusta definitivamente cuentas pendientes con la víctima disparándole a quemarropa. Allí queda la pobre Isabel, que así se llamaba, muerta en el suelo, mientras las supuestas asesinas se alejan del lugar del crimen y se desata el gorigori de las condolencias oficiales y el ruido, morbosamente obsceno, en las redes sociales. Los niños paran de jugar y las gentes dejan de pasear a sus perros. Todo son comentarios. Parece un crimen pasional más que político, un crimen por venganza. Es difícil buscar razones para un hecho tan irracional. Ni siquiera la pasión irrefrenable de una madre herida. Es posible que lo aclare el juez y satisfaga las curiosidades. Pero a lo mejor lleva razón Alfred Hitchcock, que sabía mucho de esto, cuando dice: “Hice una observación hace tiempo. Dije que me complacía mucho que la televisión ofreciese ahora casos de asesinato porque así se está recolocando al crimen en su propio entorno, en el hogar”. Hay varios casos resonantes que siguen gastando tinta y llenando horas de televisión en España, que parecen dar la razón al genial cineasta del suspense. Una cosa parece clara, y no es para enorgullecerse: cada vez vende más lo morboso entre nosotros. Los sucesos y los juicios de famosos llenan periódicos, telediarios, tertulias y, por supuesto, programas-basura.

 

En los pueblos era, en efecto, en el entorno familiar, en el rescoldo del hogar, donde se generaban las grandes pasiones de amor y de odio. El instrumento del odio era la venganza desaforada e insensata. No era infrecuente que el odio estallara dentro de las paredes de la casa, unos contra otros. Esta era la peor violencia. A una parte de ella se le llama ahora violencia de género, que parece que va en auge. En mi memoria de niño no figura ningún crimen de este tipo en los pueblos de las Tierras Altas. Pero ¡cuánto sufrimiento silencioso, cuántas lágrimas ocultas de aquellas admirables mujeres enlutadas e insatisfechas! Me refiero aquí al odio entre hermanos. Elia Kazan lo refleja bien en “Al Este del Edén”. Y esto ocurre desde el principio de los tiempos, conviene tenerlo en cuenta para no hacerse ilusiones. Nada más abandonar el paraíso, Caín, el labrador, mata a su hermano Abel, el pastor, por envidia con una quijada de asno, que aún es más humillante. (Seguramente Caín mató también antes al burro). No hay que despreciar, sin embargo, la observación de Anatole France: “Entre el crimen y la inocencia no hay más que el espesor de una hoja de papel timbrado”.

SE BUSCAN MÓNDIDAS

Me he encontrado casualmente con mi amigo Julio Llamazares, el de “La lluvia amarilla”, y los dos nos hemos alegrado de volver a vernos. Casi sin hablar de libros y proyectos, que es lo dado en estos casos, en la breve conversación nos hemos trasladado inmediatamente, por iniciativa suya, a las Tierras Altas, que tanto nos fascinan a él y a mí. Lo mio es connatural, lo suyo fue un flechazo, cuando aquella tarde del solsticio de verano entró por primera vez en un pueblo abandonado, que era el mio. “Ningún lugar me ha impresionado tanto”, escribió. Me ha contado enseguida que un allegado suyo le acababa de llamar desde San Pedro Manrique y que él le había recomendado por teléfono que sacara un hueco, tomara el camino de la villa y se acercara a Sarnago, porque valía la pena. El hombre se había perdido por allí para asistir al festejo de la “elección de las móndidas”, con Toño, el cura, de oficiante y componedor. Ya saben, las tres mozas que, debidamente ataviadas, reinarán en las fiestas de San Juan, fiestas que se conocen universalmente, sobre todo, por el “paso del fuego”. Las móndidas, con el alegre cestaño en la cabeza, ocuparán lugar preferente, harán en la misa mayor la ofrenda del arbujuelo -esa rama sagrada de pan teñida de azafrán- como sacerdotisas antiguas, recitarán sus cuartetas o romances en la plaza con reminiscencias medievales y alusión obligada al tributo de las cien doncellas -más de uno de esos romances anónimos compuse yo, pecador de mí, en mi juventud- y luego bailarán con las autoridades del lugar que irán vestidas de negra levita y tocadas con un extraño bicornio napoleónico. “¿Elección de las móndidas?, pero ¿aún quedan voluntarias donde elegir?”, he soltado con no disimulada amargura acordándome del dramático declive demográfico de toda la comarca, que fue un día próspero centro del noble Concejo de la Mesta. “Ya no quedan ovejas y pronto no habrá móndidas”, he murmurado casi para mis adentros, antes de despedirnos. Será la señal definitiva de la muerte de estos pueblos.

