EL LADO OSCURO

por elcantodelcuco

 

El reciente crimen de León nos devuelve por un momento de lleno a la España profunda de la venganza y el malquerer, al áspero trozo del planeta “por donde cruza errante la sombra de Caín”. En esto Antonio Machado, que venía de describir, horrorizado, en su romance de Alvargonzález la tremenda escena en que los dos hijos mayores, por la avaricia de la hacienda, matan a su padre mientras duerme junto a la fuente y depositan su cuerpo en la Laguna Negra, no se anduvo por las ramas y reflejó con valentía y fidelidad la parte hostil de los campos de Castilla, ese rio de sangre que no cesa, el arraigado cainismo. No todo son colinas plateadas, pardos encinares, grises alcores álamos junto al rio o el rumor del agua de la fuente en el patio. También existe el lado oscuro en los pueblos, donde todos se conocen, lo que es una ventaja, pero que no deja de ser también a veces un inconveniente. Junto a la cercanía humana, el apoyo mutuo y la apacible vida sencilla y solidaria, que yo no me cansaré de ponderar, está la intromisión indebida en la vida del vecino, las crueles habladurías, los odios ancestrales entre familias, los incestos y crímenes pasionales, que los ciegos cantaban luego monótonamente en la ciudad por unas monedas, las envidias, las cruentas peleas por el reparto de la herencia, por el lugar de una cosera o por el turno del agua del riego. Familias conozco enemistadas durante varias generaciones porque un hombre había deshonrado a una moza y, en vez de hacerse cargo de la situación, se había quitado del medio. Lo que quiero decir es que no todo en el pueblo es trigo limpio y que también allí conviven con los siete pecados capitales. Y además, sea porque el tiempo va más lento o porque hay menos movilidad y muchas menos distracciones, en los pueblos las heridas del odio duran más y son hereditarias. Por lo menos, antes.

 

Volvemos a la escena del crimen. Dos mujeres despechadas, una madre y su hija, si no se desmiente la información, se acercan en una tarde plácida, con los niños jugando cerca, a su víctima, una dirigente política. Una de ellas saca la pistola del bolso y ajusta definitivamente cuentas pendientes con la víctima disparándole a quemarropa. Allí queda la pobre Isabel, que así se llamaba, muerta en el suelo, mientras las supuestas asesinas se alejan del lugar del crimen y se desata el gorigori de las condolencias oficiales y el ruido, morbosamente obsceno, en las redes sociales. Los niños paran de jugar y las gentes dejan de pasear a sus perros. Todo son comentarios. Parece un crimen pasional más que político, un crimen por venganza. Es difícil buscar razones para un hecho tan irracional. Ni siquiera la pasión irrefrenable de una madre herida. Es posible que lo aclare el juez y satisfaga las curiosidades. Pero a lo mejor lleva razón Alfred Hitchcock, que sabía mucho de esto, cuando dice: “Hice una observación hace tiempo. Dije que me complacía mucho que la televisión ofreciese ahora casos de asesinato porque así se está recolocando al crimen en su propio entorno, en el hogar”. Hay varios casos resonantes que siguen gastando tinta y llenando horas de televisión en España, que parecen dar la razón al genial cineasta del suspense. Una cosa parece clara, y no es para enorgullecerse: cada vez vende más lo morboso entre nosotros. Los sucesos y los juicios de famosos llenan periódicos, telediarios, tertulias y, por supuesto, programas-basura.

 

En los pueblos era, en efecto, en el entorno familiar, en el rescoldo del hogar, donde se generaban las grandes pasiones de amor y de odio. El instrumento del odio era la venganza desaforada e insensata. No era infrecuente que el odio estallara dentro de las paredes de la casa, unos contra otros. Esta era la peor violencia. A una parte de ella se le llama ahora violencia de género, que parece que va en auge. En mi memoria de niño no figura ningún crimen de este tipo en los pueblos de las Tierras Altas. Pero ¡cuánto sufrimiento silencioso, cuántas lágrimas ocultas de aquellas admirables mujeres enlutadas e insatisfechas! Me refiero aquí al odio entre hermanos. Elia Kazan lo refleja bien en “Al Este del Edén”. Y esto ocurre desde el principio de los tiempos, conviene tenerlo en cuenta para no hacerse ilusiones. Nada más abandonar el paraíso, Caín, el labrador, mata a su hermano Abel, el pastor, por envidia con una quijada de asno, que aún es más humillante. (Seguramente Caín mató también antes al burro). No hay que despreciar, sin embargo, la observación de Anatole France: “Entre el crimen y la inocencia no hay más que el espesor de una hoja de papel timbrado”.

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