SE BUSCAN MÓNDIDAS

por elcantodelcuco

Me he encontrado casualmente con mi amigo Julio Llamazares, el de “La lluvia amarilla”, y los dos nos hemos alegrado de volver a vernos. Casi sin hablar de libros y proyectos, que es lo dado en estos casos, en la breve conversación nos hemos trasladado inmediatamente, por iniciativa suya, a las Tierras Altas, que tanto nos fascinan a él y a mí. Lo mio es connatural, lo suyo fue un flechazo, cuando aquella tarde del solsticio de verano entró por primera vez en un pueblo abandonado, que era el mio. “Ningún lugar me ha impresionado tanto”, escribió. Me ha contado enseguida que un allegado suyo le acababa de llamar desde San Pedro Manrique y que él le había recomendado por teléfono que sacara un hueco, tomara el camino de la villa y se acercara a Sarnago, porque valía la pena. El hombre se había perdido por allí para asistir al festejo de la “elección de las móndidas”, con Toño, el cura, de oficiante y componedor. Ya saben, las tres mozas que, debidamente ataviadas, reinarán en las fiestas de San Juan, fiestas que se conocen universalmente, sobre todo, por el “paso del fuego”. Las móndidas, con el alegre cestaño en la cabeza, ocuparán lugar preferente, harán en la misa mayor la ofrenda del arbujuelo -esa rama sagrada de pan teñida de azafrán- como sacerdotisas antiguas, recitarán sus cuartetas o romances en la plaza con reminiscencias medievales y alusión obligada al tributo de las cien doncellas -más de uno de esos romances anónimos compuse yo, pecador de mí, en mi juventud- y luego bailarán con las autoridades del lugar que irán vestidas de negra levita y tocadas con un extraño bicornio napoleónico. “¿Elección de las móndidas?, pero ¿aún quedan voluntarias donde elegir?”, he soltado con no disimulada amargura acordándome del dramático declive demográfico de toda la comarca, que fue un día próspero centro del noble Concejo de la Mesta. “Ya no quedan ovejas y pronto no habrá móndidas”, he murmurado casi para mis adentros, antes de despedirnos. Será la señal definitiva de la muerte de estos pueblos.

Por eso, cuando he vuelto a casa, he abierto el ordenador y me he encontrado con una carta de la Junta Directiva de la Asociación de Amigos de Sarnago, en la que se anuncia una nueva hacendera -en este caso la construcción de una calera con el asesoramiento de los más viejos, recuperando una costumbre perdida hace más de sesenta años- y la cena de socios la víspera de la Trinidad, me ha interesado sobremanera el último párrafo del mensaje electrónico. No es que no me merezca especial interés la inciativa de la calera, asunto sobre el que habrá que volver en su día. Tengo muy grabada en mi mente infantil la imagen de aquellos hornos de cal en medio del campo, en el terraplén de un barranquillo, entre ulagas y tomazas, en una quiebra del terreno calizo, visitados con emoción por chicos y grandes caminando por veredas entre los centenos aún verdes en medio de la noche serena. Eran tiempos en los que se ejercían aún los oficios artesanos y surgían caleras, tejeras, carpinterías, herrerías, canteras… y hasta se fundían en el pueblo las campanas con sabinos, y las buenas gentes depositaban en el bronce fundido sus escasas monedas de plata. Así se construían las casas, sus paredes de cal y canto, sus rejas de las ventanas, sus puertas claveteadas, sus tejados de sólida teja árabe…Todo con material fabricado en el lugar y que ahora brilla entre las ruinas. Uno echa en falta, qué le vamos a hacer, los viejos oficios, bien representados por la calera.

Pero, como digo, hoy quiero subrayar estas lineas finales de la carta: “Tenemos cosas muy interesantes para la semana cultural de este verano. Pero nada tiene sentido ni importancia si no tenemos lo más importante de nuestra fiesta: LAS MÓNDIDAS. ¡¡¡Anímate!!! (es una experiencia única)”. Eso dice, así con mayúsculas y admiraciones. A mí me ha parecido un grito dramático del que no puedo menos de hacerme eco. Dicho claramente: Se buscan voluntarias para móndida. Pocas cosas pueden honrar más a una joven oriunda de Sarnago que llegar a móndida una vez en la vida. La dispersión de las hijas y las nietas de los que nos fuimos hace más difícil tan honroso compromiso. Pero es la tenue vida del pueblo y la continuidad de la fiesta, que tantos esfuerzos ha costado recuperar, sin ayuda de nadie, y que es una de las fiestas más puras y auténticas que se celebran en España, lo que está en juego. Tengo el convencimiento, como he tratado de demostrar en alguno de mis libros, que la fiesta de las móndidas y del mozo del ramo tiene origen romano, aunque cristianizada pronto y con una fuerte impregnación medieval más tarde, que ha perdurado hasta hoy. Me dicen que Mercedes Álvarez, la cineasta de “El cielo gira”, tiene intención de asistir este año -ya estuvo presente el año pasado- con una cámara en la mano. ¡Pocas escenas más cinematográficas! En Sarnago no podemos hacer el sorteo de las móndidas como cuando el pueblo estaba habitado y como han hecho en San Pedro Manrique; nos conformamos con que haya tres voluntarias. No es, insisto, un asunto intrascendente. La fiesta, como dice Margarite Yourcenar hablando de la dicha, es una obra de arte: el menor error la quebranta, el menor titubeo la altera, la menor tontería la embrutece. ¡Y el menor abandono la desnaturaliza y la derrumba!

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