Por eso, cuando he vuelto a casa, he abierto el ordenador y me he encontrado con una carta de la Junta Directiva de la Asociación de Amigos de Sarnago, en la que se anuncia una nueva hacendera -en este caso la construcción de una calera con el asesoramiento de los más viejos, recuperando una costumbre perdida hace más de sesenta años- y la cena de socios la víspera de la Trinidad, me ha interesado sobremanera el último párrafo del mensaje electrónico. No es que no me merezca especial interés la inciativa de la calera, asunto sobre el que habrá que volver en su día. Tengo muy grabada en mi mente infantil la imagen de aquellos hornos de cal en medio del campo, en el terraplén de un barranquillo, entre ulagas y tomazas, en una quiebra del terreno calizo, visitados con emoción por chicos y grandes caminando por veredas entre los centenos aún verdes en medio de la noche serena. Eran tiempos en los que se ejercían aún los oficios artesanos y surgían caleras, tejeras, carpinterías, herrerías, canteras… y hasta se fundían en el pueblo las campanas con sabinos, y las buenas gentes depositaban en el bronce fundido sus escasas monedas de plata. Así se construían las casas, sus paredes de cal y canto, sus rejas de las ventanas, sus puertas claveteadas, sus tejados de sólida teja árabe…Todo con material fabricado en el lugar y que ahora brilla entre las ruinas. Uno echa en falta, qué le vamos a hacer, los viejos oficios, bien representados por la calera.

Pero, como digo, hoy quiero subrayar estas lineas finales de la carta: “Tenemos cosas muy interesantes para la semana cultural de este verano. Pero nada tiene sentido ni importancia si no tenemos lo más importante de nuestra fiesta: LAS MÓNDIDAS. ¡¡¡Anímate!!! (es una experiencia única)”. Eso dice, así con mayúsculas y admiraciones. A mí me ha parecido un grito dramático del que no puedo menos de hacerme eco. Dicho claramente: Se buscan voluntarias para móndida. Pocas cosas pueden honrar más a una joven oriunda de Sarnago que llegar a móndida una vez en la vida. La dispersión de las hijas y las nietas de los que nos fuimos hace más difícil tan honroso compromiso. Pero es la tenue vida del pueblo y la continuidad de la fiesta, que tantos esfuerzos ha costado recuperar, sin ayuda de nadie, y que es una de las fiestas más puras y auténticas que se celebran en España, lo que está en juego. Tengo el convencimiento, como he tratado de demostrar en alguno de mis libros, que la fiesta de las móndidas y del mozo del ramo tiene origen romano, aunque cristianizada pronto y con una fuerte impregnación medieval más tarde, que ha perdurado hasta hoy. Me dicen que Mercedes Álvarez, la cineasta de “El cielo gira”, tiene intención de asistir este año -ya estuvo presente el año pasado- con una cámara en la mano. ¡Pocas escenas más cinematográficas! En Sarnago no podemos hacer el sorteo de las móndidas como cuando el pueblo estaba habitado y como han hecho en San Pedro Manrique; nos conformamos con que haya tres voluntarias. No es, insisto, un asunto intrascendente. La fiesta, como dice Margarite Yourcenar hablando de la dicha, es una obra de arte: el menor error la quebranta, el menor titubeo la altera, la menor tontería la embrutece. ¡Y el menor abandono la desnaturaliza y la derrumba!